- ¿Alguno de ustedes cree en fantasmas?- preguntó Croce.
No me agradaba Croce. Era italiano, nacido en Venecia pero criado en Florencia, vestía casi con descuido (ay de los poetas malditos) y tenía una cabeza bonita: un perfil casi perfecto, ojos negros, piel muy blanca. Le gustaba batirse a duelo con los maridos de las mujeres con las que se acostaba y hasta ese momento no había perdido ninguno. De todas maneras, no era esa la razón por la que no me agradaba; no me agradaba por su manera de tomar un pañuelo para limpiarse las lágrimas ante algún cuadro. Confesaba que le había pasado ante La Virgen de Leonardo da Vinci; vaya confesión, pensaba yo para mis adentros. No podía decirlo, pero tenía para mis adentros que una confesión debería ser algo más interesantes que las manías de un dilettante. Por eso cuando mencionó a los fantasmas estuve segura de que al rato murmuraría sobre Lord Byron y Bram Stoker, para luego retroceder hasta Lord Beckford y otros hombres famosos.
A Dremmont, en cambio, Croce le gustaba. Era una atracción inexplicable: Dremmont era americano, abogado, racional y había hecho gran parte de su fortuna en base a redactar testamentos. Y sin embargo, ese fuego fatuo de Croce lo atraía como la luz de un farol a una polilla. El pobre Dremmont se sabía absolutamente incapaz de escribir un poema sobre acantilados, como los que sobraban en la obra poética de nuestro amigo, y en cuanto a arte sus cuadro favoritos eran los que pintaba su madre: acuarelas y oleos de paisajes marinos, la mayoría copiados de otros paisajistas famosos. Por eso cuando Croce empezaba a hablar de estatuas hermafroditas, la santidad expresada en El Escorial y los rubíes incrustados en los crucifijos obispales, lo miraba encandilado. Por eso, creo, siguió la disgresión de Croce sobre fantasmas, vampiros, y abadías abandonadas. Yo, que había leído (en secreto, claro) a Bram Stoker y había opinado para mis adentros que sobraba sangre y faltaba miedo, lo escuchaba mientras estaba atenta a lo que pasaba en la cocina. Gretta Mary siempre quemaba la comida si no la vigilaba.
Luego comimos. Empezó a llover durante la cena, pero solo yo me di cuenta. Me di cuenta de que a Croce no le agradaba la carne de caza ni las cebollas y que Dremmont era abstemio, seguramente por elección o sino quizás obligado por su madre. Los americanos son extraños, pensé. El postre era horrible (Gretta Mary aprendió a cocinar con mi madre, que odiaba los dulces) pero de todas maneras tuvieron la amabilidad de comerse una pequeña parte. Entonces, en la sobremesa, antes del Oporto, habló Dremmont.
- No creo en fantasmas- dijo- pero si creo que el pasado se venga de nosotros con detalles.
La idea era bastante rara y más aún viniendo de una persona tan altamente carente de malicia y de imaginación como Dremmont, por lo que tanto Croce como yo lo miramos un poco asombrados. Creo que el pobre Dremmont se dió cuenta, porque se sonrojó un poco y empezó a tartamudear y a justificarse.
- Ya sé que es una idea absurda. Pero recuerdo el caso de F. F. (no diré su nombre porque sería ilegal; además, es poco probable que la conozcan) fue presentada en sociedad a los dieciséis años. Era una muchacha bonita y con buena dote: no le costó conseguir un buen partido. O lo que sus padres consideraban un buen partido: el hijo mayor de uno de los miembros más prominentes de Boston. Sin embargo, el matrimonio no fue feliz, porque había un detalle en el carácter de F. con el que sus padres, ni su marido, ni los padres de sus maridos, contaban. F. detestaba a los niños. No digo que los odiara ni que fuera cruel con ellos; simplemente los detestaba, no los quería, le molestaban. Aún así, tuvo tres hijos con su marido, que criaron institutrices alemanas, nannies francesas y preceptores italianos, como correspondía a una buena familia bostoniana. La cuestión verdadera era que cuando F. se casó ambas familias eran fortunas sólidas; pero ya se sabe, en América todo es efímero. Incluso las fortunas. No se sabe en que momento ambas familias entraron en el declive definitivo de la pobreza; pero en un momento dado F. y su marido se encontraron con la pobreza. El mayordomo, las cuatro criadas, la cocinera, la institutriz, la niñera y el preceptor se retiraron discretamente. También el marido murió, dos años después, de consunción o de vergüenza, no se sabe bien. La verdad, no sabía sobrevivir sin dinero. La pobre F. hizo lo único que podía hacer: casó a sus hijos lo más rápido que pudo y alquiló los cuartos del chalet de piedra caliza. No era mala pensionista; tenía lo mejor que tienen las americanas, sentido práctico. De todas maneras, el chalet, el único bien material concreto que tenía, estaba como todo en América, sujeto a la ley. Y el testamento de sus padres era contundente: el chalet era de ella y de sus hijos y de los hijos de sus hijos. De todas maneras, con sus hijos bien casados, y prosperando, los dos mayores en Canadá y la más pequeña en Europa, F. respiraba tranquila. Sus pensionistas eran costureras, sombrereras, violinistas y periodistas. Creo que no le desagradaba esa vida. Hasta que ocurrió lo del naufragio. En una de las islas canadienses, su hijo del medio y la mujer habían ido a visitar a unos tíos de esta; llegó un tifón o un huracán o alguno de esos inexplicables fenómenos marinos y el ferryboat que los llevaba se hundió. No hubo sobrevivientes. Los hijos, un niño y una niña, quedaron huérfanos. El hijo mayor de F. intentó adoptarlos, pero los niños se llevaron muy mal con sus propios hijos; la menor de los hermanos vivía en Budapest, donde no era el mejor lugar, según todos los parientes, para criar a dos niños de cuatro y siete años. Y el testamento de los padres de F. era muy claro: el chalet era de ella, pero también de sus hijos y de los hijos de sus hijos. Así que, según la ley, los niños debían ir a vivir con ella.
- Oh, pobre- dijo Croce- Si odiaba a los niños... Debió haber sido duro.
- Nunca ocurrió. Antes de que los niños llegaran a empacar siquiera, a su tío en Canadá le llegó la notificación de que dos cosas habían ocurrido: primero, F. había desaparecido y segundo, el chalet había sido vendido a Dragenport S.A. Era una venta completamente ilegal, pero a Dragenport S.A. esas cuestiones minimalistas nunca le importaron demasiado. Para cuando los abogados canadienses enviaron las primeras intimaciones, el chalet ya había sido desocupado, demolido y vendido a otra sociedad anónima. Uno de mis socios del buffet participó en el pleito; dice que era -textuales palabras- un desastre legal. Finalmente, los dos hijos sobrevivientes de F. lograron recuperar algunos dólares, no todos y los huérfanos terminaron haciéndose amigos de sus primos, con lo cuál el final fue casi feliz. El hijo mayor de F. siempre estuvo seguro de que a su madre la habían asesinado. La hija menor siempre estuvo seguro de que se había fugado, luego de estafar a lo que quedaba de su familia. Ambas opciones eran probables, aunque la verdad no se supo hasta veinte años más tarde, cuando se construyó el hotel Ambassador sobre el terreno del viejo chalet de piedra caliza.
- ¿Encontraron el cadáver de la pobre F.?
- No, encontraron algo peor, mucho peor.- En ese momento Dremmont sonrió. Su sonrisa era blanca, como la de casi todos los americanos. Algo que siempre me ha impresionado de ellos; la blancura de su sonrisa. Se dice que usan cal de Creta y orín de caballo para blanquarse los dientes; supongo que son leyendas.- Encontraron alambiques. Y dinero enterrado. Mucho dinero. F., además de alquilar cuartos y cocinar para sus inquilinos, fabricaba alcohol de maíz en el sótano del chalet y hacía que los niños alemanes e irlandeses de Boston lo distribuyeran. ¨Pero eso, se sabe, no es trabajo en realidad para una dama, y F. a pesar de su practicidad americana, era en el fondo una dama del viejo estilo. Y recuerden, destestaba a los niños. A sus hijos ese detestar les terminó siendo indiferente, pero los niños irlandeses y alemanes que trabajaban para ella olieron ese sentimiento; estaban acostumbrados a olerlo. Alguno de ellos la mató y varios de ellos se encargaron de tirarla en algún pozo ciego, apostaría mi cabeza a ello, y luego alguno de sus inquilinos, algún violinista o alguna sombrerera habilidoso con la caligrafía y los términos legales fragúo la venta del chalet. Así que ya entenderán lo que dije al principio: a veces el pasado se venga de nosotros en pequeños detalles.
- Detalles- dijo Croce.-Es una historia extraña. ¿Es cierta?
- Si van a América- nos dijo Dremmont, sirviéndose otra copa de Oporto- oirán historias aún más extrañas.
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