domingo, 21 de abril de 2019

El quinto asiento. 7º parte

- Estoy casi seguro que fue esto lo que sucedió- dijo Inmael- Hace muchos, muchos años. No sabemos cuando. No sabemos tampoco donde.  Un viejo y una vieja, un matrimonio de ancianos, saben que van a morir. No quieren morir. Todos hablamos de resignación a la hora de la muerte y de que por fin conoceremos el Cielo, pero no es ese el sentimiento verdadero. ¿No es cierto? El sentimiento principal es la rabia. ¿Tiene que acabar mi vida? ¿Por qué? ¿No veré más el sol, las nubes, no beberé más el agua fresca ni comeré más queso o pan? Es injusto. Pero son ambos ancianos y van a morir. Entonces se aparece algún demonio; quizás, probablemente, no tenía aspecto de demonio. Quizás parecía un noble o un sacristán o una princesa. Quizás parecía un leñador perdido. Parece adivinar la rabia de los ancianos, su amarga tristeza y les ofrece la juventud. Y no solo les ofrece la juventud. Les ofrece los secretos de los ritos para seguir siendo jóvenes por siempre. Claro, a cambio tienen que darles el alma. Pero no morirán. Si repiten los ritos que les está enseñando, serán jóvenes por siempre y, bueno, nunca tendrán que entregar su alma. Probablemente el diablo juega con las ilusiones de los viejos: les muestra su imagen rejuvenecida en un metal bruñido. Les advierte: siempre que cumplan el rito, estén a la orilla de un pequeño pueblo, con una fuente. Los ancianos se tientan. Aceptan. Vuelven a ser jóvenes. Son felices. Quizás viajan y prosperan. Por veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años. Pero empiezan a envejecer. Si mueren, irán al infierno. Se van a vivir cerca de un pequeño pueblo con una fuente. Hacen el ritual indicado por el que los ayudó; no saben que significan los ritos, ni las palabras. Solo saben que no quieren morirse. A la otra mañana, son jóvenes nuevamente. Se acercan al pueblo, felices, corriendo, saltando. En el pueblo están todos muertos. Entonces descubren la verdad secreta de lo enseñado: el precio de su juventud es la muerte de muchos. Quizás la mujer llora. Al principio se arrepienten. Pero son jóvenes nuevamente. La contrición dura poco; huyen para que no los encuentren allí.
- Suena bastante improbable- dije.
- ¿Sí? - dijo Inmael- Somos la Gran Inquisición. Debemos creer en Dios y en el Diablo. De todas maneras, entiendo su escepticismo. Pero las descripciones del muchacho y la muchacha del Piamonte y del muchacho y la muchacha de Praga coinciden. La muchacha era de piel blanca, tenía ojos grises y era "de hermosas formas". El muchacho era cetrino, de ojos marrones y tenía una rara deformidad en el meñique izquierdo. Yo revisé los cadáveres de los ancianos: la anciana tenía ojos grises, el anciano tenía ojos marrones y su meñique izquierdo era extraño. No sé por cuantos siglos habrán repetido el ritual; quizás no demasiadas veces. Sino hubiéramos sabido de ellos antes.
- Pero, si lo que su Ilustrísimo Saez Quesada, quinto asiento de la Gran Inquisición es cierto ¿por qué murieron? Tendrían que haber muerto los del pueblo.
- Ah, ese era el problema. Por eso interrogué al cura y le pregunté sobre Catarina. Sobre si ayudaba en la iglesia. Porque ahí está la clave. Es lo que me dijo el cura: Catarina es algo tonta, pero no es tan tonta. Es una muchacha impresionable, eso sin duda. También sabía -me lo dijo ella misma- que nadie iba a creerle lo del diablo. Pero ella estaba segura de lo que había visto. No lo relacionó con los Miñor. Para ella eran solo una pareja de ancianos. Pero hacía poco había visto una obra sobre San Agustín y este se encontraba con el diablo varias veces. Siempre se dan obras como esas en esos pueblos, los titiriteros y los trashumantes aman esos pueblos perdidos porque todo el mundo está contento cuando las ven. Los niños aplauden y alguien tira una moneda o a veces solamente les dan comida. Catarina debe haber visto varias de esas obras religiosas aleccionadoras durante toda su vida. Siempre un santo, una santa o un mártir lucha contra un diablo. Y ¿cómo se lucha contra el diablo?
- No lo imaginamos.
- Yo tampoco. Pero  Catarina me mintió. Dijo que fue solo tres veces a la casa de los Miñor. Fue muchas más. Algo de lo que ahí veía la atrapaba. Se imaginaba si era verdad lo que veía o eran solo imaginaciones. Una tarde decidió actuar. Se le ocurrió que si el diablo que había visto era de verdad lo atraparía y se lo mostraría a sus padres y a la gente del pueblo. Ella ayudaba en la iglesia. Llevó agua bendita, hostias, quizás rezó algún rosario, alguna novena. Los puso cerca de la casa de los Miñor, cuando estos supuestamente dormían. Catarina, el alcalde, el cura y el resto del pueblo no van a saberlo nunca. Pero esa noche los Miñor no dormían. Habían empezado su ritual. No pudieron terminarlo. Probablemente una de las exigencias para el ritual fuera que no hubiera agua bendita cerca. En todo caso, esa noche los Miñor no rejuvenecieron; alguien o algo vino a reclamar sus almas.
- Es la historia más extraña que he oído nunca- dije- Pero le creo. Como bien dijo, Ilustrísimo, si somos la Gran Inquisición, estamos obligados a creer en el diablo. Pero dígame, algo me extraña ¿porqué no se la contó al alcalde o al menos al cura? ¿Por que les dijo que no sabía lo que había ocurrido?
- Eso creo que debe responderle el primer asiento- fue la respuesta de Inmael.
El primer asiento se levantó. Es un hombre muy viejo, el más viejo de todos nosotros y tiene un aspecto muy vulgar: pero es una de las mentes más capaces que he conocido nunca.
- La Gran Inquisición es la última protección. Es lo que les decimos a todos los nuevos miembros. Deben ser prudentes, incluso con el Sumo Pontífice, incluso con el Emperador, incluso con los alcaldes y los curas. Por eso no hay casi copias de nuestras crónicas y solo un miembro de la Gran Inquisición puede tener acceso a una de ellas. Generalmente nos llaman por casos de torpeza, desidia, envidia, simple maldad humana, simple crueldad. Cuando aparecen casos como estos, donde la participación del Angel Caído es tan notoria pero a la vez tan tenue, estos casos son destruídos. Si se conociera la verdad, o lo que parece ser la verdad ¿cuántos ancianos no rogarían que algún diablo pase por su casa ofreciéndoles la juventud eterna? Si se supiera que el diablo realmente existe y que otorga favores ¿cuántos no empezarían a pedírselos? Lo único que tienen que perder es su alma. No. Unica resolución de la Gran Inquisición de Toledo: de este caso no hablaremos con nadie y no volveremos a hablar aquí. Será un caso no resuelto, un misterio, una nada.  Se olvidará. Aunque se burlen de nosotros en Viena y en Roma. El Ilustrísimo Saez Quesada ha observado una prudencia notoria para ser su primer caso como Gran Inquisidor fuera de Toledo. Votemos.
Fue por unanimidad. Todos conocemos que cuando el primer asiento nos habla así no hay posibilidad de discusión. Después nos marchamos; yo fui el último en irme. Pensé, dentro de unos meses todos habremos olvidado esta historia. Era una historia tan extraña. ¿Sería verdad la versión de Inmael? Nunca podremos saberlo ya.
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