jueves, 30 de junio de 2016

Arturo Ripstein y mi tia Angela.

Tuve una tía abuela, Crescencia, a la cuál le decíamos Angela, que era directora en San Lorenzo, de las de antes y como tal una gran genia en el arte de desdramatizar situaciones dramáticas. Yo a veces, cuando era chica, le preguntaba: ¿Tía, tía, que pasa si un día me secuestran? Y, me decía ella, me parece que a vos te devuelven sin pagar rescate. Un día, cuando era adolescente, le conté impresionada la trama de La reina de la noche, de Arturo Ripstein. La película es un dramón mexicano terrible, que termina con la protagonista suicidándose ante la indiferencia piadosa de su hija y de su madre: La protagonista es una cantante de danzones, propensa a la bisexualidad, a lo excesos y a la poesía: una Alejandra Pizarnik o una Violeta Parra mexicana. Toda una tragedia.
Cuando le conté la historia a mi tía, impresionada yo por la facilidad que tenía para acostarse con mujeres y con hombres y de hacer de cada historia de amor un duelo, mi tía Angela, muy tranquila, me dice: Que tonta. Hubiera cobrado ¿no?

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