lunes, 14 de julio de 2014

Primera sangre. 7º parte.

- ¿Mi versión?- murmuró Valentín Bengoechea- Solamente que yo no la maté.
- Bueno, está bien. Ese es el principio. Pero usted se peleó con Paula Graciel, su esposa. Dos veces. Y amenazó con matarla. Ante testigos.
- Eso es cierto.Pero esa es la última parte de la historia.
- ¿Qué historia?
- La mía. La de Paula. Es cierto que estábamos casados, registro civil y todo, pero éramos una fachada.
- ¿Qué fachada?
- La de Zuccardini S.A. Erámos los testaferros.
- No entiendo nada. Empieze desde el principio, cosa de que hasta mi pasante, Trados, pueda entenderlo.

El padre de Valentín Bengoechea era jugador. Unico descendiente de una familia que tres generaciones atrás había tenido dos estancias, un tambo y una fábrica de hilados, y que se habían ido perdiendo en sucesivas quiebras y enfermedades, cuando llegó a adulto heredó cuatro casas y un departamento en Mar del Plata. Decidió alquilar las casas, que eran lo mejor de su herencia, y vivir en Mar del Plata, ciudad que no lo entusiasmaba especialmente, sobre todo en invierno, salvo por la cercanía con el casino. Era joven y no tenía que trabajar para vivir, así que pasaba la mayor parte del día durmiendo, salvo de noche. Se hizo amigo de un montón de gente a la que le gustaba vivir como él.
- De mal vivir, dirían los diarios de antes- ironizó Mendiola.
- Mi viejo decía que no eran mala gente, solo que el trabajo no los entusiasmaba y se habían acostumbrado a vivir en la timba permanente- contestó Valentín.
Entre esos amigos estaba Walter Zucchi. Había vivido en la calle la mayor parte de su vida y había trabajado como diferentes cosas (mozo, changador en el puerto, conserje de hoteles). Después había empezado a timbear y había descubierto que con un poco de paciencia y mucha suerte le daba mejor rédito que el trabajo. La suerte de Zucchi era notoria; había noches en que bastaba que el se sentara a la mesa para que esquilmara al resto de los jugadores, cosa que más de una vez le había traído problemas. Pero no era fácil pegarle a Zucchi; a pesar de ser pequeño, tenía una velocidad y una fuerza que desconcertaba a hombres que pesaban el doble y medían treinta centímetros más que él. Bengoechea padre le había contado a Valentín que a él no le molestaba que el Zucchi le ganara, lo cual, había pensado luego Valentín era un indicio de que lo consideraba su mejor amigo.
- Según mi viejo- dijo Bengoechea- Zucchi siempre tenía grandes ideas para hacer mucho dinero. Lo cuál, decía él, no siempre significa que las ideas sean realizables. Y después mi padre me decía algo que aún no entiendo del todo; que en la timba había aprendido que el dinero es algo bastante complejo, que los hombres se acostumbran a pensar de él como de algo físico, a olvidarse de que en realidad no existe, que es una costumbre, un uso de los humanos.
- Me imagino- dijo Mendiola- Su padre era todo un filósofo.
- No- dijo Bengoechea- Mi padre terminó siendo cuidador de caballos. El sí perdió mucho en el juego. Le comió las cuatro casas y el departamento. Pero no pasó de golpe, como en las películas. Fue así: antes de que yo naciera perdió una de las casas, la más chica. Después yo nací. Por un tiempo dejó de jugar  y creo que hasta consiguió un trabajo de portero. Entonces mi mamá se enfermó. No teníamos obra social y papá contrajo muchas deudas. Se le ocurrió que el juego podía ser una buena solución. Así perdió la otra casa. Mi mamá se recuperó, y las deudas seguían siendo muchas y tuvo que salir a trabajar. La verdad era que mi papá no sabía trabajar; se ponía nervioso enseguida, lo incomodaban las órdenes, los jefes, los horarios. Así que se quedaba conmigo, me cuidaba, y entonces mi mamá venía de trabajar, y nos encontraba a los dos mirando la tele con una Coca Cola por la mitad y papas fritas y hacía un escándalo. Las últimas dos casas que le quedaban eran muy difíciles de alquilar (demasiado grandes, demasiado lujosas, era época de recesión) y mes a mes se iban acumulando los impuestos. "Antes de que las rematen" me dijo una tarde "voy a ver si puedo sacar algo de ellas". Y las malvendió sin que mi vieja supiera y después desapareció dos meses enteros. Lo encontró la policía, en un campo de Ayacucho, cuidando unos caballos. Había perdido la guita de las dos casas (cerca de doscientos mil dólares) en el pase inglés. También tuvimos que vender el departamento en Mar del Plata, para pagar las deudas. Así que mamá, él y yo terminamos en Ayacucho. Y por un tiempo, no nos fue tan mal, hasta que Walter Zucchi volvió a ver a mi papá. Yo tenía dieciséis años.
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