Drusila, piensa Glaudia mientras espera el amanecer, se ha portado injustamente conmigo, incluso después de muerta. Todavía, cuando se despertaba, le parecía oír la voz quejosa y blanda de su hermana, desde su sillón en el cuarto que servía al mismo tiempo de comedor y de taller. Habían hecho juntas sombreros, muchos sombreros, con plumas, con frutas, con pájaros, con cintas, que eran un encanto; durante veinte años habían sido muy felices mientras cortaban y cosían y pasaban los alambres; cuando por la radio pasaban un fox trot o una milonga de sus años de juventud les parecía que estaban de vuelta en los bailes. "¿Te acordas?" le decía Drusila "del chueco Funes, aquella vez que se le despintó todo el saco?". Y las dos se reían. De a poco, el trabajo empezó a faltar; la de la tienda les dijo que los sombreros ya no se usaban como antes, que ya no eran sinónimo de distinción, sino de antigüedad. "No importa" dijo Glaudia "podemos coser ropa". Pero para Drusila ya no fue lo mismo: el arte de ella eran los sombreros, el fieltro y los detalles, el velo apenas oblicuo. Empezó a decaer y en vez de ayudar a Glaudia se sentaba en el sillón y escuchaba radioteatros. Para animarla, Glaudia compró a Ojo de oro, que era un hermoso canario anaranjado. Drusila no se animó e incluso pareció pasarle su tristeza a Ojo de oro, que a las dos semanas de estar en su casa ya no cantaba ni revoloteaba. Glaudia llamó a un doctor, que revisó a la hermana y le recetó unas vitaminas. Pero Drusila siguio con la tristeza. "El mundo estaba mejor antes" decia, despues de escuchar al informativo que seguia al radioteatro "cuando las mujeres usaban sombreros". En pocas semanas adelgazó hasta alcanzar la contextura de una niña; cuando los parientes de Acebal vinieron a visitarla casi no la reconocieron. Ante ellos declaró, con convicción pueril: "Me voy a poner bien si mi hermana me hace un sombrero". "Seguro que te lo va a hacer" dijo una de las primas, con voz apagada. Cuando se fueron, y a pesar de que tenía mucho trabajo y muchas cuentas atrasadas, Glaudia recorrió toda la ciudad buscando en diferentes mercerías los materiales para hacer un sombrero. La dueña de la tienda tenía razón, estaban definitivamente fuera de moda, porque le llevó casi un mes reunirlos. "Ves" le dijo a Drusila cuando tuvo todo "ahora te haré un sombrero muy bonito". Su hermana asintió. Oscureció temprano y su hermana se fue a acostar con paso muy lento; Glaudia estuvo toda la noche trabajando, pegando mostacillas y bordando y acomodando plumetíes. Cuando casi lo tuvo terminado se quedó mirándolo unos segundos; iba a ser un sombrero precioso. Fue a despertar a su hermana al cuarto sin ventanas donde había un retrato de los padres y otro más grande de los abuelos. Se dió cuenta de que nada se movía allí.
Por dos o tres días la casa se llenó de gente. Después los parientes de Acebal volvieron a Acebal y los de Fray Luis Beltrán volvieron a Fray Luis Beltrán. Glaudia volvió a coser y a escuchar la radio, pero por la mañana antes de levantarse pensaba que Drusila había sido injusta con ella. Glaudia extrañaba el tiempo en que las mujeres necesitaban un sombrero para ser elegantes tanto como ella y sin embargo no la había dejado sola. Se levantó, aunque hacía mucho frío. Preparó las mostacillas que faltaban, el adorno plateado que tanto le había costado conseguir y que pegaba tan bien con el verde irisado del fieltro. "Lástima que ella no haya llegado a verlo" se dijo para sus adentros. Desde su jaula de alambre y madera, Ojo de oro cantó.
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