lunes, 20 de agosto de 2018

Borges y Tolkien.

El anglosajon es un idioma inexistente. No digo inexistente porque no haya existido, sino porque existió hace tantos años y pasaron tantas historias que su realidad inverosímil se ha perdido. Incluso su fonética, todo, casi todo, menos su leyenda. En la segunda guerra mundial, había muy pocas personas que sabían anglosajón: una de ellas era J. R. R. Tolkien, porque lo enseñaba. El otro, por esas casualidades casi irreales de la historia, era Jorge Luis Borges, porque su abuela era inglesa y le gustaba leer. El cuento "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", que tanto deslumbra a académicos llenos de pergaminos, es una broma y un homenaje de Jorge Luis Borges, un modesto argentino, a quien estaba, en las sombrías aulas de Cambridge y Oxford, contruyendo esa mitólogía magnífica que existe en El Hobbit, El Señor de los anillos y El Simarillion. El final es perfecto: Yo no hago caso, yo sigo leyendo en esta casa en Adrogué una versión quevediana, que no pienso dar a la imprenta, de Urn Burial de Browne. El pasado siempre necesita ser heroico, siempre se necesitan los héroes, la magia, los dragones, e incluso los hobbits. Entre los dos, esas dos personas que apenas se conocían, cambiaron para siempre la literatura del siglo XX y quizás, con un poco de buena suerte, el curso de nuestra historia.

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