domingo, 16 de junio de 2019

Reparaciones

Estaba distraída y bajando por la escalera  del subte E. Casi me resbalo. Un guarda me tomó de la mano y me ayudó a enderezarme.
- Tenga cuidado, señora- me dijo.
Estuve por  insultarlo. Cuando levanté la vista, ví que tenía un ojo cosido y el otro era amarillo, no con el amarillo del oro sino con el amarillo del limón y casi sin pupila. Me sobresalté.
- Gracias. Que descuido el mío. Pero, perdón ¿es usted Horacio Suez?
El hombre asintió, extrañado.
- Si. ¿Quién es usted?
- Nadie, probablemente no me recuerde, era una clienta asidua del taller de costura de su madre, Maricarmen Suez. ¿Cómo está ella?
El único ojo sano del hombre se entrecerró un poco.
- Murió hace cinco años. Un ataque al corazón.
- ¿Y su tío Curly?
- Sigue vivo. ¿Puede creerlo? Vivo y rezongando.
- ¿Y sigue reparando zapatos?
- A veces.
- Mandele saludos- le dije.
- Claro- dijo Horacio- Cuando lo vea, el domingo. Es el cumpleaños.
Tomé el subte. No había casi nadie. Recordaba a Maricarmen Suez, que me había cosido el trajecito sastre que había usado en mi primer día como mecanógrafa, y varios vestidos de salir, y recordaba a Curly, que era zapatero de oficio porque no le quedaba otra; más de una vez había hecho que me reparara botitas de gamuza y mocasines. Maricarmen había estado casada, pero su marido a los tres años había desaparecido: es el destino de los viajantes de comercio, me había contado ella sin rencor. Me pregunté si le habría contado a Horacio que en realidad no era hijo de ella. Me pregunté si algún día le habría contado la verdadera historia. Probablemente no. Solamente ella, yo y Curly la sabíamos y yo era un testigo casual y Curly jamás le contaría nada a nadie. Ahora Maricarmen estaba muerta. En realidad, era ella la única con derecho a decirle nada a su hijo adoptivo.
Digo que fui testigo casual porque justito había cobrado el aguinaldo y me había comprado tres cortes preciosos, estampados en la sedería y un corte más barato, como para hacerme un batón. Tenía el dinero ahorrado para pagarle a Maricarmen y fuí al local de ellos, perdido en una galería, Suez reparaciones de zapatos. Maricarmen me atendió lo más bien, mientras yo le señalaba los modelos que quería de la revista Somos, aunque me dijo de uno que no porque con mis piernas tan flacas me iba a sentar mejor una falda más larga. Estábamos en eso, y charlando de la humedad y de su artritis, cuando llegó Curly con una caja. Grande.  De cartón. Curly me miró asustado y me dí cuenta en seguida de que no esperaba que yo estuviera ahí. De la caja salió una especie de aullido. Entonces nos dimos cuenta, Maricarmen y yo, de que la caja goteaba sangre. Curly, como pidiéndonos disculpas, abrió la caja y ahí estaba Horacio. Era increíble que estuviera aún vivo.
Entonces Curly empezó a contar la historia. Nos contó que desde hacía meses, en el subte A, había comenzado a cruzarse con una pareja joven, un hombre y una mujer. Parecían personas comunes, salvo por un detalle: la mujer tenía unos ojos amarillos muy extraños, que le habían llamado la atención. Iban siempre juntos. Subían en la misma estación, bajaban en la misma estación. De la mano. No hablaban, no discutían. Siempre la misma ropa, aunque hiciera más frío o más calor. A Curly se le dió, porque estaba aburrido, por inventarles una vida: eran del Chaco, eran desocupados, venían a visitar parientes a Buenos Aires, se iban a ir en un par de meses. Casi se encariñó con ellos.
Pero esa tarde el había tomado el tren y la pareja no estaba. Los extrañó un poco. Habrán vuelto al Chaco, pensó. Los imaginó en el tren, tomados de la mano, regresando. Luego el subte se llenó y dejó de pensar en ellos. Bajó en la estación de Plaza de Mayo.
Estaba lleno de policías.
- ¿Qué pasó?- le preguntó a un kioskero.
- Mataron a dos. Más raro todo- le dijo el kioskero- Los acuchillaron en un recoveco de la escalera.
- Que horror- dijo el.
- Así está el país- le dijo el kioskero.
Los muertos no tenían identificación. Todavía no habían tapado los cuerpos; Curly, aunque la sangre le daba asco, no pudo evitar mirar al hombre. Era el que había visto durante tantos días en el subte; imaginó -quiso imaginar- que la mujer era también la de extraños ojos amarillos.
- Retírese, por favor, procedimiento policial- le dijo un cana.
Curly salió al exterior. Hacía mucho calor, porque ya era diciembre y había mosquitos. Entró a un bar. "Me voy a tomar una botella de Coca para sacarme la sed" pensó. Tomó dos cocas. Pensó en los muertos. ¿Serían del Chaco? Un hombre salió apurado del baño del bar, casi chocó con él, le pidió disculpas y se fué. "Voy al baño" pensó Curly "y después me voy al departamento".
El baño estaba muy sucio, pero eso no lo extrañó. Lo que lo extrañó fue el olor, olor a metal (no combinaba con la suciedad) y luego el gemido. Era casi imperceptible. Pensó en irse, luego pensó en que se iba a meter en problemas, luego pensó en el hombre que casi lo había chocado y le había pedido disculpas, y entonces vió en uno de los boxes del baño la sombra de una criatura. Imposible, pensó. Entró al box y lo alzó: era un milagro que aún gimiera. Le habían arrancado un ojo y le habían tajeado el vientre y una piernita. Que bestias, pensó. Que bestia, pensó. Hay que llamar a la policía y a los bomberos, pensó. No lo hizo. Metió la criatura agonizante abajo de su campera y salió corriendo. Se sentía como si hubiera robado algo. A mitad de la vereda vió una caja vacía, la alzó con disimulo y metió a Horacio allí. "El local está cerca" se dijo "y Maricarmen va a saber que hacer".
Nunca supimos porque se salvó Horacio. Entre Maricarmen, Curly y yo lo bañamos, desinfectamos sus heridas con alcohol, y luego con Merthiolate y luego le dimos tres aspirinetitas, pero no lo llevamos al hospital.  Al rato que lo vestimos y le dimos de comer Nestúm, se quedó dormidito, ronroneando como cualquier bebé feliz.
- Le voy a poner Horacio- recuerdo que dijo Maricarmen- como vos, Curly.- Y ahí supe su verdadera nombre.
No volví muchas veces al taller después de eso. Tenía miedo. Durante años esperé que Curly, Maricarmen y Horacio aparecieran un día en el noticiero, muertos los tres. Pero eso no pasó. Después me mudé de barrio. Y no había pensado en ellos hasta esta tarde, cuando casi me caigo en la escalera del subte. Voy a la casa de mi hija mayor: no sé por qué se le dió por vivir en esta zona, pero a ella le gusta. Con su sueldo y el de su marido, podrían alquilar una casa en Nordelta. Son esos detalles de ella los que me irritan; eso y que insista en ponerles nombres raros a mis nietos.  Al mayor le puso Tremen.
- Podrías haberle puesto Sergio u Horacio- le digo, en broma.
- ¿Sergio? ¿Horacio? -me retruca ella- Son nombres de viejo. Además ¿querés que lo confundan con Horacio Suez?
- ¿Lo conocés a Horacio Suez? ¿De donde?
- Claro que lo conozco, si fuimos dos o tres veces al taller de Maricarmen. Ese ojo amarillo, el otro ojo cosido, esos recuerdos no me los saca nadie, me daba una impresión,  pero ahora lo veo seguido, es guarda en el subte, ¿viste? Es muy amable. Pero sigue siendo medio raro. A veces me cuenta que sueña con un hombre que lo acuchilla. Lo acuchilla en el ojo. Si lo perdió por una enfermedad. Maricarmen me contaba. Siempre me contaba. De la enfermedad, las operaciones. Pobre Horacio, suerte que ahora está sano. Subalquila en la casa de una pareja,  en Belgrano. Gente rara, y si lo dice él. Casi no hablan. Los conoció en el subte. El piensa que vienen del Chaco, pero todavía no le confirmaron.

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