Cuando volvio de París, el editor del periódico , Hans, le contó lo que había pasado. Dos noches atrás, había encontrado la imprenta desmontada, pieza por pieza y dos gatos amarillos ahorcados sobre los linotipos. Había ido al otro día a hacer la denuncia al Ayuntamiento; allí, un funcionario gordo y algo calvo le había preguntado sobre que escribía en el periódico.
- Sobre las cosas que pasan- le había contestado Hans.
- Pero su periódico se edita en yddish.
- Sí, pero nuestros lectores leen en yddish.
- ¿Ha estado usted afiliado al partido comunista?
- Nunca.
- Sin embargo- siguió diciendo el hombre gordo- en su periódico se han publicado cinco artículos sobre la huelga de tranvías de la ciudad.
- Es lo más importante que ha ocurrido en la ciudad en el último año.
- Entiendo.
El funcionario gordo y calvo se le quedo mirando.
- Mire- dijo Hans- el periódico que edito es pequeño y se vende en solo tres barrios, donde está la mayoría de la población judía. Me preocupo porque alguien nos odia lo suficiente para desmantelar un aparato de imprenta (que no es fácil de hacer, puedo asegurárselo desde ya) y matar a dos pobres gatos vagabundos (admito que eso es un poco menos dificultoso). Me preocupo porque es muy difícil que lo haya hecho una sola persona. Me preocupo porque en dos periódicos de la ciudad ya ha ocurrido lo mismo, según me han contado mi suegro.
- Usted es el primero que trae esas noticias- respondió el otro, impávido.
- Bueno, sí ha ocurrido. Y quisiera saber si van a hacer algo para buscar a los culpables.
- Oh- dijo el funcionario.- ¿Quiere que hagamos algo? En esta ciudad hay diez crímenes por noche, hombres que se apuñalan en las tabernas, prostitutas que estrangulan a sus clientes, borrachos que ahogan a sus hijos recien nacidos. Y usted quiere que nos preocupemos por la imprenta de un periódico de judíos. Y dos gatos ahorcados, me olvidaba de ese detalle.
- Entonces me levanté y me fuí- le siguió contando Hans.- Debería haberlo golpeado, debería haberle gritado, pero eso solo empeoraría la situación. He estado pensado, Samuel y he decidido renunciar. Hace dos noches fue la imprenta, pero si esto sigue así, en dos o tres meses será el esmerado editor. He hablado con los dueños , Rosencrantz y Guilbert. Ellos también quieren deshacerse del periódico. Rosecrantz le venderá la imprenta a Guilbert, que es el que tiene más dinero, y se irá a Sudamérica. Tiene familiares allí. Puede empezar de nuevo.
- Entonces...
- Te quedarás sin trabajo, Samuel. Lamento dejarte así, pero no puedo hacer otra cosa. No te creas que a mí me irá mejor, deberé ponerme a trabajar en la charcuteria de mi tío. Eres un hombre instruído, puedes dar clases en algún colegio o quizás conseguir otro trabajo de corrector. Perdoname.
Esa noche regresó a su casa muy despacio. La pequeña Judith había aprendido a caminar hacía poco y cada vez que tropezaba, lloraba. Hannah cortaba remolachas en pedazos muy finos y los freía.
- El periódico cerrará- anunció él, de pronto, mientras comía la tercera rebanada de remolacha.
- ¿Que ocurrió?- preguntó Hannah.
- No sé, el editor, los dueños, están asustados. Sabes, han pasado cosas.
- Si, ya sé, los dos gatos muertos.
- ¿También tu lo sabes?
- Aquí todo se sabe.
- Tendré que buscarme otro trabajo. Menos peligroso que corrector de un periódico en yddish.
- No es fácil, en estos momentos. Quizás yo pueda coser para afuera. La mujer del panadero me ha preguntado si puedo arreglarle ropa. Sé coser bastante bien.
- No pagan nada.
- Mira, Samuel- dijo Hannah- no creo que en ningún trabajo que consigamos de ahora en adelante, ni tú ni yo, nos paguen bien.
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