sábado, 4 de junio de 2016

Penelope

                               

                                                                              La gente triste no tiene piedad.
                                                                                                     Mariana Enriquez

A Claudia le hubiera gustado que la niña fuera menos pequeña, menos morena, menos llorosa. No era un sentimiento agradable y no podía contárselo a nadie, porque era consciente de que apenas lo expresara incluso a ella le parecería espantoso. “Admiro tanto lo que hacés”, había dicho Victor, su ex, cuando la encontró en un supermercado con Penélope. “Le estás dando una nueva oportunidad a la criatura”.
La mayor parte de sus conocidos la llamaban así a Penélope: la criatura, como si ella fuera un ente misterioso y diferente, apartado de sus propios hijos blancos, pelirrojos, castaños o trigueños.  Chicos que se revolcaban en el piso, que saltaban en los peloteros, que pedían caramelos o juguetes o cajitas felices. Penélope nunca pedía nada: solo lloraba silenciosamente, a la noche y el resto del día parecía como abstraída y nunca sonreía. “Es una muñeca de chocolate” había dicho su abuela al conocerla.
Claudia la había adoptado luego de conocerla en Haití, después de un terremoto catastrófico que había arrasado con  gran parte del país. Ella estaba allí en una misión diplomática, junto con el Canciller y el Vicecanciller cuando los llevaron a ver a los refugiados.  Entre los cientos de niños, Claudia vió a Penelopé sentadita, hamacándose sobre si misma.
Perdió a toda la familia- le comentó una de las voluntarias. – No le quedó a nadie, pobre. Estuvo dos días atrapadas debajo de los escombros.
Ese día solo pudo averiguar el nombre de la niña, Penny Lautrec. Le impactó tanto su vestido blanco con manchas amarillas, los ojos enormes que enseguida empezó a hacer las averiguaciones para adoptarla.
-Estás loca- le dijo Carlos, el vicecanciller, esa noche.- Ahora se te da por hacerte la samaritana.
-Hijos con vos sé que no voy a tener- le contestó ella casi sin reproche.
Vos sabés como es la situación. Siempre lo supiste.
Se acostaban desde hacía dos años atrás, en un momento en que Carlos había estado a punto de separarse de su esposa.  El le había confesado su soledad, su cansancio, sus ganas de empezar de nuevo. Ella no le había creído; sabía que él nunca se decidiría a irse de su casa, de su mujer de huesos delgados y ojos claros, de su comodidad.
Aunque a Carlos la idea no le gustara nada, ella adoptó a Penny. Cuando la trajo a Buenos Aires decidió  cambiarle el nombre por Penélope, comprarle vestidos amarillos y naranjas y un cachorro de labrador. Pensó que sería feliz con ella como hija.
Pero eso no había ocurrido. De día era como vestir a una muñeca, como alimentar a una muñeca, como pretender jugar con una muñeca. De noche Penélope se acostaba en su cuarto de princesa y lloraba sin palabras y sin gemir, no como lloran los chicos, sino como llora un viejo o un pájaro.
Así las cosas no durarían mucho.

(Algunas noches Penélope hablaba en creole.  No dejaba de llorar mientras lo hacía. Eran palabras sueltas, entrecortadas, que a Claudia no le sonaban a nada conocido, que parecían tejer un entramado, un muro entre ellas, una distancia. No parecía entender el idioma en que ella intentaba confortarla).

El día había comenzado mal. Había habido operaciones políticas contra la Cancillería desde hacía rato, pero esa mañana el Clarín, el Página y la Nación habían publicado en su tapa una investigación sobre desvíos de fondo.  Carlos estaba como loco, contestando llamados y hablando por el celular todo el tiempo. Fue recién antes del break de las tres de la tarde, cuando se reunían todos a almorzar que el la llamó aparte.
-Tenés que dejar tu oficina.
-Vos estás loco- le dijo ella.- Yo no tengo nada que ver con este escandalete de cuarta.
-No es por eso. Mi mujer. Vió tus mensajes. Me amenazó con divorciarse.
-Hace quince años que trabajo acá. Yo no me voy a ir por eso.
-Hacelo. Si no voy a decir que fue gracias a mi influencia que pudiste adoptar a esa criatura, voy a exponer todas las irregularidades del caso y se va a generar un escándalo diplomático. Te la van a sacar.
-Eso no es cierto.
-No seas ingenua. ¿Cómo te pensás que conseguiste un trámite de adopción en tiempo record?
-Nunca me dijiste nada.
-Hay cosas que no se dicen.
Volvió a su casa desencajada. Cuando entró a su piso y la señora que cuidaba a Penélope la vió se asustó.
¿-Le pasa algo?
-Nada, nada, me duele la cabeza- mintió.
Esa noche fueron dos las que lloraron. Pasada la medianoche abrió el sofá cama del cuarto de Penélope, se acostó en él y empezó a contarle toda su historia. No le importó que seguramente no entendiera nada de lo que decía y tampoco le importó que la historia era muy compleja y muy adulta para una niña de cinco años. Necesitaba contárselo a alguien. Se quedó dormida sin darse cuenta.
Era tarde, casi el mediodía cuando se levantó. Penélope no estaba en el cuarto. Se asustó un poco y entonces oyó ruidos en la cocina comedor.
Penélope estaba sentada en una silla, tomando un vaso de chocolatada, comiendo galletitas. En un papel había dibujado con crayones algo parecido a un auto, algo parecido a un símbolo, algo parecido a un hombre.
-Hola- le dijo, en casi perfecto castellano.- Y sonrió.
Entonces sonó el teléfono.
-Hola, Claudia. ¿Por qué no estás acá? Esto es un quilombo- le dijo Venecia, la subsecretaria.
-Carlos me dijo…
-Nena, ¿no te enteraste? ¿No miraste el noticiero?
-No, recién me despierto.
-Es terrible. Anoche chocaron a Carlos a la salida de la Panamericana. Está en coma. No saben si sale. Si sale, con suerte, va a quedar parapléjico.
-Dios mío- dijo ella.
Entonces volvió a mirar el dibujo de Penélope. Y volvió a mirarlo. Penélope volvió a sonreir, y dijo dos o tres palabras en francés que Claudia por supuesto no entendió y luego dijo bien claro “Quiero ver la televisión”
Se sentaron a ver Babar en Discovery Kids. La niña a veces reía. Claudia le acarició el pelo. “Cancillería puede esperar” le dijo. Penélope no contestó, pero ella entendió que incluso ese silencio era distinto, que todo estaría bien entre ellas de ahora en adelante.



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