lunes, 28 de enero de 2019

Primera sangre. 10° parte

Cuando Bengoechea se fue, Mendiola y yo nos quedamos un rato en su oficina. Mendiola se puso a hacer anotaciones raras en un cuaderno, más raras todavía porque la letra de Mendiola era una especie de araña espástica.
- ¿Vos le creés?- me preguntó de repente.
Juro que me agarró de sorpresa, sino por ahí hubiera respondido otra cosa.
- Sí.
- Es raro pero yo también. Andá a tu casa, pibe. Y gracias por bancarme los trapos, porque yo no sabía con que persona me iba a encontrar. Uno nunca sabe esas cosas. Lo que sí, de todo lo que oíste acá, ni una palabra a nadie.
Pero las promesas se las lleva el viento. Ni a mis viejos ni a mis hermanas les conté nada, pero al otro día me junté con el Brune a tomar una cervecita, que terminaron siendo tres, y la historia de Valentín Bengoechea, de Zucchi y de su presunta inocencia terminó copando el encuentro. Cuando me di cuenta de que me había mandado una macana grande como una casa -me podían echar del trabajo por eso- lo miré al Brune y le dije que por favor se olvidara de todo lo que le había contado, porque si no volvía a ser un ex futbolista desocupado.
- Mis labios están sellados- dijo el Brune con su mejor cara seria.
- Te lo estoy diciendo de verdad, pelotudo.
- Y yo también te lo estoy diciendo de verdad, pelotudo. ¿Te pensás que porque soy futbolista y tengo mejores gemelos que vos y muchísimo más arrastre con las minas, no sé guardar un secreto?
- Mucho más arrastre que yo... Anda, Brune.
- Ah, no, pipino. ¿A la morocha de la disco de Villa Gesell, hace exactamente dos años y medio atrás, quién se la ganó?
- Porque yo me hice a un lado como un buen amigo.
- Porque no te dio bola. Que buen amigo, ni buen amigo...
- Por eso nada más te merecés que la próxima mina que fiches yo te la saque.
- Me estás matando- el Brune se rió- Vos sacarme una mina.
- No solo la próxima que fiches. Te digo que si algún día te casás, o sea si algún día conseguís una mujer lo suficientemente estúpida para querer casarse con semejante mamotreto, hasta el día de tu muerte vas a dudar si yo no me acosté con ella antes, durante y probablemente después del matrimonio.
- No, pará que me va a dar un ataque de hipo.
- Y más todavía: el día que tengas hijos, morirás con la duda de si yo soy o no soy el verdadero padre. Vas a mirar al bebé en la cuna y vas a decir: oia, ¿esos no son los ojos de Trados? ¿La nariz de Trados? ¿La capacidad futbolística de Trados?
- Che, con amigos así, me conviene hacerme puto.
- Yo lo sospeché siempre de vos, Brune, pero no quería decírtelo.
- Si, por ahí no me conviene hacerme puto, sino cambiar de amigos. Pedí un café para mí, Trados, mientras voy al baño, pasado mañana vuelvo al entrenamiento y esta cerveza es la última que tomo en un largo tiempo. No sabés que suerte que tenés.
Yo la verdad extrañaba todavía un poco los buenos tiempos de entrenamiento casi espartano a los que nos sometían la nutricionista y el entrenador físico de nuestro equipo de fútbol, pero no se lo dije porque eso sería reflotar la culpa en el Brune por haberme lesionado y a esa altura de la cerveza y de la noche la cosa podía terminar en llantos mutuos e incómodos. Cuando el Brune volvió el café estaba servido y el Brune, con la cabeza ya despejada, me dijo:
- Bueno, yo te prometo no contarle nada a nadie, pero vos prometeme que me vas a seguir contando del caso. La verdad es que me aburro con el tema del entrenamiento y las prácticas y la verdad, Trados, tu vida se está volviendo más interesante que la mía.
- ¿Te das cuenta, Brune? Vos podés conseguirte todas las morochas de Villa Gesell que quieras, pero si una chica algún día quiere saber algo sobre el crimen de Berazategui, ¿a quién va a recurrir? A mí.
- Estoy temblando, Trados- me dijo el Brune. - Che, me tengo que ir a dormir.

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