domingo, 27 de enero de 2019

El síndrome mi hijo es un genio.

El hermoso síndrome de mi hijo es un genio lo sufren casi todos los padres y las madres y empieza exactamente desde que el niño empieza a gatear. Desde ese momento todos los padres y las madres estamos convencidos no solamente de que por el hecho de gatear nuestro hijo es un genio, sino de que es indudable que lo hace mucho mejor que los otros bebés. Ni punto de comparación con ese otro bebé del vecino, que no gatea convencionalmente sino que  pone una mano atrás y otra adelante y arrastra los piecitos: nuestro hijo gatea de verdad. Después viene el incómodo asunto de la comida: nuestro hijo generalmente la escupe y no acepta la coima del avioncito, es cierto, pero cuando lo hace demuestra hacerlo mucho mejor que otros chicos. En cuanto a ensuciarse, es cierto que los pequeños renacuajos tienen un arte especial para manchar la mejor ropa que tienen con chocolate o barro, pero no barro del común sino un barro asqueroso mezclado con césped, raíces, polen y otras cosas que mejor no queremos averiguar;  como nuestro hijo es un genio lo excusamos diciendo que los grandes cocineros y los grandes escultores empezaron así y ya estamos averiguando para inscribirlo a un taller de arte y a otro de cocina por las dudas. Es por eso que el momento más triste de la vida de un padre y de una madre con el síndrome mi hijo es un genio es cuando el nene entra a la primaria y nos entregan la primera libreta: ¿como que mi hijo tiene no satisfactorio en lengua, señorita maestra? ¿No ve toda la genialidad de nuestro hijo? Aparentemente, las maestras no lo ven. No lo comprenden. Nos indican que mejor lo ayudemos a hacer la tarea y es en ese momento, ayudandolos a hacer la tarea, que nos damos cuenta de que nuestro hijo si tiene una gran dosis de genialidad porque usa toda su capacidad histriónica y negociadora en no hacer la tarea. Le agarran veinte enfermedades y crisis nerviosas por minuto, que mágicamente se le pasan si lo invitamos a mirar un rato Cartoon Network. Tenemos ganas de usar toda nuestra hipocresía y cinismo juntos y decirles con voz de adulto que cuando nosotros eramos niños íbamos a la escuela religiosamente como Sarmiento, hacíamos toda la tarea sin chistar y nunca contradecíamos a la maestra y a veces lo decimos, pero nuestro hijo nos mira con cara de no creo que sea cierto, y si es cierto te estoy perdiendo mucho respeto en este mismo instante. Entonces, como padres, nos damos por derrotados: mi hijo es un genio, es cierto, pero definitivamente no es por herencia genética.

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