lunes, 28 de enero de 2019
El ministerio de la verdad
No ví la serie sobre Trotsky. Leí muchas de sus críticas: todas oscilan entre la risa y el asombro por lo camp de la adaptación histórica. Mucho no me asombra, porque la mayoría de las películas históricas, desde Troya hasta Cleopatra, no se destacan precisamente por su verosimilitud: la única desventaja que parece tener la historia de Trotsky sobre aquellas, es que lo de Trotsky murió hace nada, apenas setenta años atrás y hay suficiente registros sobre su vida y su muerte como para hacer algo más académicamente riguroso. Pero el arte no es rigor y las mayoría de las obras de Shakespeare son falsificaciones sobre historias probablemente reales. Solamente se me da por pensar que es extraño que Rusia, un país donde durante años ser trotskista era la acusación más terrible que podía recibir una persona, y por la cual la pena capital era aceptada sin duda, y si eran un poco más bondadosos el exilio en Siberia, y que donde durante años aceptaron que la historia fuera reescrita en manuales escolares y poemas épicos para hacer desaparecer el nombre de Trotsky y de muchos otros protagonistas de la Revolución Rusa, haga ahora una serie donde Trotsky es aparentemente el héroe indiscutido, no solo vestido de cuero negro, sino además russian lover e increíble estratega. A Leon Davidovich Trotsky, que era un marxista convencido, un judío ateo y un ferviente estudioso de la historia del movimiento obrero, de sus causas y de sus consecuencias y le costaba mucho no opinar sobre un tema, seguramente le hubiera parecido una broma de mal gusto. A Orwell, el autor de 1984, una de las primeras distopías reales, y uno de los trotskistas más lúcidos que dió la historia de la literatura, creador del ministerio de la verdad, probablemente le hubiera parecido genialmente irónico: de tanto borrar a Trotsky de la historia de la revolución rusa cuando los rusos deciden volver a integrarlo a su historia lo convierten en un superheroe.
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