martes, 29 de abril de 2014

Los amores aéreos. 4º parte.

Le costó dormirse a Adrián esa noche y más aún le costó despertarse. Cuando se despertó, la casa estaba vacía o eso le pareció a él. Abrió la heladera, sacó jugo de naranja y se tomó dos tragos. De afuera le llegó un rumor de agua. Enseguida apareció Danáe.
- Estabas afuera- le dijo él.
Ella lo miró. Se parecía un poco a Facundo en la mirada y en el porte.
- Yo necesito estar afuera.- le respondió ella- Igual que Perséfone.
- Ella lee el Progreso del Peregrino- marcó él, intentando sonreir.
- Sí ¿y que hay?
- Nadie lee ese libro- fue la confusa respuesta de Adrián.- Lo leían en Mujercitas, hace más de ciento cincuenta años. Es un libro de otra época. ¿Son religiosas ustedes?
- No- dijo Danáe. - Por lo menos yo no. Sí, quizás, Perséfone. Aunque a veces no cree en Dios.
- ¿Qué clase de religiosa no cree en Dios?
- Las que no creen en su creador.
No bebió del vaso de Daniel, aunque lo miró atentamente.
- ¿Por qué pensás que te llamó Facundo?- dijo de pronto.
- Porque soy su amigo.
- Facundo hace rato que no tiene amigos.- dijo ella- Ismael no es su amigo;  es su amante. Martín es algo así como su cuñado. Facundo se deshizo de Francesca, en algún modo, porque estaba muy cerca de él. Tené cuidado con él; es de la clase de araña que pican antes de escaparse. Para él todos son objetos de estudio, de observación; esta casa es un laboratorio- y cuando dijo eso, a Adrián le pareció que él estaba solo, bajo la lente de un microscopio y que Danae no estaba allí.
- ¿Entonces que hacés aquí? Si Facundo es tan peligroso, digo, podrían marcharse ambas.
Fue entonces cuando Danáe sonrió.
- Lo hemos considerado. La cosa es que no tenemos donde ir.
- ¿Parientes? ¿Amigos?
Ella sacudió la cabeza.
- Ninguna de las dos.
Era raro, porque aunque confesara eso a Adrián no la vió desprotegida. Parecía casi contenta. Una chica joven, pensó él, y muy hermosa, generalmente quiere conocer el mundo, divertirse, mezclarse, encajar. ¿Por qué no invitarla a fugarse con él? pensó, de pronto. Por un momento imaginó a Danáe en su casa, entrando sigilosamente por su puerta, abriendo su heladera y no supo porque la imagen se deshizo enseguida de su mente como un insecto quemándose.
- Ahí viene Perséfone.- dijo entonces Danáe.- Martin ha conseguido acercarse a ella anoche.
Y era cierto, porque la mano de Martín, de dedos cortos y vellos rubios en los nudillos, una mano de marinero del siglo XIX, acariciaba suavemente el hombro de la hermana de Danáe, como si estuviera marcando un territorio, una posesión perdida.
- Que tal- dijo Martín, en voz baja. Detrás de esa voz parecía esconderse otra que decía cuando te marchas, cuando dejas de estorbar, esto es nuestro paraíso privado y tu solo un escolar que viene a observar la fiesta.

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