viernes, 19 de abril de 2019

El quinto asiento 4º parte

Esa noche hubo luna llena. Inmael durmió bien. Al otro día, después de lavarse con agua helada y de rezar un credo y dos aves marías, fue nuevamente a casa del alcalde.
- ¿Aún están los cuerpos de los dos ancianos?- le preguntó.
- Sí- dijo el alcalde, aún con los ojos pegados por las lagañas- Aún están. No sabíamos, discutimos con el cura sobre si enterrarlos sería propio o impropio, si correspondería el camposanto... No los enterramos. Quiere verlos ¿no es así? Están en el cuarto que se usaba como sacristía, pegado a la iglesia.
Si la iglesia estaba algo derrumbada, ese cuarto era la ruina completa. Estaba lleno de biblias y libros de anotaciones, bastante enmohecidos, mantillas, juguetes, sartenes y ollas herrumbradas y (quién sabría por qué) bolsas de arpillera llenas de papas y de cebollas. Los dos cuerpos estaban sobre una mesa de madera y tapados con un lienzo blanco. El alcalde quitó el lienzo de un manotazo brusco.
- Aquí están- dijo.
Inmael pidió que abrieran la ventana.
- Hace cincuenta años que no se abre- dijo el alcalde.
- Abrala, por favor.
Cuando la luz de la mañana entró en el cuarto, Inmael observó detenidamente los cuerpos. Estaban completamente ennegrecidos, como si se hubieran quemado. Un observador poco dedicado hubiera dicho que había sido un simple accidente, unos viejos que van a dormirse, una vela que queda encendida cerca de unos vestidos, nada grave. Pero por algo la gente había querido linchar al pobre buhonero y a su hijo; algo raro debía haber en esas muertes. Inmael tocó los párpados de la vieja Miñor con delicadeza y los párpados se abrieron y apareció un iris gris, nuboso, casi sin pupila. Revisó con cuidado las uñas de las manos y de los pies. Abrió las bocas de ambos, casi sin dientes. Fue delicado cuando lo hizo: no olvidaba que ambos ancianos estaban muertos y les debía respeto.
- No murieron quemados- concluyó, cuando terminó su revisión- Al menos, no por fuego común.
Cuando alguien muere quemado, generalmente los globos oculares se derriten. En este caso están intactos. Las uñas, bueno, están en perfecto estado. Eso es raro, también. Además, si hubiera sido un incendio común, si los hubiera sofocado, la boca estaría negra, llena de hollín. Estas son bocas normales. Son bocas como las nuestras.
- Pero hubo un incendio en la cabaña- dijo el alcalde.
- Pero no fue ese fuego el que los mató. Fue algo diferente. Algo...
El alcalde lo miró fijo. Luego sacó una bolsa de cebollas de una silla y se sentó en ella.
- Mire, le diré la verdad. Esto no me gusta nada. A mi también me pareció que había algo raro en estas muertes, pero cuando ví que la gente de aquí estaba a punto de ahorcar al buhonero y a su pobre hijito, los encerré enseguida, los envié a Lisboa y mandé a llamar a ustedes. A la Gran Inquisición nadie quiere llamarla. Menos yo; soy alcalde porque nadie quería serlo. Y porque mi padre lo era. Creo en el Emperador Fernando XIII, creo en el Papa, creo en la Sagrada Trinidad. Pero no quiero que quemen vivos a un buhonero y a un niño de ocho años, a un niño que conozco desde que tenía cinco años cuando lo vi por primera vez, jugando con gusanos y hormigas mientras su padre vendía sus cosas. Puede ser que esto sea obra del diablo, pero también puede no serlo. Y este es un pueblo pacífico y perdido entre la espesura, donde nunca pasa nada. La última vez que pasó algo fue hace doscientos años, cuando a la condesa de Lampedusa se le rompió el carruaje cerca de aquí, y se quedó dos semanas enteras. No sé que cosa extraña puede ocurrir aquí. Pero prométame que no ajusticiarán al buhonero  sin estar totalmente seguros, todos ustedes, los cinco asientos, de que fue él el culpable de este crimen y que lo hizo con ayuda del diablo.
- Tiene razón- dijo Inmael- Este mediodía parto a Lisboa. Interrogaré a los dos acusados. En cuanto a si han sido ellos, no lo sé. No lo creo. El diablo nunca es tan transparente.

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