miércoles, 29 de agosto de 2018

La muerte de un rey. 39° parte.


En mi mente
hay un árbol
cuyo fruto
es saqueado
al amanecer.
Abbas Kiarostami

Abud El trescientos Oasis de Dion.

Rose l' Ansal me envió el mensaje hace cinco minutos. Lisbeth les ha dicho a Arguil y a Rilench la ubicación de la máquina o al menos como ubicarla.
Fucking Lisbeth, dijo después. Es culpa de ella este desastre y encima ahora Pauline y Rodrick. Todos nosotros. El único que puede impedir esto es Sarar y quizás, Tiffany.
Y la Dama Blanca del Alba? Preguntó Dion.
Melinda nunca moverá un dedo en contra de su hija.
Tiffany tampoco, creo. Sarar... Ahora Eliza es un rehén.
Está con Jorginhó y con el poeta Omar. Dijó Dión. No es tan mala compañía.
No, pero Jorginho no la aprecia demasiado.
Tiene razón en no hacerlo...
¿Hay alguna manera de escapar de los calabozos del rey?
Solamente como lo hice yo. Respondió Dión.
Es una situación de tablas. Perder o perder. Nadie gana, dijo Abud.
Si encuentran la máquina perderemos tdos.
¿Cuánta gente cree en ti y trabaja para tí, Dión? Realmente.
No lo sé. Doscientos.
Dosciento cincuenta.
Cuando yo era joven y vivía en la Tierra tenía solo cincuenta personas que trabajaban para mí. E incluso así hacíamos milagros.
Hay que desviar el curso de dos ríos lo más rápido posible. Y despistar a los esbirros del rey, a sus correveidiles.
Eso es lo más difícil, dijo Dion.
Abud sonrió.
Por supuesto. Es lo más difícil.



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