Judith volvió a enfermarse. Empezó con una tos leve, y con un estado febril intermitente que poco a poco fue convirtiéndose en crónico. Era una fiebre que empezaba durante la mañana y la hacía llorar suavemente hacia el mediodía y que luego, a la noche, cedía un poco, y entonces Judith tomaba un poco de sopa de patatas o de compota de ciruelas. "Quizás esté creciendo" dijo una de las vecinas, pero Hannah la veía siempre igual, diminuta en su cama, escurridiza, algo asustada. Hoffmann se burlaba de ella y decía que parecía más un hurón que una niña.
- Un día se escapará por la puerta y volverá a los bosques- le decía a Samuel.
Judith los oía. Preguntaba que era un hurón y que eran los bosques. Entonces Hannah, para entretenerla buscaba un libro de estampas y le mostraba los hurones.
- Son como perros raros- decía Judith.
- Los perros son perros- contestaba Hoffmann- Tu eres un hurón. Algún día vas a escaparte.
- Has descendido de poeta a cuco de niños, Hoffmann- se burlaba Samuel.
- He ascendido de poeta a cuco de niños, querrás decir, Samuel. No hay nada más inútil que un poeta. Sobre todo ahora, que los nazis ganaron las elecciones.
Pero las cosas no parecían haber cambiado mucho. Al menos para Samuel y para Hannah. Lo único que les preocupaba era que Judith se repusiera pronto. Finalmente encontraron un médico que no les cobraba tanto como los otros, y que logró, a fuerza de cataplasmas e inyecciones que la niña estuviera algo mejor durante el día. La visitaba al atardecer: estaba terminando la última de sus visitas cuando los tres escucharon gritos a lo lejos.
El médico se asomó al ventanal del departamento.
- Algo se está incendiando. Es un incendio grande.- les dijo.
Se marchó enseguida. Samuel bajó las escaleras, para averiguar que ocurría.
- Han hecho explotar el Ayuntamiento- le dijo un vecino.- Los comunistas.
- Han muerto dos hombres, parece.
- Muerte a los comunistas. Muerte a los comunistas. Muerte a los judíos- empezó a gritar uno de los hijos adolescentes del vecino.
- Han arruinado nuestro país- dijo otro adolescente.- Guardan el oro bajo sus camas y no dejan que nadie lo toque.
- Allí viven un montón de judíos- gritó el primero. Agarró una tuerca oxidada que había a sus pies y la arrojó con una fuerza asombrosa contra la ventana de Samuel. El vidrio se astilló.
- ¿Qué hacen?- los encaró Samuel.- Yo vivo ahí.
- Entonces eres judío- dijo uno de los adolescentes y escupió en el suelo. Samuel miró a su vecino.
- Usted es su padre. Mire lo que hacen.
El vecino miró a sus hijos y miró a Samuel. También escupió en el suelo, como desafiándolo.
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