Nunca entendí porque Mónica odiaba a papá. No era muy buen padre, es decir, no era exactamente un modelo a seguir, pero nunca nos pegó ni nos insultó ni hablaba mal de nuestras madres. Pero Mónica lo odiaba. Quizás porque era la primogénita. O quizás porque si nuestro padre hubiera sido, no digamos un gran hombre, sino simplemente un hombre trabajador, su madre no hubiera tenido que echarlo tirándole la ropa por el balcón. En todo caso ese odio, ese desprecio era algo palpable, que nuestra hermana no hacía nada por disimular; nunca se quedaba en su casa, casi nunca lo saludaba para su cumpleaños y nunca lo nombraba, como si no existiera. A los veinte años, se puso de novia con una estudiante de abogacía. No se lo ocultó a nadie, todos los supimos enseguida, menos papá que en un restaurante, dos años más tarde, le preguntó si tenía novio. Soy lesbiana, le dijo Mónica muy envarada. Estoy en pareja hace tiempo, me extraña que no lo sepas, un padre tiene que saber esas cosas. Perdón, le dijo papá. Así que cuando Mónica nos dijo que no iba a invitar a nuestro padre al casamiento no nos extrañó. Inclusive yo me pregunté si ese desplante iba realmente a dolerle a papá; conociéndolo, no demasiado, lo tomaría como demostración de su mala suerte. Mi única hija mujer se casa y no me invita al casamiento. La verdad es que iba a ser un civil tranquilo como todos los civiles y la fiesta iba a ser más bien grande, porque tanto Mónica como su futura esposa ganaban buen dinero y lo habían ahorrado para el casamiento y la luna de miel en Ecuador. Como se estila ahora, entre los más allegados a las novias se creó un grupo de Wasapp que se llamó casamiento de Mónica y Lua. Faltaban cuatro días para el casamiento. Yo ya tenía la ropa, los zapatos, el regalo (una multiprocesadora), estaba durmiendo la siesta del domingo cuando Diego me llama desesperado:
- ¿Está Mónica en tu casa?
- No, no está. Estoy solo.
- ¿Te llamó? ¿Algo?
Revisé el celu y no, no me había llamado.
- ¿Qué pasa?
- Ahora voy para tu casa y te explico.
Pasaba que una noche atrás a Mónica se le había dado por revisar la lista de invitados, los precios del catering, de las fotos. Tenían todo organizado, Lua y ella, en una nube digital. Mónica prendió su computadora, esperó cinco minutos, la computadora no encendió. Volvió a reiniciarla. No encendió. Entonces, aunque se había jurado que nunca lo haría, agarró la computadora de Lua. Es solo un ratito y no voy a mirar nada de ella privado. Solo lo del casamiento. Fue un propósito imposible: apenas la encendió vió una carpeta en el escritorio que se llamaba Sabrina, la bruja adolescente. Nada que llamara demasiado la atención, salvo que Lua siempre le había dicho que odiaba esas series idiotas yanquis y siempre que cruzaba una en el televisor zapeaba a un noticiero o a un partido de tenis. Mónica la abrió. Entonces se enteró que Lua tenía otra novia desde hacía cinco meses, que ya había dejado un cepillo de dientes y un par de pijamas en la casa de ella, que le había sacado fotos y en ese exacto momento Lua entró a la casa y todo estalló en pedazos. Porque Mónica empezó a recriminar la infidelidad tan cerca del casamiento, Lua empezó a recriminar que ella le usara la computadora sin su permiso y le revisara un archivo sin su permiso, Mónica empezó a gritar que que si no la quería, si estaba enamorada de la otra, que se lo dijera y suspendían el casamiento a lo que Lua contestó que no la quería, que estaba enamorada de la otra, que lo de ellas dos en realidad "no iba más" desde hacía casi un año y que ella no se animaba a decírselo y entonces Mónica agarró su cartera y abandonó su hogar conyugal llorando. Pasado el primer momento, Lua se dió cuenta que Mónica, sola y en ese estado podía cometer cualquier locura y se empezó a desesperar. Empezó a llamar a las amigas en común . En ninguna de sus casas estaba Mónica. Buscó por los bares. Llamó a Martha, la mamá de Mónica, que enseguida llamó a Diego. Martha y Diego empezaron a buscar a Mónica con el auto, por las calles. Mónica no aparecía y no constestaba el celular. Y entonces Diego me llamó y cuando vino a casa y me explicó yo también los acompañé para buscar a Mónica en mi moto. Después de dos horas y media estábamos bastante desalentados y a punto de dar anuncio a la policía, cuando se me ocurrió ir a lo de papá.
No sé por qué, esa tarde la casa de mi padre parecía más abandonada que nunca. En el radiograbador sonaba Regaetton Lento, todo olía a frito y a quemado, y la cartera de mi hermana estaba en una silla en el patio. Mónica estaba durmiendo en el sillón del living; la mesita del living, esa que papá le había comprado a unos vecinos que se habían ido a vivir a Australia, tenía platos de plástico medio llenos con papas fritas, chizitos y palitos. Había una botella de Coca Cola a medio tomar. Papá estaba sentado en un puff, mirando el automovilismo. Yo entré despacio, después de mandarle un wasapp a Diego.
- ¿Te contaron lo que pasó?- me preguntó por lo bajo mi padre, señalándola a Mónica.
Asentí.
- Vino acá, pobre. Yo trate de consolarla, le compré para comer las cosas que me pedía, la dejé ver la tele, llorar y ahora dormir. Pobre Moni- le acarició la cabeza- No hay caso, es el albur de nuestra famiia.
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