miércoles, 22 de agosto de 2018
Adolfo Aristarain
A principios de la década de los noventa el panorama cultural argentino era paupérrimo: unos pocos artistas aislados sobrevivían, pero la mayoría parecía cooptados por la grasa de las capitales, por la ilusión del 1 a 1. Estábamos (decían la televisión, la radio, las revistas en incluso las editoriales) en el primer mundo. Y entonces un cineasta que se llama Aristarain hace una película que se llama "Un lugar en el mundo" y es una historia mínima sobre personas que sobrevivieron como pudieron al exilio y volvieron a Argentina, al interior de Argentina, a retomar una lucha que en esos años se daba, no por perdida, sino por fútil, por inútil. El fin de la historia, diría Fukuyama. Mientras en las fábricas que cerraban, en los hospitales, en las escuelas, en las universidades, en los ferrocarriles, se escribía la historia del saqueo de un país amparándose en el supuesto progreso. A futuro, como siempre. Pero se viajaba a Brasil por dos pesos, che. Y el champagne francés estaba regalado. Es una película hermosa "Un lugar en el mundo", no por su compromiso político (hay películas políticamente comprometidas que son solo manifiestos) sino por ese chico que al final, dice que lo importante es, justamente, el lugar en el mundo donde uno desea estar.
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