Latigazos de sombra desordenan tu cuerpo,
en la fotografía donde te estoy pensando,
y soy el extranjero que descubrió tu rostro
y se animó a escribirlo, que era como besarlo.
y soy el extranjero que descubrió tu rostro
y se animó a escribirlo, que era como besarlo.
Jorge Boccanera
Alex el Turco, en el Bosque de Turdum.
Aún no atardecía. En ese planeta los crepúsculos no eran como en el planeta Tierra, pero Alex el Turco, uno de los últimos generales, aún los disfrutaba. Tomó un trozo de carbón y empezó a dibujar un rostro en un trozo de corteza de arcianés. Después dibujó los árboles que rodeaban ese rostro.
¿Por que no me voy de aquí? pensó.
Pero desde que había llegado al Bosque de Turdum el lugar lo había fascinado: las hojas de los árboles y el musgo en ellos, las delicadas flores de Valencia (que eran muy venenosas), el suelo fértil y pegajoso, los insectos dorados. Allí se quedó, añorando un poco los partidos de Racing y los domingos de asado y futbol, e incluso New York e incluso los Angeles e incluso Paris.
Pero solo dibujaba el bosque.
Alex, oyó que alguien lo llamaba.
No puede ser, pensó él. Es Leonore.
Alex, el Rey está buscando la máquina.
Ya sabe de Rodrick y de Pauline. Si los encuentran...
Ya sé, ya sé, respondió él.
Puta madre, se dijo.
Voy a tener que buscarlos.
Amartilló el Colt y se lo puso en la cintura.
Pensar que podría haberme quedado en el Bajo Belgrano, escuchando a los Palmeras, pensó mientras se internaba en la selva.
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