martes, 3 de junio de 2014

La muerte de un rey. 32º parte

                                                                                   Aquí no hay agua, sólo roca,
roca y no agua, el camino arenoso
el camino serpentea entre las montañas
que son montañas rocosas sin agua

                       T. S. Eliot. 

                                                                                Henry. Camino de las serpientes.
                                                             

No busques a Sarar. Y no escuches a mi madre, le dijo Lisbeth. Era la medianoche y Lisbeth susurraba. Parecía muy asustada. Si quieres que salvemos algo, ve a buscar a Pauline y a Rodrick antes que Rilench y que Sarar los encuentre. Llevate a Veltran, si quieres.
Será mejor que vaya sin él, dijo Henry.
¿Cómo está Jorginho?
Si no fuera uno de los Mil, estaría muerto. Pero ahora está bien, está con Omar. El lo cuida. Tengo que confiar en tí, Henry, porque de los tres generales principales eres el único que algún guarda algún rasgo de humanidad. Cuando Sarar se entere que tienen prisionera a Eliza, no sé como reaccionará. Mi madre tiene algo de razón, nunca debí haber rescatado a ese niño.
Hay otros que me culpan a mí, fue la respuesta de Henry. Tiffany, por ejemplo. No puede olvidar que yo les aseguré que este planeta estaba deshabitado.
¿Cómo es vivir con los nativos?
Terminas acostumbrándote, se rió Lisbeth. A mí nunca me torturaron como a Jorginho, ni me encarcelaron. Todos los días veía mi estatua vestida de oro en el salón principal. Los ritos de las estaciones estaban dedicados especialmente a mí. No es como cree mi madre, que no me fui porque me mantenían atada. Esperaba cambiar sus costumbres, educarlos en la civilización.
No lo lograste.
No del todo. No me he rendido con ellos. Aunque tengan esclavos (y los esclavos me odian, he oído los murmullos en los harenes) no son monstruos como creen el resto de ustedes.
Yo no lo creo, dijo Henry. Si son monstruos, es porque los hemos convertido en monstruos.
¿Les has perdonado lo que te hicieron?
¿Destrozarme el ojo? Lo que más costó fue la reparación del cerebro. Y dejar a Jorginho allí, atado. Lo salvé una vez, sabes, y lo siento aún mi responsabilidad.
Lisbeth lo abrazó.
¿Como está nuestro hijo? le preguntó.
¿Quieres saber si es pequeño como yo? respondió Henry. No lo es. Es alto como su abuelo. Pero temo que no tan buen mozo como su padre.
Ambos rieron.
Está en el Delta de Syam, cerca de donde estaban Pauline y Rodrick. Lo mantengo apartado de esta guerra, todo lo que puedo, pero me parece que será imposible.
Iré a verlo. Pero tu encuentra a Rodrick y a Pauline.
El desierto de noche era blanco y azul. Henry sabía que la desesperación de Lisbeth para que buscara al cuarto y a la quinta general solo podía deberse a una cosa: había revelado que ellos eran la clave para ubicar la Máquina. 
Pero el resto no se los había dicho. 
Una planta carnosa crecía alrededor de un cactus. Henry la conocía, era la "dadora de vida". Atesoraba agua en su interior y  quién la comía no tenía hambre ni sed por diez días. Devoró las hojas. 
"Mis piernas son demasiado cortas para un desierto tan grande" pensó. "Aunque lo único bueno de ser bajo es que es más difícil que me vean. Puedo esconderme detrás de las rocas".
Entonces fue cuando cayó. Fue una caída suave, blanda, porque el pozo era pequeño. Enseguida apareció el rostro, mirándolo con curiosidad, como si fuera un pez en una pecera.
Leonore, idiota le gritó Henry Sacame de aquí.
¿Quién eres? le preguntó ella. Se había cortado el cabello.
¿Qué animal anda con cuatro piernas al amanecer, con dos al mediodia y con tres a la noche? fue su respuesta.
Henry, maldito, dijo Leonore. De todas las alimañas del desierto que pude cazar, tuviste que caer tú en la trampa.

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