Raschid. Despensas del Rey.
Mas hay
quietud aquí.
No me voy.
Ezra Pound
Lisbeth se ha escapado, dijo Arguil. Se ha escapado llevándose consigo a los niños que íbamos a sacrificar para los ritos de la primavera.
Tu no crees en esos ritos, le replicó Rilench.
No importa. Los que obedecen al rey si creen. Vamos a sustituir los niños por otros, claro, pero el rumor de la huida de Lisbeth se ha extendido por el palacio, aunque matamos a tres esclavas de los harenes. Ya lo saben en los pueblos del Delta y en los pueblos del Desierto. Solo la Máquina nos salvará. Rodrick, él es la clave.
Raschid abrió los ojos.
¿Quién les ha hablado de Rodrick?
Lisbeth nos habló de él, dijo Rilench.
Y de Pauline, siguió Arguil.
Eliza estaba furiosa con Lisbeth por haber revelado lo de Rodrick, dijo Rilench. Pude verlo en su rostro.
Si Lisbeth solamente les habló de Rodrick y de Pauline, dijo Raschid, no les dijo nada o casi nada. Había un cuchillo de carnicero sobre la mesa. Raschid lo tomó y empezó a desollar a una cabra que colgaba cabeza abajo, ya sin tripas.
¿Es posible que sean tan ciegos? les preguntó.
El mango del cuchillo engrasado se le resbalaba y debía agarrarlo con un trapo. La cabra estaba algo vieja, pensó Raschid, o quizás estaba ya cansado de ese oficio.
Rilench, ¿para que tienes informantes? Viven encerrados en los harenes y en las cocinas y buscan información disfrazados de rapsodas o de saltimbanquis. ¿De que sirven esos informantes? ¿Sabes que le ha contado el hombre que le vendió estas cabras a la cocinera? Que hace pocos días un esclavo le dijo que Dion el hechicero había juntado hierbas para curar a un caballo alado.
Estupideces, dijo Arguil. Los caballos alados no existen.
No. No en este territorio. Los caballos no son útiles para el desierto ni para las rocas. Hay uno, sin embargo, que puede aguantar muchos días sin comer y sin beber y sin cansarse.
Veltran, el caballo de Eliza.
No era de Eliza. Era de Lisbeth. Cuando ustedes secuestraron a Lisbeth, Eliza lo tomó para sí. ¿Entienden lo que quiere decir que Dion esté en contacto con los Mil? Dion puede reunir un ejército. Recuerden la última revuelta de esclavos, hace cinco años. Y si ustedes insisten con encontrar la Máquina, los Mil van a unirse a él y van a ser destruidos.
Le cortó la cabeza a la cabra. Comenzó a trozarla.
Arguil se quedó muy callada. Luego habló. Cuando lo hizo, ya no era la voz de la mujer que se quejaba, sino la de la reina que decidía.
Si Dion el Maldito, el Envenenador, el Comehombres se está aliando con ustedes, mayor razón para encontrar la Máquina y para hacerla funcionar.
Ella se marchó.
Raschid comenzó a salar los trozos de la cabra. Era un trabajo de mucho cuidado.
Rilench, le dijo de pronto al consejero, envía a la primera heredera y a tus hijos al Refugio del Monte Ocre. Y consigue todas las cabras y todos los cerdos que puedas. Deberé salarlos, porque dentro de poco empezará el asedio y no tendremos que comer.
Podemos luchar, dijo Rilench.
Si, pueden, dijo Raschid. Pero no creo que triunfen.
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