- Un poco te envidio, Trados- me dijo el Brune esa noche- Vas a conocer el caso de cerca.
- ¿A vos también te interesa el triple crimen?
- Es un caso famoso. Trapero- Trapero era uno de los delanteros. Apostaba por todo; por quién iba a ganar el superclásico, por quién iban a ser los titulares en el partido siguiente, por cuando lo dejaría a otro de los jugadores la novia- apostó un asado a que el asesino fue Valentín Bengoechea.
- Mendiola dice que puede que no haya sido.
- Va a ser el abogado defensor. ¿Que querés que diga?
Así que ni siquiera el Brune creía en la inocencia de Valentín Bengoechea. A mi ya me había entrado la curiosidad, de tanto que los otros hablaban. Tres mujeres muertas, jóvenes. La otra todavía agonizaba.
Al otro día llegué temprano a trabajar y ya estaba ahí Valentín Bengoechea con su madre. No era como me lo había imaginado; no sé por qué me lo figuraba morocho, delgado, escurridizo. Era alto y muy pálido, casi lampiño y el pelo estaba cortado en un estilo militar. Tenía una remera blanca lisa y un pantalón de gabardina gris que le quedaba un poco grande y se miraba las manos con fijeza.
- Mi papá llega en un rato- les dijo a los dos Esmeralda.
Se sentaron ambos en la recepción. La mujer estaba un poco más arreglada que el día anterior, pero parecía más nerviosa. Dos o tres veces habló por celular a una tal Quica o Keka o algo así, que aparentemente le daba recomendaciones. La tercera vez dijo, en voz clara y alta, para que todos lo oyéramos:
- Acá nos tienen, todavía, esperando. Se piensan que pueden hacer cualquier cosa con nosotros.
Nos miró cuando cortó. Parecía estarnos midiendo, como si fuéramos una especie extraña. En cambio Valentín no parecía para nada nervioso, solamente cansado, adormilado. ¿Son así los asesinos? pensé. ¿Son como personas comunes, no tienen ninguna marca que los distinga? Hasta ese momento, no me había cruzado con ninguno.
Entonces llegó Mendiola. Antes de entrar a su oficina, me llamó aparte.
- Mirá, Trados, creo que voy a tomar el caso. Pero no estoy muy seguro. No es como los otros casos que tengo, que son pura espuma, puro bla bla bla. Este caso es mucho más difícil. Y si decido no tomarlo, si cuando hablo con este muchacho veo algo que no me gusta, tengo miedo a como vaya a reaccionar. Así que ahora voy a hablar con él, no con la madre, que es una pólvora, pero vos vas a estar conmigo, por las dudas. Por si se le salta la térmica. ¿Te animás?
- Está bien, doctor Mendiola.
- Bueno, señor Bengoechea- dijo entonces Mendiola- pase a mi despacho. Usted no, señora, quiero hablar con mi defendido solamente. El señor Trados, que es mi pasante, va a estar también presente.
Jacinta Bernardez lo miró con desconfianza, pero cedió enseguida porque Mendiola habló con su mejor voz de eminencia. Valentín Bengoechea se levantó muy despacio. Entramos los tres a la oficina y Mendiola cerró la puerta.
- Bueno, señor. Lo primero que quiero saber es si es culpable o inocente.
Valentín Bengoechea murmuró algo.
- No lo oigo.
- Soy inocente- dijo Valentín Bengoechea.- No sé por qué piensan que soy culpable. Soy incapaz de matar a nadie.
- Pero usted dijo que la iba a matar.
- Fue una discusión.
- Entiendo- dijo Mendiola.- Cuénteme su versión de la historia.
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