jueves, 10 de enero de 2019
Normandía
Aunque quería estudiar teología, estudio definitivamente raro para una adolescente nacida en Zimbawe y criada en la Bretaña francesa, se decidió por ser guía turística. Le gustaba hablar con la gente; gente que había nacido en lugares tan remotos como San Pablo, Delaware, Kiev y venía a su ciudad de adopción a conocer la brumosa costa de Francia. Un día le tocó un contingente de franciscanos piamonteses; solo un par de ellos hablaba bien el inglés, y el más viejo de todos, un hombre bajo y muy delgado, con cara de elfo o de gnomo, parecía casi sordo. Hacían entre ellos bromas que no entendía, sobre todo de fútbol. Francia fue el último campeón mundial, les dijo. Ellos asintieron, sonriendo. Para sus padres, Francia era el extranjero; para ella, era su extraña patria adoptiva y se sentía muy francesa cuando comía croissants o estudiaba acerca de las costumbres celtas. ¿Alguna vez salieron de Piamonte? les preguntó. Casi nunca salimos, ahora, le contesto uno de ellos. Nos gustan las montañas. Ella asintió. Dicen que antes se podía llegar desde el norte de Italia hasta Barcelona andando de arbol en arbol. Oh, sí, dijo el mas viejo de ellos, el de cara de elfo; las viejas historias. En los bosques europeos moraban uros y lobos y gatos monteses y nosotros cultivábamos lavanda. Ahora en los bosques europeos moran príncipes, banqueros y futbolistas y seguimos cultivando lavanda. Mi padre estuvo aquí, sabes. En Normandía. En la Segunda Guerra. Cuando me contó de la bruma, no quería creer en ella. Pero la bruma existe, porque estoy viéndola. Es tan espesa como en los relatos de mi padre. Mi padre me dijo que no podía creer que detrás de toda aquella bruma estuviera esperándolo un país, Gran Bretaña. Se imaginaba que era un mito, como las brujas o los duendes del vino. Y entonces desembarcó junto con los otros y se comió su primera ración de caldo espeso, que estaba horrible de grasa pero que le supo a gloria. Quise venir a Normandía antes de morirme; a ver la bruma. Todo esto lo dijo en un dialecto extraño, pero uno de los que sabía hablar inglés se lo tradujo y ella entendió. Mi madre, le contestó, me habla de Zimbawe con tanta nostalgia que es a veces insoportable escucharla. No hay nada peor, le dijo el hombre con cara de elfo, aunque sonriendo, que perder la patria.
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