lunes, 21 de enero de 2019

Primera sangre. 8° parte

La noche en que Walter Zucchi volvió a la vida de su padre Valentín Bengoechea la recordaría siempre, porque estaban comiendo un guiso carrero que su madre había cocinado - hacía tiempo que en su casa la cena era puchero con fideos, guiso carrero, arroz con pollo y milanesas de hígado con puré de papas como gran lujo- y afuera refucilaba, pero sin lluvia y casi sin viento. Un perro -no era nuestro, era de un vecino, acotó Bengoechea, pero a veces venía con nosotros- le ladró a unas luces. La luz mala, dijo su padre queriendo hacerse el gracioso, pero en realidad sabía que era un auto y se sorprendió cuando el auto se acercó a la casa, y se puso pálido, más pálido que la muerte, cuando Walter Zucchi bajó de ese auto. Seguía siendo delgado y ahora vestía bien; si alguien se lo cruzaba por la calle, con esa ropa y ese reloj, hubiese pensado que era un hombre que siempre había tenido dinero.
- Hola, Julián- dijo Walter Zucchi. - Vengo por la deuda.
El padre de Benjamín tragó saliva. En ese momento, dijo Bengoechea, me di cuenta lo viejo que era; ví sus canas, sus arrugas, sus ojeras, las venas y los callos en las manos. Me dí cuenta de algo terrible, de algo que casi ningún hijo se da cuenta nunca; de que la vida de nuestros padres es anterior a la nuestra, de que las vidas que vivieron antes de engendrarnos, antes de criarnos, es casi siempre otra vida, y que mi padre quizás había renunciado a esa vida, pero que esa vida no había renunciado a él.
Se había creído a salvo allí; pero no era cierto. El pasado lo había vencido y el aceptó que lo venciera. Eso es lo que me resulta más triste de esta historia. Más quizás que lo mío.
- Pero no entiendo nada- dije de pronto. Sé que mi intromisión sonaba rara, y Mendiola me lo hizo saber con una mirada- ¿cuál era la deuda? ¿De juego?
Valentín Bengoechea sonrió.
- Ojalá. Mi papá en Mar del Plata, antes de tenerme, había matado a una vieja. Walter Zucchi lo ayudó a enterrarla. Papá le debía guita a la vieja, mucha guita; la vieja manejaba una timba y él había jugado fuerte. A veces algo le pagaba, pero con lo que mi papá jugaba, la deuda crecía siempre. Decidió matarla, pero no era bueno con la pala. Quiero decir, no sabía hacer un pozo ni tenía estómago para descuartizar un cadáver. Zucchi lo hizo por él. Nunca hablaron de eso, y papá creyó que todo estaba enterrado, hasta que Walter volvió, con su auto cero kilómetro y su saco importado.
El ahora había matado una persona y venía a cobrarse la deuda. La muerta era una mujer: Cesaria Verdaguer.
- Me acuerdo del caso- dijo Mendiola- Nunca la encontraron. Tampoco investigaron mucho: en cuanto empezaron a rascar, saltó que Cesaria Verdaguer era la dueña de tres prostíbulos de la costa. Ajuste de cuentas, pensaron todos.
- Si, fue un ajuste de cuentas. Con Zucchi no se jodía. Zucchi había usado su buena suerte en el juego para ser lo más parecido a lo que el se imaginaba que era una persona importante. Había logrado ser un empresario medianamente exitoso en la zona de Mar del Plata; hasta proyectaba casarse. Pero la debilidad de Zucchi era la violencia; en el fondo, nunca dejó de ser el joven delgado y bajo que molía a golpes a sus contrincantes de dos metros. Como se dió cuenta la mina esa de que por ese lado me iba a agarrar, le dijo Zucchi a mi viejo mientras fumaba un Benson, no sé. La cuestión es que un día me llama a su departamento y me muestra una filmación donde yo estoy moliendo a palos a un diariero. Y otra donde estoy pateando a Chimbote, un perejil que siempre anda cerca de sus boliches. Me dice que si no le doy mil dólares todos los meses, eso se viraliza. Pelotuda, pensé, no sabés en la que te metiste. Salí lo más tranquilo del departamento; dos días después, esperé que ella saliera a correr, la encerré con el auto y le dije que subiera. Cerca de un basurero la maté a trompadas; pelotuda, no sabía con quién se estaba metiendo. Tengo el cuerpo en el baúl.
Bengoechea pidió un café.
- Todo esto lo hablaron Zucchi y mi viejo en el galpón, lejos de mi mamá, que miraba con desconfianza mientras tomaba mates y de mí, que estaba jugando al Super Mario Bros. Todo esto me lo contó mi viejo tres años después, cuando le agarró leucemia y agonizaba en el hospital zonal. Zucchi vino esa noche para pedirle a mi viejo que hiciera por él lo que él había hecho hacía tantos años atrás; cavar un foso, descuartizar un cadaver, enterrarlo. Después se fué, pero mi papá no fué el mismo desde ese día. Se desmoronó. Se fue muriendo de a poco. La leucemia fue el golpe final, pero estaba muerto desde antes.

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