Le ofrecí pan y sal, para salir,
al principio,
siguiendo las leyes de la hospitalidad
nunca rotas
ni siquiera en Troya,
luego de hablé de las quimeras y de
los centauros
y de la cachaca
de las mujeres que en la orilla
del mar se visten de blanco y ofrendan
sus flores al martes
para que sus lunes sean
venturosos
le hable incluso de la sangre
y de los ancianos marineros
y luego de los minotauros
y luego por fin de
los unicornios
y luego solamente de la inocencia
desnuda de una hoja en blanco.
Ni siquiera quiso el hilo de Ariadna.
Allí está, encerrado
en su destino para siempre
junto a la pantera lustrosa y pertinaz,
el oro en polvo que ha comido
las manzanas envenenadas
y el dragón,
que aunque quiera despertarse
sigue allí.
Los otros dragones están ya sueltos y
vuelan, invisibles, en el cielo.

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