domingo, 14 de abril de 2019

Albur

 En todo caso lo que más me fastidia a mí es que para él todo dependía de la suerte. Para él Martha (su primera mujer y la mamá de Mónica y Diego) lo había dejado por culpa de la mala suerte y no porque se haya cansado de que cada tres meses perdiera un trabajo. Según Diego, la separación fue espectacular: Martha tirándole desde el departamento del quinto piso a la calle las camisas, los calzoncillos, los pantalones, los zapatos, los libros en pedacitos chicos. Un poco se arrepintió Martha después, también nos contó Diego, porque desde ese día las administradoras del consorcio creyeron que estaba medio loca, le pasaron el dato al dueño del departamento y no les renovaron el contrato. Esas cosas que pasan. Con mamá las cosas fueron iguales o peores, aunque  solamente me tuvieron a mí y la separación no fue nada espectacular sino más bien práctica y  era tan chico que no la recuerdo, por ahí mejor así. Mamá no quería hablar mucho del tema, pero si le tiraban un poco la lengua decía que el problema de mi viejo no era tanto conseguir trabajo como conservarlo. Es decir, era simpático, dicharachero y amigos no le faltaban que le tiraban un dato de una changa aquí, una oportunidad allá, uno que se acaba de morir o de jubilar o de comprarse una casa en Arroyo Seco y se va a vivir allá, vos podés hacer ese laburo. Mi padre empezaba con entusiasmo, pero ese entusiasmo le duraba más bien poco; según él, era mala suerte, como con Martha, con mamá y con Joaquina, su tercera mujer, aunque en el caso de Joaquina sí se termino por culpa de la mala suerte y no de la vagancia de mi padre: la mala suerte que quiso que enfrente de nuestra casa pusieran una dietética, que esa dietética la atendiera el hijo budista de una de nuestras vecinas, del cual mi padre se burlaba porque hablaba muy despacio y muy ceremoniosamente, y la mala suerte de que a Joaquina ese modo de hablar en vez de cómico le pareciera sensual y terminara enamorándose de él, cosa que ambos (el vecino budista y Joaquina) le informaron a mi padre una tarde mientras Diego y yo estábamos tomando la chocolatada en el living y jugando al Uno. Joaquina ya había preparado su valija (siempre fue la más organizada de las mujeres de mi padre). Mirálo así, le dijo, Hector, voy a estar enfrente y si necesitás descuento para algo de la dietética como semillas de sésamo o avena arrollada te lo vamos a dar. Mi padre podría haberse enojado (casi cualquier hombre se habría enojado un poco) pero no lo hizo. Es el albur, la mala suerte, se dijo. No volvió a convivir con ninguna mujer. Tuvo novias, pero las mantuvo a distancia. Pero nos siguió cuidando a nosotros: en realidad, con el tiempo, tanto Martha como mamá descubrieron que a Diego y a mí nos gustaba estar en casa de papá, donde no hacíamos nada, y como ellas querían salir muchas veces los fines de semana, con amigas o con amigos, nos dejaban con él a los dos. Mónica no. Mónica odiaba a mi padre, aunque también era su hija. Pero Diego y yo lo queríamos, y lo queríamos mucho, a pesar o a causa de su vagancia, no estoy seguro. En todo caso, cuando yo vivía con mamá todo estaba reglado, supeditado a normas, cronometrado: sabía que debía levantarme a las seis y media para hacer la cama, tomar el desayuno con mamá, ir a la parada del subte juntos donde ella iba a su trabajo y yo a la secundaria, volver a las una y media, calentar la comida en el microondas, comer, barrer la cocina comedor, mirar la televisión o jugar con la compu hasta las tres y media cuando debía calentar en el microondas otra porción de comida para mamá que estaba llegando. Algunas tardes salía con amigos, a veces iba a ver películas, pero tenía que volver a casa antes de las ocho, hacer la tarea y acostarme a dormir. En cambio, en casa de papá el tiempo era algo laxo y algodonoso y las obligaciones no existían. Si mi padre hubiera sido un hombre con temperamento artístico, esa laxitud hubiera sido más explicable. Pero el arte  era refractario a mi padre: no lo entendía, no le interesaba. Ahora me pregunto si algo realmente le interesaba a mi padre. Yo era su hijo. Me quería, eso era indudable. Pero ¿le interesaba? Para mi padre, todo era albur, todo era  suerte. Y la de él era mala. Sino ¿como explicar sus tres separaciones, como explicar su falta de dinero, como explicar que lo echaran  del trabajo cada tres o cuatro meses? Que su comportamiento tuviera algo que ver con su suerte era para mi padre algo inentendible: el era  consecuencia, no causa. Así pasó el tiempo, Mónica, Diego y yo crecimos, y cuando yo tenía diecinueve y Diego veintitrés Mónica (que tenía veinticinco) nos informó que iba a casarse y que no iba a invitar a nuestro padre a la ceremonia.
Nunca entendí porque Mónica odiaba a papá. No era muy buen padre, es decir, no era exactamente un modelo a seguir, pero nunca nos pegó ni nos insultó ni hablaba mal de nuestras madres. Pero Mónica lo odiaba. Quizás porque era la primogénita. O quizás porque si nuestro padre hubiera sido, no digamos un gran hombre, sino simplemente un hombre trabajador, su madre no hubiera tenido que echarlo tirándole la ropa por el balcón. En todo caso ese odio, ese desprecio era algo palpable, que nuestra hermana no hacía nada por disimular; nunca se quedaba en su casa, casi nunca lo saludaba para su cumpleaños y nunca lo nombraba, como si no existiera. A los veinte años, se puso de novia con una estudiante de abogacía. No se lo ocultó a nadie, todos los supimos enseguida, menos papá que en un restaurante, dos años más tarde, le preguntó si tenía novio. Soy lesbiana, le dijo Mónica muy envarada. Estoy en pareja hace tiempo, me extraña que no lo sepas, un padre tiene que saber esas cosas. Perdón, le dijo papá. Así que cuando Mónica nos dijo que no iba a invitar a nuestro padre al casamiento no nos extrañó. Inclusive yo me pregunté si ese desplante iba realmente a dolerle a papá; conociéndolo, no demasiado, lo tomaría como demostración de su mala suerte. Mi única hija mujer se casa y no me invita al casamiento. La verdad es que iba a ser un civil tranquilo como todos los civiles y la fiesta iba a ser más bien grande, porque tanto Mónica como su futura esposa ganaban buen dinero y lo habían ahorrado para el casamiento y la luna de miel en Ecuador. Como se estila ahora, entre los más allegados a las novias se creó un grupo de Wasapp que se llamó casamiento de Mónica y Lua. Faltaban cuatro días para el casamiento. Yo ya tenía la ropa, los zapatos, el regalo (una multiprocesadora), estaba durmiendo la siesta del domingo cuando Diego me llama desesperado:
- ¿Está Mónica en tu casa?
- No, no está. Estoy solo.
- ¿Te llamó? ¿Algo?
Revisé el celu y no, no me había llamado.
- ¿Qué pasa?
- Ahora voy para tu casa y te explico.
Pasaba que una noche atrás a Mónica se le había dado por revisar la lista de invitados, los precios del catering, de las fotos. Tenían todo organizado, Lua y ella, en una nube digital. Mónica prendió su computadora, esperó cinco minutos, la computadora no encendió. Volvió a reiniciarla. No encendió. Entonces, aunque se había jurado que nunca lo haría, agarró la computadora de Lua. Es solo un ratito y no voy a mirar nada de ella privado. Solo lo del casamiento. Fue un propósito imposible: apenas la encendió vió una carpeta en el escritorio que se llamaba Sabrina, la bruja adolescente. Nada que llamara demasiado la atención, salvo que Lua siempre le había dicho que odiaba esas series idiotas yanquis y siempre que cruzaba una en el televisor zapeaba a un noticiero o a un partido de tenis. Mónica la abrió. Entonces se enteró que Lua tenía otra novia desde hacía cinco meses, que ya había dejado un cepillo de dientes y un par de pijamas en la casa de ella, que le había sacado fotos y en ese exacto momento Lua entró a la casa y todo estalló en pedazos. Porque Mónica empezó a recriminar la infidelidad tan cerca del casamiento, Lua empezó a recriminar que ella le usara la computadora sin su permiso y le revisara un archivo sin su permiso, Mónica empezó a gritar que que si no la quería, si estaba enamorada de la otra, que se lo dijera y suspendían el casamiento a lo que Lua contestó que no la quería, que estaba enamorada de la otra, que lo de ellas dos en realidad "no iba más" desde hacía casi un año y que ella no se animaba a decírselo y entonces Mónica agarró su cartera y abandonó su hogar conyugal llorando. Pasado el primer momento, Lua se dió cuenta que Mónica, sola y en ese estado podía cometer cualquier locura y se empezó a desesperar. Empezó a llamar a las amigas en común . En ninguna de sus casas estaba Mónica. Buscó por los bares.  Llamó a Martha, la mamá de Mónica, que enseguida llamó a Diego. Martha y Diego empezaron a buscar a Mónica con el auto, por las calles. Mónica no aparecía y no constestaba el celular. Y entonces Diego me llamó y cuando vino a casa y me explicó yo también los acompañé para buscar a Mónica en mi moto. Después de dos horas y media estábamos bastante desalentados y a punto de dar anuncio a la policía, cuando se me ocurrió ir a lo de papá.
No sé por qué, esa tarde la casa de mi padre parecía más abandonada que nunca. En el radiograbador sonaba Regaetton Lento, todo olía a frito y a quemado, y la cartera de mi hermana estaba en una silla en el patio. Mónica estaba durmiendo en el sillón del living; la mesita del living, esa que papá le había comprado a unos vecinos que se habían ido a vivir a Australia, tenía platos de plástico medio llenos con papas fritas, chizitos y palitos. Había una botella de Coca Cola a medio tomar. Papá estaba sentado en un puff, mirando el automovilismo. Yo entré despacio, después de mandarle un wasapp a Diego.
- ¿Te contaron lo que pasó?- me preguntó por lo bajo mi padre, señalándola a Mónica.
Asentí.
- Vino acá, pobre. Yo trate de consolarla, le compré para comer las cosas que me pedía, la dejé ver la tele, llorar y ahora dormir. Pobre Moni- le acarició la cabeza- No hay caso, es el albur de nuestra famiia.

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