martes, 9 de abril de 2019

La izquierda y la homofobia

Varias veces he leído en textos de izquierda contra la iglesia (cualquier iglesia, católica, evangelista, ortodoxa) remarcando el carácter homofóbico de la iglesia. Como soy atea y fui criada en un hogar no solo ateo, sino anticlerical -la única que se atrevía a ser católica en mi casa era mi abuela- puedo decir que la homofobia eclesiástica nunca tuvo tiempo de empaparme; pero militando en la izquierda descubrí dos cosas sorprendentes: que los homosexuales son generalmente mucho más creyentes que los heterosexuales y que los ateos son tan homofóbicos como los cristianos. Me pregunto cuanta de la gente progresista que apoya el matrimonio homosexual votaría a un candidato a presidente abiertemente gay o lesbiana. En cuanto a los transexuales, el escándalo que reflejó Jorge Lanata cuando a Florencia de la Vega le permitieron el cambio de nombre en el DNI no hace más que reflejar el escándalo que mucha gente sentía internamente (sorprendentemente o no, la mayoría de las escandalizadas eran mujeres): todo fántastico con los homosexuales y transexuales mientras no se apropien de nuestros derechos. Estoy segura que muchos de los que despotricaron en redes sociales se consideraban personas "progresistas". Jorge Lanata no hizo más que sacar del closet al homofóbico que la mayoría de las personas llevamos adentro; exorcizó lo que realmente pensamos. Si lo pensamos nosotros, suena mal; ahora, si lo dice Jorge Lanata, lo único que tenemos que hacer es apoyarlo y decirle que es una persona de coraje. ¿Por qué no me sorprendí demasiado? Porque la mayoría de las consignas que se decían cuando empecé a militar en el trotskismo eran abiertamente machistas y homofóbicas; relacionaban el poder con tomar el poder y tomar el poder se relacionaba con ganar y ganar inevitablemente se relaciona con la hombría y la hombría inevitablemente se relaciona con el hombre heterosexual. Lo sorprendente era que teníamos muchos compañeros homosexuales en el movimiento y que ni siquiera ellos se lo cuestionaban. Si uno piensa en la mayoría de las consignas que la izquierda coreaba en los setenta, la mayoría eran consignas de muerte y consignas sexistas. Cuando empecé a militar, las consignas no eran menos belicosas (aunque probablemente las personas que militaban sí). Y la idea de asociar lo diferente (sea feminismo, estudios de género, estudios relacionados con el arte y la literatura, estudios relacionados con la antropología) al conformismo burgués seguía vigente. O sea, éramos un movimiento trotskista que negaba la dialéctica y se quedaba solamente con el materialismo. Cosa que me sorprendió sobre todo cuando empecé a leer los textos de León Trotsky, porque Trotsky tenía tiempo, en el medio de la Revolución Rusa, de leer literatura y de escribir sobre ella. Y si vamos a Engels, escribió un estudio tan burguesmente antropológico como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Nahuel Moreno mismo había estudiado con bastante interés temas de antropología y de género. No me parece que la izquierda tenga que hacer un mea culpa: no somos culpables a no ser que nos demos cuenta de nuestros errores y no los rectifiquemos. Pero hasta hoy me sigo preguntando si esa falta de capacidad de estudio y de reflexión no es la que lleva a la izquierda muchas veces a cometer errores garrafales en la lucha política diaria. Creer que ganar una discusión es gritar más fuerte es un error que solo cometen los niños. Podemos hablar en contra de la Iglesia, sea católica, ortodoxa o evangelista; hoy en día nada nos lo impide, al menos en nuestro país. Pero tendríamos quizás que reflexionar porque hay tanta gente homosexual creyente a pesar de que, según nosotros, la iglesia es homofóbica. Quizás nosotros, la gente que se considera de izquierda, los ateos convencidos, tengamos tantos rasgos homofóbicos como un Obispo o un pastor evangelista.

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