miércoles, 29 de junio de 2016

La legalización del aborto.

Es curioso como ciertos temas te plantean una disyuntiva: el narcotráfico, la delincuencia, el aborto. Sobre todo este último y más todavía si sos mujer; no sé porqué los hombres (y algunas mujeres) piensan que el aborto es un método anticonceptivo más, con lo cuál una podría responderles que se hagan cinco abortos y después nos cuentan. Los hombres no, claro, porque no pueden. Yo con el aborto tengo una postura muy clara y paradójica, como casi todo en mí: creo que debería ser legal y sin embargo estoy en contra. Y en contra no por toda la sanata de que las mujeres somos seres maravillosos, que ser madres es nuestro destino, que como una madre puede hacer eso. Cada mujer hace lo que puede con su cuerpo y si lo sabrán las mujeres  que sufren violencia sexual, que es la peor violencia que puede sufrir una mujer o las chicas enfermas de anorexia, para quienes una manzana o una galletita de agua es el demonio. Estoy en contra porque es inmaduro: abortar es cortar la parte más débil de uno, pensando que eso le dará fortaleza. Y sí, un hijo es una debilidad, es un talón se Aquiles, es una hipoteca que una no termina de pagar nunca. Siempre traen problemas y nosotras siempre queremos resolverselos, aún a costa de nuestra salud mental y de su propia salud mental. Pero es así, hay que admitirlo. Un hijo es un espejo terrible, aún peor que el retrato de Dorian Gray; nos recuerda todo lo que fuimos, todo lo que nunca seremos, todo lo que ya es imposible que seamos porque tenemos un hijo, y porque hay que criarlo y porque hay que levantarlo para ir a la escuela y porque el día de mañana quizás se vaya a vivir a Victoria con la mujer, que queda cerca pero no tanto como para ir todos los días.

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