martes, 17 de junio de 2014

Un aire de familia. 12º parte.

Katherine y Laurak se marcharon cuando empezó la primavera. Tendrone se fue en el otoño. Rosencrantz también se fue, junto con Hans y su familia. Samuel, Hannah y Judith fueron a despedirlos a la Gran Estación.
- ¿Donde irás, Hans?- le preguntó Samuel.
- Aún no estoy seguro. No sé si estás enterado, pero en ningún lugar de Europa nos reciben con los brazos abiertos. Creo que iré a Bruselas y de allí quizás a Inglaterra, donde tengo un par de amigos. Pero no creo que me quede allí. Quizás termine en Sudamérica, como mi viejo patrón. Espero que el dinero que ahorré durante estos años me alcance para viajar. Cuando esté instalado, te enviaré alguna carta.
- La esperaré. Enviale fotos de los niños a Hannah. Dice que nunca vió un par de chicos tan bonitos.
- Claro, si. Ahí llega el tren. Ayúdame con las maletas.
No eran demasiado pesadas. Cuando el tren estaba por partir, Hans asomó su cabeza por la ventanilla.
- ¿Sabes? Yo estuve en la Gran Guerra. Vi cosas. Y ahora toda mi vida cabe en tres maletas y debo huir del lugar donde nací como si fuera un fugitivo. Yo y mi familia.
Se quedo callado unos instantes. Parecía diez años más viejo que hacía unos instantes atrás.
- Nosotros no hicimos nada.
En ese momento el tren se puso en marcha. Samuel lo miró mientras se alejaba. En la Gran Estación el aire era helado y olía levemente a hierba seca.
- Quiero ir a visitar a nuestros padres- le dijo Hannah en el camino de regreso a casa.
- Está bien- dijo Samuel.
Salvo por el hecho de que su primo segundo, el rabí, por fin estaba aprendiendo a decir bien los Salmos, todo estaba igual en el pueblo. Samuel intentó comunicarle a sus padres o a los padres de Hannah las cosas que había visto en esa breve ausencia, pero su madre y la madre de Hannah se negaron a escuchar, ensimismadas en la recuperada salud de Judith, en refrescarle los chismes del lugar y en criticar la lentitud de Hannah para pelar papas.
- Al menos no derrocha cuando cose- fue el elogio de ambas.
Su padre, que desde la última vez que lo vió se había vuelto más fantasmal y enjuto (estaba perdiendo la vista) tampoco le hizo caso. Solo el padre de Hannah mostró algo parecido al interés, asintiendo como si  le estuviera contando cosas que el ya imaginaba.
- Algunos diarios llegan a este pueblo perdido, a veces- le dijo- y te digo que lo único que podemos esperar es que esta vez se olviden de nosotros.
- Muchos de mis amigos de la ciudad se exiliaron- dijo Samuel.
- Si- fue la respuesta de su suegro.- Tendríamos que hacerlo. Pero ¿donde cultivaríamos papas y criaríamos gallinas? ¿En París? ¿En Moscú? ¿En Nueva York? ¿En La Habana? Pero quizás no sería mala idea que tú y tu familia se fueran, aún son jóvenes.
- Hannah no se alejará de ustedes. No tanto. Ni a mí me gustaría alejarme tanto de mis padres.
- Claro. 
 Dos días después el profesor llamó a Hannah y le dijo:
- Antes de que te vayas voy a darte dos cosas. La primera es el collar de turquesas que perteneció a la vieja ama de mi abuela, allá en Ucrania. Quizás algún día te sirva de algo. La segunda parece menos valiosa, pero quizás no lo sea. Son sellos viejos de la gobernación. No me preguntes como los obtuve, espero algún día poder contártelo. Las dos cosas deben ser usadas con prudencia.
- Entiendo- contestó Hannah, que poco entendía.
- Y te voy a dar un consejo. Si ves que los que te odian se multiplican, huye.
- ¿A donde?- le preguntó Hannah.
- A donde puedas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario