miércoles, 18 de junio de 2014

Primera sangre. 3º parte

Laburé toda la semana y no lo debo haber hecho tan mal porque no me echaron. Al segundo día conocí a Alfredo Mendiola y a su hija, Esmeralda Mendiola. Alfredo Mendiola usaba siempre un saco gris y una corbata que variaba del rojo escarlata al rojo bordó según el día. Esmeralda Mendiola olía a chicle y a sahumerio y tenía tres anillos de plata en el medio, anular y meñique de la mano derecha. Cuando terminaba su horario de recepcionista se ponía un anillo de oro con una calavera en la mano izquierda y se sacaba los zapatos de cuero para calzarse unos borceguíes. Era pelirroja y muy pálida y los ojos eran casi blancos. Solamente atendía el teléfono cuando había sonado seis veces. "Es mi cábala" me dijo una tarde. "La otra que tengo es no salir con hombres cuyo nombre empieze con E. Una vez una tarotista me dijo que mis desgracias empezarían cuando lo conociera". Cuando Mónica escuchaba esas cosas sacudía la cabeza.
- Hija de Alfredo tenía que ser- murmuraba por lo bajo.
En algo tenía razón. Alfredo Mendiola era un pavo real. Le encantaba ir a la cama solar, a eventos sociales, figurar en primera plana de los diarios. Mientras que Mónica y Armendi tomaban casos de litigio civil, complicados y de poca repercusión, aunque a la larga o a la corta le dejaban al estudio una buena cantidad de dinero, a Mendiola le encantaba representar a gente famosa, a veces con dinero, a veces sin tanto , pero que estaban convencidos -con esa especie de buena fe que tienen los legos y que yo perdí rápidamente- que cualquier conflicto puede resolverse en la justicia.
- O mejor dicho- me dijo una tarde Mónica mientras ordenaba sus papeles y apagaba su computadora- que la justicia está para resolver cualquier conflicto.
- Yo pensaba que se podía- le contesté.
- Mirá, Trados. Si querés te doy un ejemplo con lo que te pasó a vos. Un compañero de tu equipo te lesionó en una práctica. Si vos hubieras querido, lo podrías haber demandado. Se inicia una acción civil, fundamentos, testigos, se pone en marcha toda la maquinaria. ¿A vos te habría resultado útil? No, probablemente perderías la demanda, porque el juez consideraría, con buen criterio, que lo que te pasó fue mala suerte. Pero el tiempo perdido en tu expediente no lo recuperaría nadie. Más o menos lo mismo es lo que pasa con los clientes de Alfredo; actrices que demandan a otras por difamación, divorcios multimillonarios donde las dos partes se esfuerzan por llegar al mínimo acuerdo posible, productores teatrales que se pelean con su elenco en la mitad de la temporada y les hacen juicio porque abandonaron la obra. Si alguna de esas personas tuvieran que hacer tu trabajo o mi trabajo o si recorrieran dos o tres días los tribunales y vieran los casos que sí son urgentes, por ahí pensarían dos veces antes de hacerlo. O probablemente no, porque la gente que entra en la oficina de Alfredo es gente que piensa que la ley es buena solamente si le sirve a ellos para algo. La mitad de los casos que Mendiola toma terminan quedando en la nada misma; pero en realidad a todos nos conviene, porque gracias a él aumentó mucho la cantidad de gente que viene al estudio, atraída por su estilo farandulero.
- O sea, a río revuelto- dije yo.
- Si, que se le va a hacer. Al principio ni Armendi ni yo lo soportábamos, pero no es mal abogado, conoce todos los procedimientos y, si querés que te diga, si algún día se me da por ser asaltante de bancos, quisiera que fuera él el que me defendiera.
Dos días después entró Jacinta Bernardez al estudio. Llevaba el rímel corrido y se le notaban las raíces de la tintura. Entró atropellada y golpeó cinco veces con la mano el escritorio de Esmeralda, que se sobresaltó un poco.
- Soy Jacinta Bernardez, la madre de Valentín Bengoechea. Quiero ver al Dr. Mendiola.
- No se puede- le contestó Esmeralda- Salió a almorzar.
- ¿No lo puede llamar al celular?
- Creo que lo tiene apagado.
- ¿No entiende que es urgente? ¿Usted no entiende?- la voz de la mujer, un poco áspera, iba subiendo de tono.
Armendi salió de su oficina.
- ¿Qué pasa acá?- le preguntó a Esmeralda.
- Me llamo Jacinta Bernardez, soy la madre de Valentín Bengoechea, uno de los acusados del triple crimen de Berazategui. Quiero que el Dr. Mendiola defienda a mi hijo. Lo vi en la tele, el otro día, me gustó como hablaba. Si no lo van a meter preso y yo estoy segura de que es inocente. Mi hijo es inocente- el tono de voz era cada vez más alto.
- Bueno, cálmese- le dijo Armendi. - Esmeralda, llamá a tu papá.


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