sábado, 29 de junio de 2019

La muerte de un rey. 74ª parte

                                                                                  Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
                                                                            Cesar Vallejos


                                                                   Leonore, a las puertas del Palacio del Rey.

¿Son los ritos del invierno? se preguntó Leonore. Pero si ya pasaron.
Pero todo estaba silencioso y no había guardias.
Entró al palacio. En el patio se oían cánticos.
Van a ahogar a la segunda heredera, pensó. Arguil...
Se puso la vestimenta tradicional de las mujeres de harén. Pensé que me recibirían guardias armados y me reciben cantos de ahogo...
Los cuerpos estaban tendidos allí, cerca del trono del rey. Una mujer y dos niñas, azules, envenenadas. Una mesa. Restos de comida. El hombre  pero tenía un manto recamado. ¿Sería el Rey? Leonore no lo conocía...
No toques los cuerpos, dijo un hombre al costado. Después los enterraré apropiadamente. Y no finjas ser una mujer del harén. Las conozco a todas.
¿Quiénes son?
Rilench. La primera heredera. Mi hermana. Sus dos hijas. 
Entonces eres...
Soy el Rey.
¿Están ahogando ahora a Juith? Conozco esa canción. Tu madre...
¿Arguil? Su reinado ha llegado a su fin. El mío aún no. Desgraciadamente. Rilench era mi consejero. Tuvo la mala idea de enviar a su esposa y a sus hijas a un lugar neutral a refugiarse. Juith lo supo. Supo también que yo lo sabía. Y que lo había permitido. Las trajo de vuelta al palacio con el engaño de un banquete. En el banquete puso pastelillos de moras del pastor. 
Oh, dijo Leonore. 
Nada sobrevive a las moras del pastor. Pero ¿para que se enseña a las herederas la destilación del veneno? Para traiciones como esta. Lo de Arguil fue indudablemente más complicado. Casi no hay ninguna manera de asesinar a una reina madre. Salvo...
Salvo si ha mantenido relaciones incestuosas con el Rey, su hijo, dijo Leonore. Conozco las leyes del reino. 
Anoche, después de que Rilench y su familia murieran en el banquete, Juith palideció. Se largó a llorar. Declaró que Rilench y la primera heredera y las niñas habían muerto para proteger un terrible secreto, que ella también conocía. El secreto, claro, eran mis visitas nocturnas a la recámara de mi madre. 
Entiendo...
No es cierto, dijo el rey con vehemencia. Mi madre, nunca ha sido así. Ella era dulce conmigo cuando era niño, pero después de que nacieron las herederas, ella cambió. Nunca he estado con ella de esa manera. Pero todos le creyeron a Juith. Arguil eligió el peor camino para defenderse. Quiso asesinar a Juith. Fue apresada inmediatamente. Esta mañana fue decidido que sería juzgada por el dios de la extraña agua, palabra pomposa para definir a la fuente del patio del palacio. ¿Oyes algo?
No, dijo Leonore.
Es porque han terminado los cánticos. Arguil ya ha sido ahogada. La reina madre ha muerto. Mi reina madre ha muerto. Ahora Juith solo tiene que...
Que matarte.
Que matarme. Debería haberme dado cuenta. Cada vez hay más mestizos entre nuestros esclavos. Incluso en la cocina. Incluso en el harén. Enloquecidos yo y Arguil con encontrar la máquina, nos hemos olvidado de Juith. Quién iba a tenerle miedo. Era solo una niña. Es solo una niña.
El rey sonrió.
Y ya ha matado a varias personas. Con venenos de diferentes tipos. Como su padre.


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