viernes, 11 de enero de 2019

La persona Uvasal

Ante un asado familiar o salida a un tenedor libre existen tres tipos de personas: los que se comen todo, los que están a dieta y la persona Uvasal. Una persona Uvasal es imprescindible en una comilona: después de la picadita con queso ahumado y salamín, el asado con mollejas, chinchulines y chorizos (sin contar la falda y el vacío), el vino, la Coca Cola, la ensalada rusa, la ensalada de zanahoria rallada y huevo, la ensalada de tomate, lechuga y tomate y la ensalada de papa con perejil, la tarta tatín de manzanas con bocha de helado y  la sidra, la mayoría de los comensales quedan tirados sobre la mesa con la impresión de que después de ese día se van a dedicar a la comida ayurvédica o al ayuno sabático. El grado de depresión después de comer mucho es solamente comparable al grado de depresión de los fans de Lost después del último capítulo: ahí es cuando aparece la persona Uvasal. La persona Uvasal lleva siempre dos o tres uvasal en su bolso, y siempre después del postre hace la invariable pregunta: ¿alguien quiere un Uvasal? No, no, dicen todos, pero después a algunos nos agarra la remembranza de otros almuerzos donde el Uvasal burbujeaba y resplandecía y ahora además viene con gusto a naranja, así que más de dos o tres terminamos agarrando viaje y tomamos esa mezcla extraña que parece salida de una alquimia. Si realmente el Uvasal es digestivo o es un placebo creado por la industria farmacéutica es uno de los misterios del universo: pero la verdad es que después de tomarse un Uvasal uno queda en paz con su conciencia, como si nos hubiéramos confesado. Por eso, siempre que uno sabe que hay probabilidades de comer mucho, pero mucho mucho, es imprescindible invitar a la persona Uvasal; en su defecto, algún cebador de mates con yuyos raros, aunque, claro, esta última opción es siempre más riesgosa.

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