Todo
empezó hace cuatro años atrás, cuando el extásis, y la cocaína e
incluso la ya casi legalizada marihuana fueron reemplazados por la
Ethereum. No se sabe bien quién la creó, aunque Aubert sospecha de
los laboratorios de medicina; pero él es un paranoico lleno de
teorías conspirativas. Parecía la droga ideal: dos grageas
combinadas (una amarilla, la otra roja fluorescente, brillantes,
hermosas), se tomaban a la mañana y uno olvidaba todo: el estrés
del trabajo, la falta de un futuro brillante, el almuerzo en un
mostrador grasiento. Albertine me dijo, tratando de describirme su
efecto: "Es como si todo fuera blando, de agua, suave. Es como
si nada existiera realmente". El uso continuo hacía que las
personas adelgazaran y que los rasgos se afinaran, se embellecieran,
un efecto colateral probablemente no buscado pero que hizo que la
droga se volviera exitosa entre toda la población, incluso entre los
ancianos. Apenas seis meses después de su primera aparición el
treinta por ciento de los norteamericanos adultos la tomaban. Un año
después era el noventa por ciento. Todo el mundo tenía su frasco.
Aparentemente no tenía contraindicaciones.
Aubert
no la probó nunca porque era (es) hipocondríaco y desconfiado. Yo
no lo hice porque no la necesitaba. Era feliz. Amaba a Albertine y
creía que Albertine me amaba. Pero mejor no pensar en eso. En ella.
En ella, no en eso. En ella.
Y
así estábamos, un inmensamente hermoso Brave New World cuando
ocurrió el brote de San Diego. Anorexia nerviosa extrema. Brotes de
psicosis. Anhedonia. Alucinaciones visuales y auditivas.
Hiperactividad. Sonambulismo.
Llevó
un cierto tiempo determinar que el denominador común de los
pacientes con esos síntomas eran las brillantes pildoras de
Ethereum. Se intentó alertar a la población: esta nueva droga
ilegal tiene efectos negativos sobre la psiquis de las personas que
la usan. Se hicieron campañas. La gente no lo creyó o no quiso
creerlo; el mundo de agua del Ethereum era demasiado acogedor.
Albertine no lo creyó; siguió tomando con regularidad sus grageas
que la hacían cada vez más traslúcida y más hermosa, como un hada
pelirroja. Una mañana me esperó detrás de la puerta de casa,
cuando volvía de trabajar y me hizo tajos en la garganta con las
tijeras de costura. Fui sangrando al hospital y a ella la llevaron
presa. Allí conocí a Aubert; fué el enfermero que me atendió.
-
¿Tu mujer toma Ethereum?- me preguntó. Dudé un poco, pero le
contesté que sí. - ¿Cuánto toma por día?
-
Una o dos dosis- le contesté.
Sacudió
la cabeza.
-
Se ha vuelto una etérea.
Los
centros de salud mental y las cárceles fueron desbordados en poco
tiempo. Por cada tres personas sanas, había un etéreo. Luego fué
uno cada dos, luego fue mitad y mitad. Y luego dejamos de contar,
porque ya no había casi personas sanas y las que lo estaban estaban
huyendo de los etéreos, yéndose a Angola o a Nueva Guinea, lugares
donde los etéreos no habían aparecido aún o si habían aparecido
los habían fusilado o lapidado. Los etéreos atacaban
individualmente y eran desorganizados, pero letales. Los he visto
devorar animales domésticos, cadáveres, cubiertas. En las últimas
fases de la enfermedad pierden completamente los receptores que nos
avisan que tenemos hambre, que tenemos sed, que tenemos cansancio;
cada vez más traslúcidos y hermosos, girando sobre si mismos, sin
entender que ocurre. No es un espectáculo agradable y aún no
hemos encontrado la cura.
Hace
dos años que Aubert y yo vivimos en este laboratorio móvil, de San
Diego al DF y luego a Texas y luego a Nueva Orléans. Y aquí nos
quedamos. Ya no hay más mardi grass ni gumbo. Solo hay casas de
madera vacías que no nos atrevemos a habitar por temor a que los
etéreos le prendan fuego con nosotros adentro. Cuando logramos
capturar a algún etéreo le extraemos la sangre; tenemos cerca de
cien frascos.No nos sirve de mucho. La verdad es que no sabemos nada
acerca del Ethereum, salvo que quiénes lo tomaron embellecieron y
adelgazaron y enloquecieron. Y muchos murieron.
No
todos. Antes de irme de San Diego fuí a la cárcel de mujeres. Eran
pocas las chances, pero acurrucada en una de las últimas celdas
estaba Albertine. Ya no había guardicárceles ni reclusas ni
cámaras de seguridad. La dormí con cloroformo y la até y la traje
conmigo. Ya pasaron dos años y no volvió a decir mi nombre. Devoró
dos de sus dedos, en la desesperación y tuve que maniatarla. Ya casi
no quiere comer y no duerme. Está en las últimas fases. Su piel es
transparente y su cabello es cada vez más rojo. Aubert dijo un día
de dispararle un tiro y casi le destrozo la cara a golpes.
- Entiendo- me dijo. - Es tu etérea.- No volvió a hablar del tema. Ni siquiera cuando los dos vimos que empezaba a hincharse en el vientre y en los tobillos. “Retención de líquidos” dijo él. Y le aplicó una inyección.
Ahora
el está pescando. Estoy solo con ella; no me mira, ya no me
reconoce. Como está atada lo único que puede hacer es girar la
cabeza y las manos. Yo la abrazo. “Albertine” le digo.
“Albertine”. Por supuesto, no me contesta.
Levanto
su blusa y acaricio su vientre. “Hola” digo. “Hola, hijo,
hola”.
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