Anoche soñé con pichones de gorrión que morían. Atribuí la pesadilla a una serie alemana y a la ingesta fuera de horario de vino tardío. Cuando desperté esta mañana, casi había olvidado el sueño, pero en mi celular había tres mensajes de mamá.
- Tu hermanita está presa- me dijo cuando la llamé.- Parece que algo tuvo que ver con la muerte de un hombre.
Xiomara ha sido un problema desde los siete años para mamá. Muchas veces le dijimos Marta y yo que debía hacer algo con ella, porque era una nena hermosa, pero taimada y caprichosa. La verdad era que mamá no podía con todo: con la muerte de mi viejo había quedado a cargo de la casa, de nosotros tres, del abuelo internado en el geriátrico y de paso de la tía Carmen, que cosía para afuera pero a la que no le gustaba salir ni a comprar a los chinos. Marta y yo éramos casi adultos y entendíamos que debíamos crecer de a poco, pero Xiomara era un problema: le robaba los vueltos a mamá cuando la mandaba a hacer las compras, hurtaba los vestidos de quince que tía tenía listos para entregar para probárselos, rompía los maquillajes de Avon que Marta vendía y a mí me hizo regalar a Poncho, mi perro de siete años, diciéndole a mamá que el perro había intentado morderla. Yo sabía que era mentira, Poncho era el perro más gordo y tranquilo del mundo, pero mamá no soportaba ver llorar a Xiomara, así que tuve que hablar con un amigo de Pilar para que se lo llevara a su quinta. Iba a visitarlo todos los fines de semana y la alegría de Poncho cuando llegaba y su tristeza cuando me iba me hizo decidirme a alquilar un departamento en zona oeste, para irme a vivir con él y lejos de Xiomara. Marta también se fué a Buenos Aires, con la excusa de un trabajo de moza; la verdad era que también quería alejarse de mamá y de Xiomara.
Xiomara fue creciendo y también mamá cansándose de ella. La porfiadez de tía Carmen de pagarle el colegio de las Inmaculadas, donde todas o casi todas sus mejores amigas eran hijas de gente que ganaba en tres días lo que en casa se gastaba en comida en un mes, no la ayudó demasiado. Casi todos los almuerzos domingueros giraban en torno al reproche de Xiomara hacia mamá y tía Carmen: la ropa barata comprada en la calle San Luis, el celular con la pantalla rota y casi siempre sin crédito, los libros de la escuela fotocopiados en lugar de originales como lo exigían las reglas de su escuela, la poca plata para las salidas a las discos. Pero creo que el que peor estuve fui yo, una sobremesa donde harto de escucharla con acidez en el estómago le grité:
- Bueno, conseguite la plata vos si tanto te interesa la ropa cara y los libros nuevos.
Xiomara me miró furiosa, pero no lloró ni se refugió en su pieza, como pensaba que haría. Simplemente me dijo:
- Siempre el mismo idiota.
Mamá nos miró a los dos.
- Son hermanos. Dejen de pelearse.
Desde esa tarde, yo dejé de pelear con Xiomara y Xiomara conmigo. Casi no nos veníamos: cuando yo iba a almorzar, ella se escondía en su pieza y esperaba a que me estuviera por ir para saludarme, desde lejos. Mamá mucho no me hablaba de ella, pero tía Carmen decía que se estaba portando mejor. Inclusive había conseguido un trabajo en una tienda del barrio, aunque casi todo lo que ganaba se lo gastaba en ropa. La ropa que yo hago, decía la tía, es mucho más linda que la que ella compra. Yo desconfiaba y creo que mamá también: ambos conocíamos a Xiomara y sabíamos que la docilidad no era una de sus virtudes.
Dos años después, cuando ya tenía diecisiete años, dejó de trabajar en la tienda. Pero no dejó de usar ropa cara. Según ella, trabajaba en un negocio del centro, pero su ubicación era imprecisa y su trabajo exacto también: cajera a veces, repositora a veces. Mamá no quería preguntar mucho y tampoco quería saber: tía Carmen estaba perdiendo la vista, y no podía hacer más trabajos de costura y el abuelo estaba muriéndose definitivamente. Con las dos cosas tenía bastante. Yo tampoco me preocupé y ahora pienso que hice mal en no preocuparme, pero quién puede entre el trabajo y el pago del alquiler y comprar la comida en el super y esas cosas que pasan todos los días.
Después del llamado de mamá y de un café fuerte y sin azúcar, fui a nuestra casa. La encontré a mamá sentada en el comedor, mirando la nada, con los ojos resecos, abiertos.
- Tendría que haberme dado cuenta hace dos semanas atrás, con lo del celular. Era un celular bueno, carísimo. Pero me dijo que lo había comprado en cuotas y le creí- me dijo.- Ni siquiera tengo plata para un buen abogado.
- ¿Pero que hizo?
- Parece que marcaba casas. Se enganchaba con hombres de plata, que vivían solos y marcaba sus casas para que su novio y los amigos de su novio las robaran. Uno de ellos se dió cuenta y le dijo que iba a denunciarla a la policía. Le contó a su novio, entraron a la casa del tipo y lo mataron. Bah, el lo mató, pero lo de Xiomara según me dijo la defensora de oficio es muy complicado. Tiene para quince, veinte años adentro, según parece.
En ese momento entró Marta. Traía una bolsa del supermercado llena y unas ojeras que me hicieron darme cuenta de que hacía más de un día que no dormía. Ella también se sentó a la mesa de la cocina, al lado de mamá.
- Lo peor de todo es que yo sabía. Sabía que me estaba mintiendo. Ropa nueva todos los meses y carísima. Un celular nuevo cada medio año. Y cuando hablaba del trabajo...
Marta intentó abrazarla, pero mamá retrocedió como si fuera un alacrán.
- Todavía no le conté nada a tía Carmen. No sé si le voy a contar. Está ciega, pobre, bastante conque cocina y me plancha la ropa. A veces hasta barre. Le voy a decir que se fue.
Marta empezó a sacar las cosas de la bolsa del super. Sacó galletitas Lincoln y galletitas Vocación y dos yogures.
- Ahora tengo que ir a la cárcel. Le voy a llevar esto. No sé que decirle. Mi hija mata a un hombre y no sé que decirle. Anoche soñé que estaba muerta, que la habían matado en la cárcel y cuando me desperté me puse a llorar porque no era cierto. Soy la madre, no puedo desear la muerte de mi hija. Pero ¿cómo hizo eso? Era una nena tan linda. Tengo las fotos del bautismo, del cumpleaños de tres, del cumpleaños de quince. Miro las fotos y no entiendo. Ustedes tampoco entienden. No quiero que vuelvan a abrazarme. Cuando Xiomara salga de la cárcel, si sale, va a ser una mujer casi vieja. Y eso si sale, si no la matan adentro, si... Quince, veinte años. Recién tiene dieciocho. Me acuerdo cuando íbamos en tren a Tucuman a buscar al abuelo y me preguntaba como se llamaban las cosas y yo le decía las vías, los durmientes, las estaciones, los alfajores. Ahora por quince, veinte años voy a tener que aprender yo los nombres de las cárceles donde va a estar, los nombres de las comidas que le gusta, los nombres de la ropa que tengo que llevarle. Ya me dijo del shampoo, del acondicionador, de los peines. Tiene solamente dieciocho, mató a un hombre y piensa en el shampoo. Pobre Xiomara. Está tan perdida que me pidió también un esmalte de uñas. Rosa fucsia. Mañana o pasado voy a ir a algún negocio del barrio a comprárselo. Que se le va a hacer.
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