Nadie chinga a la muerte, piensa Rottwailer mientras quiere dormir. La muerte lo chinga a uno. Trabajo pesado, el de él, matar sin miedo ni remordimiento: el olor a sangre se pega en el cuerpo, pero después de un baño con jabón blanco y Palmolive sale y la piel queda suavecita, sedosa, como nueva. Después reza un rosario para que los muertos no lo sigan y va a dormir a casa de su nana, que siempre está mirando reposiciones viejas de telenovelas de Verónica Castro. Las nuevas cosas nuevas no la entusiasman a su nana: ni las telenovelas nuevas, ni los teléfonos nuevos, ni las comidas nuevas -un día se le ocurrió llevarle tacos con langostinos y escupió el primer bocado, junto con la dentadura postiza. Estas generaciones hasta están jodiendo los tacos, dijo. La nana a veces hace alguna promesa a la virgen de Guadalupe para que a Crispín no le pase nada; Rottwailer entonces recuerda que su verdadero nombre es Crispín y se enfurece con su madre por darle ese nombre tan de indefenso, y los golpes que le costó que lo llamaran Rottwailer. Hasta a uno que quiso seguir diciéndole Crispín de puro matón lo liquidó con la navaja. A ese ni lo enterró. Que terminara en la morgue, como el pendejazo idiota que era. Era ceceoso el pendejazo y le gustaba hablar de bichos: hormigaz, decía, guzanoz, escarabajoz, mantiz religiosa, y todos se mataban de la risa. Ahora bien muerto estaba.
La cama de Rottwailer, su pieza y su ropero están siempre escrupulosamente limpias. Odia el barro, la tierra, el moho y las moscas. Su nana tiene un perro que apenas anda, el Chucho, medio ciego por culpa de la diabetes y la artritis, pero ella se ocupa de él y a su pieza no entra. Solo se duerme con el olor de la limpieza y del Palmolive, todo así, bien suavecito. Entonces, cuando se está por dormir, siente al bicho sobre su pierna. Lo aplasta con la manaza, y después lo mira; es un escarabajo. Dos o tres escarabajos mas salen de abajo de su cama. Luego son diez, cincuenta, ciento cincuenta; Rottwailer salta de la cama y sale de su pieza y cierra la puerta. En el comedor el Chucho no está durmiendo aletargado como siempre y la nana está quieta, tapada con la manta española; en la televisión Verónica Castro llora. Rottwailer se acerca despacio a la nana, pensando que está muerta, porque tiene los ojos abiertos, pero antes de poder cerrárselos la nana abre la boca y dice: escarabajoz, escarabajoz, escarabajoz. Le agarra la muñeca a su nieto, que no llora ni grita, sino que se queda quieto como un niño mientras ve que los escarabajos salen: de su pieza, de la cocina, de debajo de la manta española, del cuadro de la virgen de Guadalupe, del bolsillo donde guarda su navaja de mango de nácar.
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