martes, 22 de enero de 2019

Primera sangre. 9° parte

- Si papá pensó que con su muerte Zucchi desaparecería de nuestras vidas, estaba equivocado. Walter Zucchi vino al velorio, vestido de negro, insistió en pagar el atáud y el coche fúnebre y la parcela, y nosotros, que habíamos quedado en la lona, no pudimos decir que no. Y lloró mucho en el entierro de mi viejo, lo cuál significaba que a su manera lo quería. Creo que papá fue lo más parecido a un amigo que Zucchi tuvo nunca, y que Zucchi fué el único amigo de verdad que tuvo mi viejo. Por eso, pienso, lo de la Sociedad Anónima.
- ¿Lo propuso él?
- Si, algo así. Ni mamá ni yo teníamos donde vivir. Mamá estaba trabajando cuidando enfermos de noche y yo quería irme a la ciudad. Del campo donde vivíamos nos teníamos que ir en dos semanas, porque iban a vender los caballos y sembrar soja. Zucchi apareció por el campo dos días después del entierro y yo quería matarlo, por todo lo que papá me había contado, pero a la vez... No sabía que hacer. No sé como me convenció de la sociedad anónima. Solamente tenía que casarme, me dijo, casarme legalmente con esa chica que no conocía. Todo estaría supuestamente a nuestro nombre y solamente por poner mi firma en un par de documentos recibiría una cantidad de dinero mensual. Una buena cantidad. Suficiente para mí y para mi mamá.
- Una buena oferta- dijo Mendiola.
- Buenísima, para mí. Inmejorable. No la conocí a mi esposa hasta el día que nos casamos. De entrada me cayó mal; era muy nerviosa y hablaba demasiado. Después me enteré que era adicta a las anfetaminas. Engordaba dos kilos: anfetaminas. Comía una porción de lemon pie: anfetaminas. Tomaba un trago con vodka: anfetaminas. Leía un libro de Deepak Choprah: anfetaminas. Paula era muy inteligente, había sido mejor promedio en su colegio y abanderada, y todos pensaron que iba a ser médica o abogada o algo así, me contó cuando vivimos juntos, pero empezó a tomar anfetaminas para estudiar mejor y para mantenerse delgada y para salir y en un momento dado su vida eran las anfetaminas. Mientras me lo contaba buscaba las tres anfetaminas que le quedaban en el bolso. Había jurado no tomar más, pero sin anfetaminas no se sentía bien. Era una inválida. Al final, terminé encariñándome con ella. Pensé que podía, no sé, limpiarse. Poco probable, pero... Ahora todos piensan que yo la maté ¿no es gracioso? Porque discutí con ella.
- ¿Y porqué discutiste con ella?- preguntó Mendiola.
- Esa es la parte más graciosa. Por los platos.
- No entiendo nada- dijo Mendiola. - ¿Que platos?
- Bueno, pasa que para entender lo de los platos... Con Paula, aunque estábamos casados, papeles y todos, no vivíamos juntos hasta que un día Zucchi me dijo, que por las dudas, que mucho en ella no confiaba, que mejor que la controlara, y el mismo me dió la dirección de Herminia y fuimos a vivir juntos. A Paula mucho no le gustó.
- ¿Y por qué Paula había accedido a ser testaferra de Zucchi? Eso no lo entiendo.- pregunté de repente. Mendiola me miró con un poco de enojo.
- Bueno- dije, poniéndome un poco colorado- pasa que no lo entiendo. Vos, en todo caso, con lo de tu viejo... Pero ella había sido abanderada.
- Nunca se me ocurrió preguntarle. Pero si Zucchi le pedía a Paula que hiciera algo, ella lo hacía sin dudarlo.
- Ahí hay otra punta- dijo Mendiola, por lo bajo.- ¿Pero que pasó con Zucchi y la bendita sociedad anónima?
- Bueno, ya sé que esta historia se está haciendo un poco larga. Pero lo que pasó fue que hace unos cuantos meses atrás Zucchi desapareció en la zona de Misiones. Nos enteramos por los diarios. Si está muerto, si se hace el muerto, si se fugó a Thailandia o a Luxemburgo, todas son posibilidades ciertas. La cosa es que los dos quedamos atrapados en un cuarto de Berazategui, con algo de guita en efectivo, pero no mucha, en un matrimonio falso. Yo le propuse irnos cada uno por su lado pero a Paula no le gustó la idea. Nos quedamos hasta que Zucchi vuelva, me dijo. A mí no me parecía muy seguro, lo mejor hubiera sido abrirnos, pero no la contradije: ¿y si tenía razón, y Zucchi volvía y no nos encontraba? Zucchi nos mataba a los dos. Lo prudente era quedarse. Pero Paula no aguantó la espera. Encima se le ocurrió que tenía que dejar las anfetaminas. Un desastre. Las dejaba tres días y después se tomaba dos juntas. Lavaba toda mi ropa, lavaba toda su ropa, la ordenaba, la desordenaba, la volvía a ordenar. Y lo de los platos...
- ¿Que pasó con los platos?
- Habíamos comprado un juego de platos buenos, en un bazar, para hacer más creíble lo del matrimonio. ¿Qué es lo primero que se compran unos recién casados o lo primero que les regalan? Un juego de platos. No lo usábamos, obvio, estaban en la caja cerrada. No sé porque a Paula se le metió en la cabeza que cuando ella no estaba Herminia venía, me pedía los platos prestados, yo los sacaba, se los daba, ella los usaba y después yo los guardaba de nuevo. La caja de cartón está cerrada, Paula, le decía yo. ¿No la ves? Además, con todos los quilombos que teníamos ¿que mierda importaban unos platos? Una tarde Paula había salido y yo me puse a ordenar la pieza. Maldita la hora. Sin querer corrí una silla, se cayó un televisor en desuso y aplastó la caja del juego de platos. Un desastre. Pero peor fue lo de Paula, cuando volvió y se dió cuenta de lo que había pasado: me empezó a gritar que lo había hecho a propósito, para que ella no confirmara que Herminia estaba usando sus platos, que era un hijo de puta, un hijo de puta con todas las letras, que Herminia y todas las otras conchudas que vivían en esa casa también eran unas hijas de putas, y yo empecé a gritarle, a gritarle que se callara, que se calmara, que ya estábamos bastante jodidos como estábamos, que si seguía gritando se iba a ir todo al carajo y  y ella siguió  gritando y cuando ella dejó de gritar yo junté un par de remeras y vaqueros en el bolso, y me fuí. Vi la cara de Herminia y de las vecinas cuando me iba. Y estuve parando en un hotel de Morón hasta que en la televisión salió lo del c rimen y que yo era el principal sospechoso y ¿qué juez me iba a creer la historia de los platos?

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