domingo, 9 de junio de 2019
Stephen King al Nobel
Pocos somos (elegidos, cultos y snobs) los que podemos nombrar algunos de los Premios Nóbeles de la Literatura de los últimos veinte años. No he leído -y no me avergüenza decirlo, hoy en día la publicación de libros es constante e imparable- a la mayoría de ellos. Creo que los únicos dos que leí fueron a Kazuo Ishiguro, autor de novelas tan tenues y meláncólicas que honran su ascendencia japonesa, y Mario Vargas Llosa, a quién a pesar de su prosapia liberal y capitalista, respeto como autor tanto como al mucho más marxista Eduardo Galeano (dicho sea de paso, Memorias del fuego es una obra maestra que bien hubiera merecido un Nobel). Cuando le dieron el Nobel a Vargas Llosa, la izquierda latinoamericana en pleno lo rechazó: pero no hay casi ningún izquierdista latinoamericano que haya escrito una novela tan dialéctica como La ciudad y los perros. Cuando le dieron el Nobel a Bob Dylan, todo sonó a escándalo, como dirían los franceses, para la galería: escuchar la letra de Like a Rolling Stone o The Times Are Changing es escuchar la poesía deslizarse en la música. Y hace poco días Mariana Enriquez dijo que si de ella dependiera, le daría el Nobel a Stephen King. Puede que eso no ocurra nunca: la Academia Sueca muchas veces le teme a lo masivo y a lo políticamente incorrecto y Stephen King es ambas cosas. De todas maneras, supongo que a un gran escritor como King esto no lo preocupa: tiene mucho más que un Premio Nobel. Tiene la admiración y el respeto de sus lectores. Un cuento, una nouvelle, una novela, una saga de Stephen King es, para cada lector de sus libros, un desafío a ver si podemos dormir después de leerlo. Confieso que después de leer Misery y Revival el sueño me fue esquivo durante varios días. Stephen King no es de culto, como lo son varios grandes escritores y poetas:Ezra Pound, Alejo Carpentier, Henry James, Jorge Luis Borges (Borges es masivo solamente entre los estudiantes universitarios); Stephen King es parte de la cultura popular. Gente que no leería un libro en toda su vida puede recitar completa la trama de Carrie o de Cementerio de Animales, porque vió las películas. Personas que no compran jamás libros porque consideran que leer es una pérdida de tiempo, compran los libros de Stephen King solamente porque son de Stephen King. La discusión entre Alan Bloom (a quién supongo un gran crítico literario, y cuya defensa del canon occidental no me parece desacertada; en todo caso, los críticos siempre establecen cánones literarios: para eso estudian) y Stephen King, acerca de la relevancia o no de Harry Potter, suena ridícula solamente para quienes piensan a la literatura solamente como arte para pocos y elegidos y que todo el resto es analfabeto literario: Stephen King deslumbrando con ese gran villano que es Voldemort y pidiendo saber más de él y Alan Bloom contestando que J. K. Rowling no es "gran literatura". Lo cuál no es cierto: Dickens escribía para niños y adolescentes, Jack London y Mark Twain también. Es muchísimo más difícil lograr lo que hizo J. K. Rowling con Harry Potter que lo que hacen muchos autores para adultos con muchas novelas aclamadas por la crítica. Lo segundo es bastante fácil: se pone a un escritor o a un hombre o a una mujer en un conflicto típico de la clase media culta y urbanizada y se escribe una novela sobre eso. Lo primero es dificilísimo: que un niño agarre un libro como Harry Potter y la Piedra Filosofal y que al final de libro quiera comprar el segundo, porque quiere saber como sigue la historia. Que se identifique con los personajes. Que piense que los personajes existen. Que llore cuando muere Sirius Black. Eso es gran literatura, porque los adultos cuando compramos una novela "aclamada por la crítica y que toca temas profundos y humanos" sabemos que generalmente nos van a contar historias algo intrascendentes para nosotros. Salvo cuando leemos a grandes autores: Shakespeare, Victor Hugo, George Orwell, Mark Twain, Jack London, Charles Dickens, Joseph Conrad. La literatura para exquisitos es un gusto adquirido; la literatura masiva y popular, como la de Suzanne Collins, como la de J. K. Rowling, como la de George R. R. Martin, como la de Stephen King, es mucho más difícil que ganar un premio Nobel porque es mucho más difícil agradarle a cientos de millones de lectores que a unos cuantos y selectos, y cuyos gustos se conocen de antemano.
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