Cuando volvieron a la casa, Adrián se cambió y entró en la pileta. El agua estaba tibia y olía un poco a hojas y flores en descomposición."¿Facundo no le pone cloro al agua?" se preguntó. En el fondo de la pileta había algo. A pesar de no ser un buen buzo, se sumergió para agarrarlo; era de un rosado traslúcido, frágil al tacto y parecía tener la consistencia de un cuero muy fino. Salió de pileta, para observarlo a la luz del día. Lo extendió sobre el deck. Después de tocarlo dos o tres veces descubrió una pelusa muy fina sobre el material.
- ¿Qué es eso?- le preguntó Perséfone.
No se había dado cuenta de que estaba allí. A diferencia de Danáe, Perséfone a veces parecía casi invisible, como si se mimetizara con el paisaje.
- Es algo que encontré en el fondo de la pileta.
Perséfone lo se acercó a observarlo también. Lo tocó, con mucha más delicadeza que Adrián, como si ya lo hubiera hecho.
- Algo que ha caído de por ahí- dijo.
- Parece liviano- observó Adrián- y en realidad es pesado.
- Es cierto.
- Eso es raro. Es una cualidad rara, que no tiene ningun material que yo conozca. Tiene una forma extraña, además. Es como...
- ¿Cómo qué?
- Como una membrana. Como la membrana que recubre a algunos animales cuando nacen. Y acá- le dijo, señalando uno de los bordes- acá hay algo amarillento y coagulado- se lo acercó a la cara, para olerlo.
- No lo hagas- le dijo Perséfone.- Puede ser venenoso.
- No creo- contestó Adrian.- Voy a preguntarle a Facundo a ver si sabe que es.
- Facundo ahora no está- le dijo Perséfone.
- Bueno, lo voy a guardar en el galponcito de las herramientas para mostrárselo después.
Un rato después, Ismael apareció para preparar el asado. Transpiraba muchísimo y parecía reconcentrado en el asunto; Martín, al lado, picaba salamín y chorizo campero. A Adrián el calor y el olor a fiambre le daba náuseas, así que se fue adentro a mirar noticieros; comieron los tres juntos, casi sin hablarse entre ellos. Danáe y Perséfone se sentaron con ellos, pero ambas pretextaron problemas estomacales y no probaron nada.
Cuando ya estaban comiendo el helado apareció Facundo. Comió apenas un par de bocados, pretextando que todo ya estaba frío. Cuando terminó, Adrián le contó lo que había encontrado ese día.
- Que extraño- dijo Facundo.- Enseñamelo.
Adrián abrió el galponcito, pero lo que había guardado ya no estaba.
- Perséfone ¿vos lo agarraste?
- No, no, te lo juro- dijo ella.- Habrán sido los chicos, con todo el ajetreo del asado.
- No importa- dijo Facundo.- ¿Vos también lo viste, Perséfone? ¿Cómo era?
- Era algo medio gastado y rosado.
- Era una cosa extraña- dijo Adrián.
- Me hubiera gustado verlo.
- Tenía en uno de los bordes un coágulo amarillento. Como si fuera pus.
- No hablen más de esas cosas que me da asco- dijo Ismael- Vamos a tomar Fernet, que hace bien a la digestión.
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