Diario de Amalia
Julián y yo seguimos a la Peco hasta la casa de Karen. La Peco está llorando y se le corrió el rimmel (a veces pienso que se pone demasiado). Toca el timbre cuatro veces. Y Karen aparece.
- ¿Que querés?- le pregunta mirándola de arriba a abajo a la Peco.
- ¿Cómo que estás saliendo con Rita?
- No, Peco, no. No estoy saliendo con Rita. Me acuesto con Rita, que es diferente.
- No seas hija de puta.- dice la Peco. Julián y yo las empujamos delicadamente adentro de la casa, temiendo que una cat fire en el medio de la calle atraiga a la metropolitana.
- Peco- dice Karen, en su mejor tono de CEO- dejá de llorar y de putearme porque vos no tenés derecho a decirme nada. Te peleaste conmigo, te enojaste por una pavada y a los tres segundos estabas con Julián. Así que dejá de hacerte la reina del drama, porque no tenés derecho.
La Peco acusa bastante bien el golpe. Sigue lloriqueando dos minutos -no es un espectáculo agradable- pero de a poco se calma. Karen le trae un vaso de agua: es lo que más admiro de Karen, la calma ante la adversidad.
- Entonces ¿te calmás?
- Esta bien- dice la Peco.
Julián y yo nos miramos. La verdad, no sabemos bien que hacer.
-¿Vas a seguir siendo mi amiga?- pregunta de repente la Peco
Tememos la reacción de Karen.
- Por supuesto- dice ella. El tono CEO sigue allí- Te conozco desde el jardin de infantes.
- ¿Y que va a pasar con Bernardita?- pregunta la Peco.
- ¿Seguís pensando en ponerle Bernardita?
- Por supuesto- dice la Peco, en el tono de acá no me mueven que todos conocemos bien.
- Y, no sé- dice Karen- seré la tia madrina. Todavía tengo las cosas del baby shower. Y el otro día le compré un vestidito rosa. Ahora te lo traigo.
Nos vamos los tres, Julián, la Peco y yo, quince minutos después cargados con treinta paquetes. Yo los dejo en la pattiserie y aprovecho para irme cuarenta y cinco minutos antes porque tengo que volver a estudiar Constitucional. Algo bueno saqué de todos esto.
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