Fue un parto complicado. Tuvo que venir el médico del pueblo cercano, del que todos desconfiaban. Hubo muchas palanganas con sangre, muchos ayes de ambas abuelas y Samuel se encerró en su cuarto mientras leía el periódico, o hacía como que lo leía. A las cuatro o cinco horas el médico le tocó el hombro.
- Es una niña delicada- le dijo. - No sé si sobrevivirá.
Samuel estuvo a punto de echarse a llorar. No lo hizo porque su madre lo estaba mirando a través de la puerta.
- ¿Puedo ponerle nombre?- le preguntó.
- Quizás sea lo mejor. Por si pasa algo- fue la respuesta del médico.
- Entonces le pondré Judith.- dijo Samuel.
- ¿No quieres llamarla Hannah, como la madre?
- Se llama Judith- aseguró Samuel, como si ese nombre fuera un talismán que salvaría a la niña de la muerte. Su suegra se la acercó; tenía el rostro azulado, pequeño, más bien feo y parecía que no respiraba. "Quizás se muera ahora" pensó él "y no tendré casi ningún recuerdo de ella salvo este".
Pero la niña sobrevivió, nunca nadie entendió bien como. El médico volvió a las dos semanas y se asombró que inclusive hubiera ganado algunos gramos. Hannah estaba ojerosa, pero feliz cuando él le dijo que el corazón latía bien y los pulmones sonaban limpios. A Samuel, pasado el primer miedo, ser padre le produjo una impresión de tristeza que no pudo remediar. Era alguien ajeno, un ser extraño con el que apenas podía conectarse, que no respondía a sus pensamientos.
Una noche, cuando ambos se habían acostado y la niña estaba durmiendo, Hannah se lo dijo.
- No quieres a tu hija.
Sonó como un mazazo. Era una afirmación tan contundente que estuvo a punto de negarla, pero no tuvo fuerzas para hacerlo.
- Llora como un cordero lechal- fue su débil respuesta.
- Tampoco me amas a mí- siguió diciendo Hannah.- Te casaste conmigo porque nuestros padres pensaron que era lo mejor para nosotros.
- ¿Y tú por qué te casaste?- respondió el, intentando desafiar su lógica.
- Tampoco por amor y lo sabes bien, pero las mujeres no decidimos esas cosas- fue su respuesta.- Hubiera preferido que me rechazaras. Pero fuiste un cobarde.
- Tú también lo fuiste.
- No tenía un enamorado. Lo tuve. Pero luego lo olvidé.
- Tendríamos que irnos- dijo él y vió entonces una luz de esperanza.
- ¿Irnos a donde?- preguntó ella.
- A la ciudad.
Hannah se levantó, abrió la ventana y miró la noche. Fue en ese momento cuando Samuel advirtió que era la muchacha más hermosa del pueblo y se preguntó quién sería el hombre del cuál se habría enamorado. Se preguntó si se habrían dado besos furtivos o algo más, si algún día encontraría cartas escritas dirigidas con pasión a su mujer.
- Vamos- dijo ella, entonces, sin darse vuelta. Se quedó un rato en la ventana y luego volvió a acostarse.
- ¿Quién fue tu enamorado?- le preguntó él entonces.
- Mi primo.- dijo ella- El que murió hace dos años, ahogado en el arroyo.
- ¿Y lo olvidaste realmente?
- Tu no entiendes- dijo ella y su voz sonó tan queda que parecía de agua- Lo olvidé mucho antes de que el muriera.
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