Desde hace muchos años hay dos símbolos que gravitan en la historia argentina: (y digo símbolos porque ambos están muertos hace mucho tiempo). Uno es Juan Domingo Perón, que no me agrada para nada. Pienso que si Perón hubiera tenido un cuarto del coraje que tenía, por ejemplo, Allende, la historia argentina hubiera sido muy distinta. Perón siempre me pareció un maquiávelico de la peor especie: del que se va cuando las papas queman, del que espera que el clamor popular lo lleve al gobierno, y cuando regresa lo hace con Isabelita y Lopez Rega. Si, los argentinos tenemos que envidiarle Allende a los chilenos.
El otro símbolo es el Che Guevara. Y ese símbolo es más complicado. ¿Era un hombre valiente, noble, inteligente? Por supuesto, tenía todos esos valores. Y sin embargo me parece que el problema del Che Guevara no es Guevara en sí mismo, sino en el guevarismo. El foquismo. Las teorizaciones en la Academia Francesa acerca de la realidad sudamericana, hecha por gente que nunca había estado en un cañaveral tucumano, en una fábrica de autos cordobesa, en una escuela de La Matanza. Para los franceses era muy fácil hacer el Mayo Francés. Y luego volver a adoquinar y luego volver a hacerse ricos y viajar por el mundo. En el Tercer Mundo los errores políticos se pagan con muertos concretos, con hambre concreta, con destrucción concreta. Aún ahora el agente naranja de Vietnam es utilizado para defoliar la pampa húmeda argentina. No me preocupa que las grandes multinacionales (Bayer, Monsanto, Arcor, etc) utilicen propaganda de la peor especie para imponer sus productos. Me preocupa que desde la izquierda la única alternativa que podamos darle sea postulados de la izquierda europea (viven en el Primer Mundo, no sé cuantos obreros quedan ya allí) y la lucha armada. A nadie le jode que un hijo de puta se equivoque. Es un hijo de puta, uno se alegra. Cuando una persona buena y noble se equivoca mucho, eso es más grave, porque muchas personas van a seguirla. Por eso, para mí, la política es el campo de la reflexión antes que de la acción. Los puntos de vista del otro son válidos siempre, porque yo no soy el otro: no puedo imponerle mi realidad a alguien que nació, por ejemplo, en Usuahia y lleva todos los días a sus hijos a la escuela en la zona más austral del mundo.
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