jueves, 23 de agosto de 2018

La muerte de un rey. 37 ° parte

                                                                    En aquel país los animales
tienen rostros de personas:

los gatos
ceremoniales toman las calles

el zorro corre
amable hacia la tierra, los cazadores
lo cercan, siguiendo
el tapiz de sus costumbres

el toro, bordado
en sangre tiene
una muerte elegante, trompetas, su nombre
impreso en la piel, una marca de heráldica
porque

(cuando se revolcó
sobre la arena, espada al corazón, los dientes
en la boca azul eran humanos) 
                                                         Margaret Atwood

                                                                               Mercado de Shij Bath, delta del Sur

Rose Ansal recordaba cuando había sido Rose Mc Laren algo vagamente. Recordaba a su madre y a su padre, a sus hermanos, a sus sobrinos, su departamento con tapices parisinos. Recordaba las clases de pastelería (un curso de verano, en realidad), la veneración por Julia Child, el haberse recibido suma cum laude en Yale, recordaba sus vestidos channel y sus zapatos laboutine, sus trajes de Stella Mc Cartney -solo los usaba para trabajar. De todas esas cosas que había tenido y de alguna manera amado (aunque no tanto como para permanecer en la tierra) se había llevado solamente el cuatro venezolano que le había regalado una vecina de Queens y a su hermosa marabunta, que alimentaba con moscas al volver a su departamento. De los Mil, consideraba Rose, era de los que mejor se habían adaptado al planeta; ventajas de ser la general 221.
En el puesto donde vendía vajilla colorida (los mestizos y los mercaderes se deslumbraban con los colores y los mandalas y ella no tenía manera de explicarles en realidad era un pobre remedo de los que había visto en los mercados hindúes) algunos sabían que era una de los Mil. Pero incluso los que lo sabían no se preocupaban, porque durante la noche, cuando se encendían las fogatas, mientras comían las nueces con miel y harina de ouran -eso sí no existía en la tierra- l' Ansal, como la llamaban todos, sacaba el cuatro venezolano y tocaba "Like a Rolling Stone". A veces también "Sweet Jane" y "Beautiful Boy". Ninguno de los presentes entendía el idioma, pero todos entendían la música. No podía ser, pensaban todos, una Mil peligrosa.
En realidad, pensaba para sí Rose, no cambié demasiado de vida. Solo de planeta.
Con quién peor se llevaba, sin ninguna duda, era con Sarar y con Eliza. Con Sarar, casi como una broma, por cuestiones musicales. "Tus discos sos espantosos" le había dicho cuando se conocieron. Sarar nunca se lo perdonó. A Rose le pareció divertido que un asesino y cuasi mafioso tuviera la piel tan delicada.
Lo de Eliza era distinto. Apenas Lisbeth la contactó y le contó del Gran Plan (porque Lisbeth hablaba remarcando las mayúsculas), estuvo de acuerdo. Además, lo que ella tenía que hacer no era arriesgado. Ni siquiera era ilegal. Más la conmovió cuando Lisbeth le contó  que se estaba enamorando de Enrique D' Oliveira, quién nunca la miraría porque era una chiquilina tonta de veinte años. "Te debe haber mirado muchas veces cuando no lo mirabas a él" pensó para sus adentros.
Cuando conoció a Amparo, a Oregon, a Rodrick e incluso a Jorginho se hizo amiga de ellos inmediatamente. Sobre todo de Amparo: a ambas le gustaban las cosas cotidianas, la cocina, cuidar a la pequeña Eliza, ya una spoiled girl que solo quería usar vestidos verdes, contarse chismes de artistas. Había sido muy felices con ellos, y casi se había sentido la mujer más feliz del mundo cuando había hecho su parte en el Gran Plan.
Pero luego Amparo y Oberon habían muerto y Eliza había sobrevivido.
Nunca se lo había perdonado.
Estaba pensando en eso mientras miraba la constelación de Zeus (de algo habían valido las clases de Astronomía en el campus), cuando oyó que Henry la llamaba.
Pauline y Rodrick están en peligro.
Maldita seas, Eliza, pensó.
Tuviste que arruinar todo.

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