sábado, 4 de junio de 2016

Eterea


Todo empezó hace cuatro años atrás, cuando el extásis, y la cocaína e incluso la ya casi legalizada marihuana fueron reemplazados por la Ethereum. No se sabe bien quién la creó, aunque Aubert sospecha de los laboratorios de medicina; pero él es un paranoico lleno de teorías conspirativas. Parecía la droga ideal: dos grageas combinadas (una amarilla, la otra roja fluorescente, brillantes, hermosas), se tomaban a la mañana y uno olvidaba todo: el estrés del trabajo, la falta de un futuro brillante, el almuerzo en un mostrador grasiento. Albertine me dijo, tratando de describirme su efecto: "Es como si todo fuera blando, de agua, suave. Es como si nada existiera realmente". El uso continuo hacía que las personas adelgazaran y que los rasgos se afinaran, se embellecieran, un efecto colateral probablemente no buscado pero que hizo que la droga se volviera exitosa entre toda la población, incluso entre los ancianos. Apenas seis meses después de su primera aparición el treinta por ciento de los norteamericanos adultos la tomaban. Un año después era el noventa por ciento. Todo el mundo tenía su frasco. Aparentemente no tenía contraindicaciones.
Aubert no la probó nunca porque era (es) hipocondríaco y desconfiado. Yo no lo hice porque no la necesitaba. Era feliz. Amaba a Albertine y creía que Albertine me amaba. Pero mejor no pensar en eso. En ella. En ella, no en eso. En ella.
Y así estábamos, un inmensamente hermoso Brave New World cuando ocurrió el brote de San Diego. Anorexia nerviosa extrema. Brotes de psicosis. Anhedonia. Alucinaciones visuales y auditivas. Hiperactividad. Sonambulismo.
Llevó un cierto tiempo determinar que el denominador común de los pacientes con esos síntomas eran las brillantes pildoras de Ethereum. Se intentó alertar a la población: esta nueva droga ilegal tiene efectos negativos sobre la psiquis de las personas que la usan. Se hicieron campañas. La gente no lo creyó o no quiso creerlo; el mundo de agua del Ethereum era demasiado acogedor. Albertine no lo creyó; siguió tomando con regularidad sus grageas que la hacían cada vez más traslúcida y más hermosa, como un hada pelirroja. Una mañana me esperó detrás de la puerta de casa, cuando volvía de trabajar y me hizo tajos en la garganta con las tijeras de costura. Fui sangrando al hospital y a ella la llevaron presa. Allí conocí a Aubert; fué el enfermero que me atendió.
- ¿Tu mujer toma Ethereum?- me preguntó. Dudé un poco, pero le contesté que sí. - ¿Cuánto toma por día?
- Una o dos dosis- le contesté.
Sacudió la cabeza.
- Se ha vuelto una etérea.
Los centros de salud mental y las cárceles fueron desbordados en poco tiempo. Por cada tres personas sanas, había un etéreo. Luego fué uno cada dos, luego fue mitad y mitad. Y luego dejamos de contar, porque ya no había casi personas sanas y las que lo estaban estaban huyendo de los etéreos, yéndose a Angola o a Nueva Guinea, lugares donde los etéreos no habían aparecido aún o si habían aparecido los habían fusilado o lapidado. Los etéreos atacaban individualmente y eran desorganizados, pero letales. Los he visto devorar animales domésticos, cadáveres, cubiertas. En las últimas fases de la enfermedad pierden completamente los receptores que nos avisan que tenemos hambre, que tenemos sed, que tenemos cansancio; cada vez más traslúcidos y hermosos, girando sobre si mismos, sin entender que ocurre. No es un espectáculo agradable y aún no hemos encontrado la cura.
Hace dos años que Aubert y yo vivimos en este laboratorio móvil, de San Diego al DF y luego a Texas y luego a Nueva Orléans. Y aquí nos quedamos. Ya no hay más mardi grass ni gumbo. Solo hay casas de madera vacías que no nos atrevemos a habitar por temor a que los etéreos le prendan fuego con nosotros adentro. Cuando logramos capturar a algún etéreo le extraemos la sangre; tenemos cerca de cien frascos.No nos sirve de mucho. La verdad es que no sabemos nada acerca del Ethereum, salvo que quiénes lo tomaron embellecieron y adelgazaron y enloquecieron. Y muchos murieron.
No todos. Antes de irme de San Diego fuí a la cárcel de mujeres. Eran pocas las chances, pero acurrucada en una de las últimas celdas estaba Albertine. Ya no había guardicárceles ni reclusas ni cámaras de seguridad. La dormí con cloroformo y la até y la traje conmigo. Ya pasaron dos años y no volvió a decir mi nombre. Devoró dos de sus dedos, en la desesperación y tuve que maniatarla. Ya casi no quiere comer y no duerme. Está en las últimas fases. Su piel es transparente y su cabello es cada vez más rojo. Aubert dijo un día de dispararle un tiro y casi le destrozo la cara a golpes.
  • Entiendo- me dijo. - Es tu etérea.- No volvió a hablar del tema. Ni siquiera cuando los dos vimos que empezaba a hincharse en el vientre y en los tobillos. “Retención de líquidos” dijo él. Y le aplicó una inyección.
Ahora el está pescando. Estoy solo con ella; no me mira, ya no me reconoce. Como está atada lo único que puede hacer es girar la cabeza y las manos. Yo la abrazo. “Albertine” le digo. “Albertine”. Por supuesto, no me contesta.
Levanto su blusa y acaricio su vientre. “Hola” digo. “Hola, hijo, hola”.







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