Para la mayoría de los seres vivos, nosotros somos aliens: seres extraños, casi sin pelos, que observamos sus vidas, destruimos sus hábitats, devoramos a sus hijos y, si los consideramos plagas, los destruímos sin piedad. Solo los gatos y los perros toleran nuestra compañía y a veces, ni siquiera ellos; muchos odian secretamente que los consideremos sus hijos sustitutos, que consideremos que elevarlos a la categoría de humanos es una especie de ascenso, cuando secretamente sabemos que la verdadera felicidad de un perro es seguir siendo un perro y la verdadera felicidad de un gato es seguir siendo gato. Moliner me dijo esto el día después de que enviamos las primeras muestras bacteriológicas de Venus hacia la tierra; dos días antes de partir hacia esta estación satélital, su perra Diana había muerto de vieja. Moliner la había llorado un poco, pero más quizás porque cuando la había adoptado ella era una cachorra joven, vigorosa, negra y peleadora y Moliner compartía todos esos atributos. Enterrar a Diana significó enterrar su propia juventud.
Con Moliner hablaba más que con el resto de mis compañeros. Sasha desciende de condesas rusas y de burgueses parisinos y detesta hablar de algo que no sea química inórganica y fractales; Luthien es parco y no tiene sentido del humor; a Guadalupe el cargo de jefa del lugar le pesa como si fuera un manto; Liev y Hamptom son tan extraños que es difícil hablar con ellos. En cambio a Moliner le gusta hablar, sobre todo de Hollywood y de mitología; de Hollywood porque ha hecho treinta peregrinaciones a la Meca del cine, con una devoción que envidiaría cualquier creyente; de mitología, porque antes de decidirse por las ciencias del espacio, estudió mitos griegos, egipcios y romanos, comparación y desarrollo histórico.
Las bacterias de Venus no son diferentes a nuestras bacterias: es decir, sabemos tan poco sobre una como sobre las otras. El robot AR34 las recogió negligentemente, al levantar una muestra del suelo. Luthien las descubrió y el descubrimiento hizo que abrieramos tres latas de caviar y dos latas de frambuesas. Las enviamos a la tierra, con las muestras del suelo venusino a las que pertenecían. Después empezó lo raro: en la tierra las bacterias no murieron ni se reprodujeron, sino que mutaron. Mutaron en escamas. Escamas grandes. Lo bastante grandes para pegarse al cuerpo de los científicos que las investigaban; lo bastante grandes para cambiar su metabolismo; lo bastante grandes para hacer que esos científicos abandonaran la vida en la tierra y fuesen a vivir al océano, con algo parecido a branquias y dedos que cada vez más se parecen a patas de anfibios. Cuando lo supimos, nos asustamos un poco, pero a ninguno de nosotros les había pasado algo parecido. Si las bacterias eran demasiado resistentes o los humanos demasiado débiles, eso es un detalle que no podemos dilucidar; tres meses después del envío de las bacterias, la mayor parte de la humanidad era anfibia, y probablemente se volvería totalmente anfibia en el transcurso de seis meses más, según los cálculos más optimistas.
Ahora debemos regresar. Tenemos un poco de miedo: sabemos que nuestro destino será el agua. Moliner intenta levantarnos el ánimo haciendo chistes sobre Neptuno y sobre Afrodita, que en la mitología romana era Venus, lo que vuelve el chiste algo incómodo. En todo caso, volver a los océanos no será demasiado terrible; ser un animal terrestre es también incómodo, porque uno es vulnerable a los incendios y a los terremotos. Quizás al final terminemos morando en las fosas abisales, donde hay cordilleras montañosas, animales fluorescentes y la luz del sol nunca llega del todo.
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