lunes, 16 de junio de 2014

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.

Diario de Amalia.

Me despierta el celular a las cinco de la mañana. Tengo que entrar a trabajar a las diez y entre cita fallida con los Graubal y encuentro en el Palacio de la Papa Frita, me acosté a la una y media. Atiendo después de que sonó diez veces.
- ¿Quien e?- pregunto.
- Nena, vos estás trabajando de moza.
Me quedo muda.
- Si, mami. ¿Cómo sabés?
- Cathy Alzugaray, mi mejor amiga, fue el otro día a la pattiserie y te vió.
Yo también la vi. Y me escondí. No tanto porque me de vergüenza trabajar de moza, sino porque en el momento en  que la ví le estaba discutiendo la adición a la otra moza, que cuando volvió a la cocina murmuró "Le hubiera escupido el té, quién se cree que es". Más o menos me estoy llevando bien con mis compañeras de trabajo, no sea cosa de que si se enteran de que conozco a Cathy Alzugaray empiezen a pegarme chicle en el pelo.
- Sabes lo que me dijo, Amalia, "y yo que pensé que podía casarse con Ricardito". Se me partió el corazón.
A eso no hay respuesta posible. Hace cinco años que Ricardito Hervianne Alzugaray se fué a vivir a Manaos y trabaja para una de esas ONG ecologistas algo inverosímiles. Y hace cuatro años que está casado con una antropóloga paulista muy sensual y simpática y hace dos años que me manda fotos de su hijito. Su mamá todavía no pudo superarlo; mi mamá tampoco, porque desde que yo tenía trece años soñaba con un matrimonio morganático que uniera a las dos familias más importantes de Buenos Aires (desde el punto de vista de Cathy y mi mamá).
- Mamá, la que te enojaste conmigo por lo de Los Cardales y Javier y la solicitada y me dijiste que no me ibas a dar más plata fuiste vos.
- ¿Y que te dije? Que le pidieras plata a tu padre. No que te consiguieras un trabajo y me abandonaras la carrera de Derecho.
- Papá está en Norteamérica, mami.
- Le hubieras podido pedir plata igual. A vos nunca te negó nada. No sabés como me siento. Primero de todo lo de Los Cardales, y la solicitada, que fue un papelón absoluto que ni siquera volví a pisar el spa ni el Tea Room y ahora, cuando un poco me animaba a volver a hacer sociales, y hasta iba a participar en la gala de Nosotros Solidarios, me vengo a enterar que mi hija es gastronómica.
- Bueno, por ahí trabajo de moza en la gala- le contesto yo- ¿Qué tal las propinas?
- Dejá de hacer bromas, Amalia. No quiero que trabajes más de eso. Yo tengo muchos contactos, en dos o tres días te consigo algo muchísimo mejor, inclusive hablo con tus tíos y podés ser secretaria ejecutiva en la empresa del abuelo, como tu prima. Acordate de que la suplantaste cuando se fue de luna de miel.
Con mi prima Brisa (la otra heredera) nos odiamos desde nuestro nacimiento, que fue casi al mismo tiempo. Yo nací dos días antes. Para nuestra desgracia fuimos al mismo colegio y al mismo curso, lo que no hizo que nuestro cariño creciera. Cuando terminamos ambas la secundaria, ella decidió estudiar Derecho en la misma universidad que habia elegido yo, lo que hizo que yo me cambiara y entrara en la UBA. Sabía que a Brisa la universidad pública la horroriza y que nunca me seguiría a ese antro de perdición.
- Mamá, no quiero trabajar en la empresa del abuelo. Y no sé, yo entiendo que no te guste que sea moza, pero te digo la verdad, al principio fue difícil, me quemé y me ardían los pies y mis compañeras no me querían, pero después la cosa fue mejorando. Y más o menos me alcanza para vivir.
- Sos tan cabeza dura, hija. Qué te cuesta hacerme caso. Por qué me traes estos dolores de cabeza.
Voy a tener que hablar con tu padre- frase final de mi madre. Mamá y papá llevan divorciados diecisiete años y casi no se hablan desde hace diecisiete años. Solo en casos de extrema necesidad o en velorios de gente en común.
- ¿Y qué me va a hacer, mamá?- le pregunto yo- ¿Me va a mandar a la cama sin cenar?

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