sábado, 6 de abril de 2019

La violencia contra los cuerpos

Me pregunto si una especie puede extinguirse por exceso de libertad de expresión  y me respondo que la especie humana se está extinguiendo exactamente por esto. Primer ejemplo, tomado al azar: durante la presidencia de Cristina Fernandez y hacia el final de la presidencia, hubo un movimiento de periodistas que exigían, con cara seria y de que eso dependía mucho, conferencias de prensa. Se discutió mucho sobre eso: ríos de tinta y horas de prime time se gastaron preguntando si Cristina Fernandez no era totalitaria al no dar conferencias de prensa. He leído la Constitución Nacional casi entera y en ningún lugar dice que dentro de las obligaciones del presidente está dar conferencias de prensa. Las conferencias de prensa son muy útiles solamente para la prensa; al resto de los mortales nos interesan cosas mucho más banales, como si vamos a cobrar el sueldo a fin de mes, si vamos a seguir en nuestro trabajo y si nos va a alcanzar para la comida. Segundo ejemplo al azar: un crimen contra un menor de edad. Cualquier menor de edad. Se exponen sus fotos tomadas de las redes sociales, se habla de su entorno, de su familia, si tiene una cierta edad se preguntan si era adicto o no a las drogas, si es mujer se preguntan sobre sus novios. Peor aún: si algún medio tiene contactos especiales con la policía expone fotos del cadaver del menor. ¿Cuál es la necesidad? Obviamente ninguna. Los únicos que realmente pueden encontrar al culpable o a los culpables, detenerlos y condenarlos, son la policía y la justicia. Pero al periodismo le encanta hacer el acting de que es el cuarto poder y de que representa "la voz del pueblo". Si repaso la lista de los dueños de los medios en este país, no son para nada "pueblo"; son gente rica, muy rica, con intereses comerciales concretos, sobre todo vender propaganda. Propaganda que no nos vamos a cuestionar nunca: nos reímos de los anuncios de los años treinta y cuarenta donde el método Atlas prometía transformar a un alfeñique en un hombretón musculoso, pero nos quedamos deslumbrados ante los anuncios de perfume 212, que al parecer jura que los hombres y mujeres al ponerselo se volverán automáticamente del "jet set" (?). El tercer ejemplo es más internacional: según leí hace una semana, en una nota de Sandra Russo, una adolescente europea ha empezado una campaña contra el calentamiento global y los medios europeos han empezado (esto tendría que ser cómico pero en realidad es terrible) una campaña de bullyng contra ella. Si los medios europeos no fueran empresas abstractas sino personas concretas, que anduvieran por la calle, tendríamos todo el derecho de tirarles cáscaras de manzana y pegarles chicles en el pelo: solamente un cobarde se mete con una chica de dieciséis años. Pero como están amparados en la libertad de expresión y en que no son, exactamente, personas, sino entes que están ahí, lo hacen y lo van a seguir haciendo probablemente. Y no estoy hablando de la muy sudaca Argentina, sino de la muy europea Unión Europea. Entonces me pregunto ¿que función social cumple el periodismo? ¿Mostrar fotos de cadáveres de niños? ¿Exigir conferencias de prensa? ¿Burlarse de chicas de dieciséis años brutalmente? No hay libertad de expresión real y esa es la verdad. Lo que hay es medios masivos que deciden por nosotros que es lo importante (el perfume 212, las vacaciones en el Caribe) y que es lo accesorio (el calentamiento global, la explotación laboral, la destrucción de bosques nativos). De todas maneras, termino esta entrada con una luz de esperanza: los adolescentes creen cada vez menos en los diarios y revistas y en la televisión. Ni siquiera creen demasiado en Internet. No nos creen demasiado a los adultos; sus películas y libros favoritos son distopías donde los adultos somos seres crueles. No les hemos podido demostrar que están equivocados. Es nuestro fracaso y es un fracaso generacional mundial. Cuando estos adolescentes lleguen a la adultez, (y no falta tanto) nuestras burlas dejarán de ser ingeniosas para ser patéticas; son patéticas ahora, pero aún no nos damos cuenta de cuán patéticas son. Ese es nuestro problema. Hemos comprado la ilusión de la felicidad capitalista y esta es tan irreal como cualquier quimera.

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