La voz de Inmael Nurio Saez Quesada, monótona y algo rasposa, con un dejo arcaizante, empezó a contar la historia. Primero de todo nos contó del pueblo cercano donde las muertes habían ocurrido. Llamarlo pueblo era una exageración: era un villorio de ciento cincuenta personas, neblinoso, con una iglesia un poco derruida y un cura sordo y un alcalde no tan sordo, pero bastante viejo. El último lugar donde uno se imagina que puede aparecer el diablo. Inmael habló dos horas con el alcalde y el alcalde le contó lo poco o mucho que sabía. Si, una muchacha del pueblo, Catarina, había ido a buscar a su perro perdido dos o tres veces adentro del bosque y había vuelto asustada diciendo que había visto al diablo en persona. Nadie le había creído, ninguna de las veces. Unas semanas antes unos titiriteros habían pasado por el pueblo y habían representado la obra Vida y pasión de San Agustín y, para hacer más interesante la vida de un hombre tan santo pero tan monótono habían intercalado encuentros de San Agustín con el diablo y todos pensaron que Catarina había quedado impresionada con ese diablo de madera y tela carmesí.
- ¿Tan influenciable es la muchacha?- preguntó Inmael al alcalde.
- Ah, conozcala usted- dijo el alcalde.
Fueron a su casa. Por el camino el alcalde le contó que Catarina era la cuarta hija de un matrimonio campesino más bien pobre, y que había enfermado a los dos años de fiebre escarlata, por lo cual su mente era un poco extraña. Parecía no retener la información importante; por ejemplo, la madre había renunciado a enseñarle a cocinar, porque parecía no entender las recetas. Sin embargo, la costura y la limpieza se le daban bien. Quizás si hubieran tenido muchos hijos, hubiera quedado relegada: pero los únicos dos hijos que le habían sobrevivido a ese matrimonio eran Carlo, un mocetón grandote y fuerte que se había casado con la hija del molinero de una aldea cercana y Catarina. El padre y la madre la querían mucho y quizás la consentían demasiado; pero cuando Catarina volvió al pueblo hablando del diablo en los lindes del bosque, fue la madre la primera en no creerle. Pero luego, cuando pasó lo del incendio...
- Hay algo que no entiendo- le preguntó Inmael al alcalde- ¿Por qué culpan al buhonero y al hijo?
El alcalde lo miró con sincero desasosiego.
- No sé. Quizás porque el buhonero y su hijo estuvieron por el pueblo cuando Catarina dijo lo del diablo y volvieron a estar cuando los ancianos fueron asesinados. Quizás porque el buhonero no solo vendía telas, ollas de hierro y ungüentos, sino copias mimeografiadas del Decamerón de Bocaccio y de los Cuentos de Canterbury de Chaucer, sin contar con el Lazarillo de Tormes.
- Pero esos no son libros diabólicos- le dijo Inmael.
- No, claro- el alcalde sonrió- Hasta nuestro cura los ha leído. Pero vaya a explicárselo ustedes a la gente de este pueblo.
Llegaron entonces a la casa donde vivía Catarina. Un hombre bajo y delgado estaba hachando leña al lado del pozo de agua. Levantó la vista cuando los vió.
- Buscamos a Catarina- dijo el alcalde.
- Está atrás, con su madre, separando las hojas medicinales que juntó del bosque.
Catarina era muy bonita, dijo Inmael. Tenía una piel bastante blanca, ojos redondos de gacela y un pelo castaño y largo, brillante. El alcalde lo presentó y le pidió amablemente a Catarina que volviera a contar como había visto al diablo y como se le había acercado. Dos o tres veces.
La respuesta fue ardua de entender. Catarina hablaba de a pedazos, intercalando pequeños insultos y observaciones que no venían al caso. Después de hablar con ella un rato largo Inmael pudo reconstruir su historia: la primera vez el perro Baltazar había corrido atrás de una perdiz o de una liebre, ella había corrido atrás de él y había llegado al linde del bosque, donde estaba la casa de los ancianos Miñor. Era casi de noche. La vieja Miñor estaba afuera, tendiendo ropa blanca. Era una hora rara para tender ropa, dijo Catarina, y también para cantar, pero la vieja Miñor parecía estar cantando algo. Pero Catarina no se acercó. Se quedó quieta, no sabía por qué, con algo de miedo, pero también con algo de curiosidad. Abrazó a Baltazar. Entonces algo se movió entre las hojas de lo árboles y una especie de sombra azul tomó cuerpo y habló cerca de ella, diciéndole: más pronto. La sombra se disolvió en la oscuridad. Temblorosa, Catarina volvió a su casa. No quería contarselo a nadie, le dijo a Ismael, pero al siguiente día en la iglesia, después de la misa, vió a la cinta azul del vestido de una niña ondear con el viento y recordó lo que había pasado y empezó a gritar sobre el diablo. Nadie le creyó. A ella no le sorprendió.
- Nadie iba a creerme.
Pero volvió dos veces a ese linde en el bosque, ese lugar donde los Miñor tenían su cabaña de piedra, donde casi nadie iba porque los Miñor eran muy, muy viejos, más viejos que el alcalde y el cura y sus viejos amigos habían muerto. Catarina volvió para ver si había sido una ilusión, un error del anochecer y del viento y de su imaginación, o había pasado de verdad. La primera vez que volvió no estuvo segura: hubo solo un susurro, un roce como de dedos en su mano. La segunda vez que volvió, una mañana, fue más concreto; mientras las sábanas y los camisones de seda de la anciana Miñor estaban quietos, una voz como de mujer le dijo al oído, más pronto, enseguida, y vió un ojo y vió dos ojos y vió lo que quería ser una cara que sonreía, pero que no sonreía y era extraño y una mano casi corporea quiso tomarla de la muñeca pero ella empezó a correr y cruzó el centro del pueblo, donde estaba la fuente, gritando que había visto al diablo por tercera vez, haciendo huir despavoridos a los chicos que jugaban a tirarse un muñeco roto y no se detuvo hasta llegar a la iglesia.
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