viernes, 12 de abril de 2019

El quinto asiento 2º parte

Voy a hablar ahora de Inmael Nurio Saez Quesada, el hombre que ocupa el quinto asiento de nuestro Tribunal. Incorporarlo fue un problema; a pesar de sus muchos apellidos, el hombre pertenece a la famosa familia de los Saez Quesada, que en 1932 tuvieron la herejía de proponer la educación laica en las escuelas y el divorcio legal. Cuatro de los herejes fueron ejecutados sumariamente; quince de ellos murieron en nuestras prisiones. La siguiente generación de los Saez Quesada, previsiblemente, abjuró de su herejía. Pero el Sumo Pontífice y la Gran Inquisición no olvidan. Es por eso que cuando, nueve años atrás, murió Matheus Ableus a los ochenta años y el nombre propuesto por el Emperador junto con el Sumo Pontífice para reemplazarlo fue el de Inmael, casi nos oponemos. Pero preferimos conocerlo, en una entrevista personal breve pero ceremoniosa, y debo decir que Inmael N. Saez Quesada nos sorprendió gratamente: era versado en cuestiones teológicas, mesurado, criterioso y, sobre todo, bastante parco. En ningún momento de la entrevista refirió a su apellido, como si este fuera una cuestión menor. Este detalle nos agradó: un miembro de la Gran Inquisición rencoroso o avergonzado complota contra el buen funcionamiento del tribunal. Nos consideramos imparciales, y esa imparcialidad es nuestro mayor orgullo: no en vano hemos funcionado desde hace muchos siglos y probablemente seguiremos funcionando por muchos siglos más. Sabemos que el pueblo y la corte del Emperador e incluso allegados al Sumo Pontífice se burlan de nosotros; pero ¿qué sería del mundo humano sin los teólogos? Quizás sea cierto que Dios no existe; lo cierto es que, una vez que lo inventamos, una vez que Moises escribió los Diez Mandamientos, una vez que Cristo dijo sus parábolas y murió en la Cruz, una vez que los cristianos se ofrecieron como sacrificio de leones en el Coliseo Romano, no podemos prescindir de Dios. Cuando esos pensamientos inevitables me azotan en las noches de insomnio, me consuelo pensando que un mundo sin Dios no sería mejor que este: los pecados son previos a el castigo de los pecados. No somos monstruos ni sabihondos: guardamos un orden del mundo. El mundo, sin orden, es solo caos primigenio.
A todos los miembros de la Gran Inquisición se nos solicita, dos o tres veces en nuestra carrera, viajar dentro del Imperio para revisar casos especiales, donde las versiones de la historia que llegan a Roma, a Toledo y a Viena son tan extrañas que no se puede saber si ha intervenido el demonio (siempre se lo invoca), la herejía, la maldad humana o la simple tontería. Yo he tenido que viajar a Los Alamos, en las Indias de America del Norte y a Dublin. Los dos casos, por suerte, eran de simple torpeza humana;  una iglesia incendiada por exceso de cirios, la pérdida de manúscritos y su reescritura falaz por miedo a la reprensión del abad. Desgraciadamente el caso que le tocó a Inmael N. Saez Quesada era harto más peligroso y complejo, aunque ocurrió en la muy cercana Galicia, tierra árida y de castillos ruinosos, como casi todo el Reino de España. Una muchacha de no más de quince años había asegurado que el diablo moraba en un bosquecillo cercano y que dos o tres veces se le había acercado. Nadie le creyó, pero dos meses después una pareja de ancianos apareció asesinada misteriosamente, y ellos vivían en el linde del bosque y sus cuerpos aparecieron quemados de una manera que no es natural en este mundo. La gente empezó a murmurar, quisieron linchar a un buhonero y a su hijo, un niño de ocho años, y ahí intervino el alcalde: apresó en secreto al buhonero y al niño, los envió a la carcel de la Gran Inquisición en Lisboa y hacia allí debió ir Inmael N. Saez Quesada, con su traje polvoriento de terciopelo negro, a averiguar que habìa ocurrido realmente. Antes, claro, debiò ir a Galicia y al bosquecillo, y hablar con el alcalde y con los vecinos para recabar datos. Volvió tres meses más tarde, cansado y con su traje más polvoriento, y con los ojos más arrugados y nos contó su extraña historia. Ni el buhonero ni el hijo del buhonero venían con él.

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