lunes, 8 de abril de 2019

El quinto asiento 1º parte

He querido ser uno de los integrantes de la Gran Inquisición desde que era pequeño. En nuestro mundo hay solamente tres maneras de acceder al poder y eso lo aprendemos en tercer año de colegiatura, junto con los siete pecados capitales: una, ser Emperador del Sacro Imperio. Imposible si no se tiene sangre imperial. Dos, ser Supremo Pontífice de la Iglesia Romana. Casi imposible. La tercera es ser nombrado Supremo Juez de la Gran Inquisición de Toledo. Al ser cinco los asientos de la Gran Inquisición, es al menos más fácil que las otras dos. En un mundo donde el último censo (2015) ha registrado mil quinientos millones de seres humanos, de todos modos, es una posibilidad bastante remota. Pero aún así, he llegado. Desde hace veinticinco años concurro lunes, miércoles y viernes al húmedo y alto salón, helado, oscurísimo, donde ejercemos justicia: desde las paredes, tapices y cuadros del Greco nos observan.
Muchas veces le he comentado a mi esposa que estoy casi seguro de que en mi caso mi apellido fue fundamental para conseguir mi puesto de Supremo Juez. Más de una vez, cuando entrego mis cartillas de nacimiento para cobrar mi paga semanal. el banquero afectado a esos menesteres me dice con voz de sorpresa: Pero ¿es usted descendiente del famoso D'Portuer? Si, le digo, con un poco de vergüenza. Oh, que honor debe ser para usted, es la respuesta invariable.
La fama de mi antepasado se debe a un hecho ligeramente vergonzante: era espía. Armand D´Portuer era un caballero francés bastante pobre que, teniendo contactos remotos con gente en Roma y en Viena, accedió espiar para el Papa y para el Emperador en la corte de Enrique VIII, Rey de Inglaterra. Su correspondencia y sus diarios íntimos han sido publicados e incluso hoy es un material de lectura bastante popular, porque mi ilustre antepasado era un pésimo espía pero un buen narrador, que gustaba introducir detalles picantes y chismes en sus cartas y en sus diarios y bueno, la realidad es que el sexo y las infidelidades de la gente muerta hace muchos años le encanta a todo el mundo. Pero si Armand D´Portuer es famoso y reconocido es porque impidió un divorcio real y una apostasía real.
La historia es así: a Enrique VIII las mujeres le encantaban y, como era rey, obviamente no tenía ningún problema en conseguirlas. Estaba casado con Catalina, tía del Emperador Carlos V, y tenía una hija de ese matrimonio, y había tenido desde que era muy joven numerosos hijos bastardos, que obviamente no pensaba legitimar, porque ya sus antepasados habían tenido problemas con los bastardos legitimados. Pero en la Corte real apareció Ana Bolena, la hija de Thomas Bolena, según mi antepasado un trepador con nariz verrugosa; pero Ana Bolena era hermosa, ingeniosa y además tan ávida de poder como su padre. Armand se dió cuenta de que la cosa iba en serio cuando escuchó a un secretario privado decirle a una dama de la corte: el rey está averiguando si el matrimonio anterior que tuvo Catalina con Arthur, el hermano difunto de Enrique, fue consumado. Si el matrimonio había sido consumado (cosa difícil, se contaba, porque el pobre Arthur era prácticamente un moribundo, pero también era un adolescente, en realidad, nadie estaba seguro) el matrimonio actual de Enrique y Catalina era incestuoso y nulo. Y Enrique podría casarse felizmente con Ana Bolena. Armand D´Portuer narró esta historia en dos cartas: una dirigida a uno de los duques cercanos a Carlos I y otra dirigida a uno de los Obispos más allegados al Sumo Pontífice. La respuesta del duque fue una carta donde narraba el también los pecados veniales de sus amigos aristócratas; la respuesta del Obispo fue más concreta: una nota escrita en inglés que decía, sin encabezado, sin nombre, sin firma MATA A LA MALDITA PERRA.
¿He dicho que mi antepasado era un pèsimo espía? Bueno, su desesperación cuando le dieron esa orden fue sincera. Armand D´Portuer era un aristocráta. No sabía matar. No sabía cavar un pozo. Además, si mataba a Ana Bolena y lo descubrían, lo matarían a él los Bolena. Y antes lo torturarían; se decía que en su castillo había una vieja sala de torturas que no se usaba desde hacía un siglo, pero los instrumentos de tortura tardan mucho en oxidarse. Armand se dijo, no soy amigo personal del Sumo Pontífice ni del Emperador Carlos V, soy solo un mercenario a su servicio. Y como mercenario envío una carta en respuesta exigiendo un precio desmesurado por el asesinato de Ana Bolena:  un título nobiliario bastante más alto, cinco mil monedas de plata y un matrimonio de conveniencia con alguna heredera rica. Muy rica -para vergüenza de todos los D`Portuer nuestro antepasado subrayó lo de muy rica cinco veces. Pensó que ante esas exigencias el Sumo Pontífice enviarìa a otro, màs barato, para matar a la maldita perra de Ana Bolena. Se equivocaba. Tres semanas después le llegó un cofre lleno de monedas de plata y un papel donde se lo nombraba vizconde de Cambray. Armand previsiblemente se deslumbró con las monedas de plata y en cinco días gastó la mitad del contenido del cofre en ropas, banquetes, dos rosales y el alquiler de un carro y cinco caballos. Y ahora tenía que matar a la mujer.
La historia está llena de catástrofes inesperadas. Por ejemplo, cuando el Imperio Persa quiso invadir la Antigua Grecia. O cuando Aníbal quiso invadir Roma desde los Alpes. Bueno, puede decirse que Armand D´Portuer intentando asesinar a Ana Bolena resultó ser una catástrofe inesperada. Era tristemente previsible: el pobre muchacho se había criado en la campiña francesa, recitando el Amadís de Gaula y los Romances del Rey Arturo. Se había hecho espía porque era pobre y de algo tenía que vivir, pero una cosa era narrar en cartas los escarceos amorosos de un rey  gordo y otra muy diferente asesinar a una mujer tan conocida. Y el tiempo apremiaba: el rey estaba cada vez más enamorado de Ana Bolena, Ana Bolena y su padre cada vez más ansiosos por lo mucho que podían ganar, ya los consejeros del Rey estaban buscando razones para excusar el comportamiento del Rey; así que Armand D`Portuer se decidió una noche: tomó un puñal, lo puso en su cintura, y amparado por una tormenta, entró en el dormitorio de Ana Bolena decidido a asesinarla. Allí, tropezó con el orinal, con la mesita que sostenía una jofaina y una palangana y un candelabro con una vela prendida, pisó la cola de un perrito de caza que empezó a ladrar muy fuerte y por último se enredó en una especie de cuerpo humano de madera que sostenía un vestido, varias telas de brocato y una cofia. La vela que cayó al piso incendió una ropa que había en el piso, el perro ladraba cada vez más fuerte, y a la luz del incendio Armand D´ Portuer pudo ver que en la cama de Ana Bolena estaban Bolena, desnuda y Nicholas de Ashturby, poeta de la corte, también desnudo y ambos dormían. Y entonces, con baldes de agua y derroche de gritos entró la gente de palacio a apagar el incendio y Ana Bolena y Nicholas de Ashturby se despertaron recièn cuando les echaron agua. Ese fue el intento de mi antepasado de asesinar a Ana Bolena. En su defensa debo decir que fue incluso más eficaz que si la hubiera matado: a la otra mañana todo el palacio sabía que la mundana Ana Bolena y Nicholas de Ashturby habían sido sorprendidos haciendo "el monstruo de dos espaldas" y para el almuerzo ya el rey Enrique VIII lo sabía. El resto es historia conocida, al menos para los que viven en Inglaterra: Enrique VIII siguió casado con Catalina, Enrique VIII murió tres años después de indigestión, Ana Bolena se casó de apuro con Nicholas de Ashturby, Thomas Bolena odió a su hija hasta el día de su muerte y Inglaterra sigue siendo católica. Y mi ilustre antepasado se casó con una prima segunda de Juan Díaz de Solís y cuando a este lo almorzaron los indios, Armand D´Portuer heredó sus territorios en las Nuevas Indias.

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