viernes, 12 de abril de 2019

Lobos

El final de Lobos es terrible. Es tan amargo como el final de Plata Quemada de Piglia o el final de La Peste de Camus. No voy a contarlo porque la película merece verse; leí una crítica que equipara su historia con la saga El Padrino y es cierto, tiene muchas similitudes; excepto una: en la saga El Padrino la violencia y la muerte son estéticamente elegantes. En Lobos la muerte es solo muerte.Las balas son solo balas. Uno no puede dejar de querer a esa familia de delincuentes, mucho más de lo que se puede querer a Michael Corleone o a Sonny Corleone. El padre proveedor que encarna con mucha ternura Daniel Fanego me conmovió especialmente, porque tiene muchas similitudes con cualquier padre de familia argentino: quiere que su hija tenga una peluquería, no lo enoja que su hijo lo juzgue y no siga su camino. Lo que en El Padrino es una tragedia familiar (en realidad El Padrino es Hamlet, trasladado al New York pos Segunda Guerra Mundial) en Lobos es una tragedia argentina. Todos los personajes son reales: el comisario, el ladrón, sus dos hijos, su yerno, sus nietos, hasta el delincuente recién salido de la cárcel, bastante marginal y que desprecia el Chaco porque "debe estar lleno de negros". Todos los personajes son reales aunque la historia sea una ficción. Si abro cualquier diario encuentro en la sección policiales historias iguales o peores. No es una exageración. Varios de los homicidios de menores de edad en los últimos años fueron explicaoda (¿justificados?) desde la prensa como un "ajuste de cuentas" entre bandas criminales. Este dato duro es mucho más amargo que el final de Lobos: ya aceptamos en Argentina como normal que maten a un menor de edad y que no se investigue.

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