a Emmanuelle Càrrere
La verdad es que tengo cara de árabe. No lo soy; mi madre es chicana de Texas y mi padre nació en Nueva Orleáns. Cuando cumplí cinco años mi madre se separó de mi padre y nos vivimos a vivir a Queens. Ella trabajó durante años de mesera en un bar, hasta que consiguió un trabajo más acorde a nuestro horarios como manicura en Hong Kai Palace. Yo empecé a leer en español desde pequeño; a los dieciséis años ya había leído a García Marquez, a Rulfo y a Borges y también me había sumergido en las aguas más desconocidas de Lezama Lima, Silvina Ocampo y Donoso. Mi destino prefijado hubiera sido ser profesor de letras en alguna highschool; preferí abrir una tienda de libros viejos en el barrio. Nunca me gustaron los adolescentes ni levantarme temprano.
La historia de los sicarios empezó una mañana en la cual mi empleada empezó a hablarme de sus hermanos. Mis tres hermanos mayores eran sicarios y murieron hace un tiempo, me dijo, mientras hacíamos la contabilidad. Mi empleada era muy hermosa; pelo largo y renegrido, muy buenas tetas, ojos de bambi. La contraté porque los clientes de mi librería, que cuando estaba yo solo muchas veces no compraban nada, con ella se llevaban hasta las enciclopedias. Murieron hace un tiempo, repitió mi empleada, y luego mi padre se partió la madre con el revolver.
A los dos hermanos mayores apenas si los recordaba; solo un vago olor a pólvora y a alcohol, y muchas lisuras dichas sin maldad. El menor de los tres fue a la escuela conmigo; era tanto más inteligente que yo. Mi padre tenía algunas esperanzas con él. Leía los libros que tu lees, o casi los mismos. Yo nunca entendí nada de libros. Pero fue creciendo y un día vinieron mis hermanos mayores y se fue con ellos de parranda y también se volvió sicario. Un golpe para mi papacito, ya lo creo que sí, pobre hombre.
¿Cómo murieron? le pregunté yo.
Los dos mayores murieron en la cárcel, respondió ella.
Sí, pero ¿cómo?
En la cárcel. No murieron bien.
¿Y el menor?
El menor murió en Panamá. Un señor de la policía se presentó un día en la puerta de mi casa y le dijo que mi hermano había muerto en una balacera, tratando de robar una tienda o algo así. Mi padre se dió vuelta, se metió en su cuarto y se pegó un tiro.
No dijo más. Cuando salimos de la librería, creo que llovía y olía a moho y a árboles quemados.
Un día encontré el pasaporte de mi empleada sobre el mostrador. Había viajado mucho: Bogotá, Brasil, Argentina, Guatemala, México y luego el hermano grande, los Estados Unidos. ¿De que había trabajado antes de ser empleada en una librería, me preguntaba a veces? Todas las personas tienen un pasado, pensé, pero el pasado de la mayoría de mis amigos y amigas y conocidos era transparente y no turbio. Lo único que sabía de mi empleada, en realidad, era que no le gustaban el alcohol ni la carne roja. El resto era un secreto o una mentira o una verdad a medias, que es tanto peor que una mentira, sobre todo para un lector encarnizado como yo.
En Queens se publicaba un semanario de literatura chicana; era bastante malo, sobre todo los poemas, que eran imitaciones baratas de Octavio Paz o de Nicanor Parra. Los cuentos eran un poco mejores, pero generalmente fallaban en el remate o se les notaba mucho la estructura armada. Lo mejor de todo eran las crónicas de la frontera Colombia-Venenzuela, firmadas por un tal "El telegrafista". Ninguno de los editores del semanario tenían idea de quién era y eso hacía que todos conjeturaramos versiones increíbles: un famoso escritor colombiano o venenzolano que no quería exponer su nombre; el ghost whriter de un escritor famoso (en ese caso no hacía falta que fuera colombiano ni venenzolano); un Robert Fisk aún no descubierto, y al que hacía falta pulir. La última posibilidad excitaba a los editores, y a mí también un poco, debo decirlo.
Una tarde de mucho frío, en la cual la posibilidad de un cliente era remota, ví a mi empleada sentada en un taburete, algo aburrida. Porque pensé que la distraería y también porque ella era colombiana, comencé a leerle un relato de "El telegrafista" acerca de un guerrillero colombiano del que sus compañeros se burlaban porque no sabía como se hacía una fogata.
- Encender un fuego- me dijo ella.
- No entiendo.
- El cuento de Jack London. El hombre que no puede encender un fuego y muere de frío en Alaska o algo así.
Era cierto. Todos nosotros habíamos leído la crónica, pero la similitud nos había pasado de largo.
- Léemelo de vuelta- dijo mi empleada.
Yo obedecí.
Esa mañana me levanté más tarde que de costumbre. El día era precioso, incluso en Queens y podía verse el cielo azul y diáfano entre los edificios. Me fastidió que mi empleada no llegara; a diferencia de mí, ella era siempre puntual. Pero no apareció.
Pude acomodar un par de libros y comerme un sandwich de pastrami y entonces oí las sirenas. Eran muchas. Salí a la calle.
- ¿Que ha ocurrido?- le pregunté a Sam, el dueño del bar de la esquina.
- Parece que un avión se ha estrellado contra una de las Twin Towers. - me respondió.
- Oh, Dios- dije yo.
Un rato más tarde otro avión se estrelló contra la otra torre y después las dos torres se derrumbaron y después todo fue caos y ceniza y polvo por un buen tiempo. Algunos tuvieron suerte: mi madre, que decidió no ir a las grandes tiendas ese día, y el hijo de Sam, Mikah, que estaba a dos cuadras de allí cuando el último edificio se derrumbaba. Otros no tuvieron tanta: Carlos, uno de los editores del semanario chicano desoyó los consejos de los que lo rodeaban e intentó salvar a alguien que dentro del edificio pedía auxilio. Publicamos una necrológica unos días más tarde, en un tono tan almibarado que al pobre le hubiera dado risa. No mucho más pudimos hacer.
Mi empleada nunca regresó.
Dos o tres semanas después ellos entraron en mi librería. Miraron con curiosidad cada anaquel y cada libro, incluso aquellos que eran tan difíciles de vender que hasta yo los había olvidado.
- Queremos hablar sobre su empleada.
- ¿Qué hay con ella?- les pregunté yo.
- Desapareció, nos han contado los vecinos.
- Es cierto- les dije yo- Pero los últimos días han sido un caos y he ido a la morgue y a los hospitales, pero es difícil identificar a alguien. Y hay gente aún bajo los escombros.
- ¿Tiene algún documento de ella?
Saqué su pasaporte. Estaba en el último cajón de mi escritorio, abajo de las revistas pornográficas.
El mayor de ellos lo miró con cuidado.
- Este pasaporte es falso- me dijo.
- No lo sabía- les dije yo.
- Va a tener que acompañarnos- me dijo.
Me llevaron a sus oficinas. Les hablé acerca de todo: de mi madre, de la librería, de García Marquez y de Silvina Ocampo, de los hermanos sicarios y muertos de mi empleada, del padre suicida, inclusive del editor heroico que había muerto en el 9-11.
- Pueden chequearlo todo- les dije de pronto.- Pueden contactar con Colombia y averiguar si la historia es cierta o no.
- El pasaporte de su empleada es falso- me dijo el más viejo.- En cuanto a la historia ¿sabe usted algo acerca de Colombia? Es la historia de miles de mujeres colombianas. De todas maneras, nosotros estamos buscando gente de origen árabe, y dudo mucho que una mujer afgana o iraní pueda camuflarse a tal punto de saber el verdadero significado de la palabra lisura. Puede irse.
Contraté una nueva empleada. Esta también era muy bonita y además entendía de literatura, con lo cual los clientes se llevaban libros de Lord Dunsany o de Machen. Era además meticulosa; un día me dijo, con cierto escándalo, que faltaba un libro.
- ¿Qué libro?
- Un volumen de la edición completa de Jack London- me respondió.
Tuve que bajarle el precio a la colección mutilada. Tres semanas más tarde, Laura, la editora sobreviviente del semanario chicano, me trajo la nueva revista. Había, como siempre, un artículo de "El telegrafista" acerca de los festejos navideños en la espesura de la selva colombiana. Hay algo distinto en esta historia, me dijo, hay otra voz narrando. Las mujeres están impidiendo que los niños se partan la madre mientras esperan los regalos, decía la oración y entonces sonreí y seguí leyendo.
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