Samuel comenzó a trabajar de ayudante de tendero. Era muy malo en lo que hacía (calculaba mal los pesos, nunca recordaba donde estaban la harina ni el azúcar, sumaba mal los importes finales de cada cliente) pero el dueño de la tienda, Druchmann, lo perdonaba porque el padre de Hannah había sido profesor de tres de sus hijos en el colegio y a pesar de que era visible de que no eran muchachos brillantes, habían pasado su asignatura. Hannah a veces cosía para afuera y Judith se enredaba en los brocados y las gasas que, el sábado a la noche, las grandes damas de la ciudad usarían en el teatro. Hoffmann usaba ahora un gorro negro y hacía colectas en apoyo al sindicato de los tranviarios. Seguían jugando al ajedrez de noche, pero ahora su amigo le hablaba no de versos ni de metáforas sino de reuniones donde los obreros de diferente signo (anarquistas, socialdemócratas, comunistas) discutían consignas y hechos que a veces ocurrían allí cerca, pero a veces en lugares tan alejados como Rusia o España.
- Lo de Rusia es increíble- le dijo Hoffmann una noche- y al mismo tiempo trágico. Han logrado deshacerse de un padrecito, el zar, que parecía inmortal. Y de una carga de aristócratas que ahora están contando sus penurias en novelas decimonónicas en los salones de París y de Londres. Y sin embargo ahora se está encumbrando una nueva casta de burócratas que no es menos aristocrática que la anterior; no tienen la sangre azul de los príncipes, son arribistas, pero como tales son aún más peligrosos. Hay que guardarse de los perros flacos y mal alimentados; cuando llegan al poder, son aún más sanguinarios que las mascotas de salón.
- No hables así adelante de Hannah- le reprochó Samuel- Toda su familia aún lamenta que fusilaran al zar y a la zarina y a los pequeños príncipes.
- No hay revolución sin sangre. Pero entiendo, yo mismo dudo a veces. Aunque te diré algo; cuando se trata de defender sus preciadas posesiones, los burgueses no dudan en matar. El dueño de la empresa de tranvías ha contratado rompehuelgas; van a la casa de cada uno de los obreros a hablarles, delante de su mujer y de sus hijos. A tres de los huelguistas les han pegado hasta desfigurarlos. Los dos líderes principales de la huelga saben bien que cuando esta termine no tendrán trabajo. Ningún trabajo en la ciudad. Hemos impreso volantes denunciando este hecho, pero a nadie le parece escandaloso, porque hay mucha gente sin trabajo en la ciudad.
Era cierto, pensó Samuel. Cuatro fábricas (dos textiles, una de ollas, otra de enlozados) habían presentado convocatoria de acreedores. Una de las hijas del dueño de la de enlozados había sido hasta hacía poco clienta de Hannah y le había quedado debiendo la hechura de tres vestidos de noche.
- Tendrías que reclamárselo- le decía Samuel.
- Pobre niña. Fuí a la casa, el otro día. Iban a presentarla en sociedad con uno de esos vestidos, el de organza- le contestó Hannah- Ahora ya no van a hacerlo. Estaba llorando en su cuarto. El padre me atendió en mangas de camisa, como cualquier tendero. Van a tener que vender el coche y todos los muebles, para pagar las deudas.
- ¿Pobre ella? La que cosiste el vestido fuiste tú.
- Tu no entiendes. Ella no sabe lo que es la pobreza.
- Ahora aprenderá.
- Hoffmann te está pasando su resentimiento. No voy a permitir que venga más aquí por la noche, para que cuente historias horribles y te llene la cabeza con ideas.
- Oh, Hannah, maldita sea. Lo conoces a Hoffmann y no es un hombre resentido; es el hombre más bondadoso que conocemos ambos.
- Entonces el resentido eres tú.
- Y tú piensas que la única desgracia que puede ocurrirle a una mujer es que su familia quiebre y que no pueda usar un vestido de organza.
- Sí, quizás sí. Quizás es la única desgracia que conozco, la única que me han contado desde que era pequeña. Lo único que nos ocurre a las mujeres, seamos ricas o pobres, es ser presentadas en sociedad y luego casarnos o quedarnos solteras. Es de lo que hablamos todo el día, de la vida sentimental; es como vivir en un cuarto cerrado. Quizás tus amigas, Katherine, Laurak, sean diferentes.
Era la primera vez que Hannah pronunciaba el nombre de Katherine. Samuel sabía que lo había pronunciado para que la discusión se cerrara, para que ya no hubiera más posibilidades de hablar. Hannah siguió cosiendo, esa noche, cosió hasta muy tarde y se acostó cerca de la hora en que Samuel solía levantarse.
- Hoffmann puede seguir viniendo- le dijo antes de dormirse.- Judith está encariñada con él.
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